Por: Paola Ramos Martínez

Una sensación desoladora se instala en mi corazón cuando pienso en lo que pudo haber sido y no fue. Observo a través de la ventana como la vida pasa sin mí, como el tiempo transcurre sin reparar en mi estática existencia. El confinamiento no es solo de mi cuerpo, sino también de mi alma, la cual reposa como desdichada prisionera en la oscuridad de la incertidumbre. Es desconcertante imaginar un futuro sin el disfrute pleno del presente, el cual transcurre en inhóspita calma.

Los sueños osan confundirse con mi realidad, lo imaginario y lo verdadero ya no tienen una línea que los divida en mi cabeza. Las paredes oprimen mi espíritu y exprimen mi esperanza, ya no queda nada de lo que era hace 122 días. Camino del cuarto a la cocina, de la cocina al estudio y del estudio a la cama. Los días de la semana resultan absurdos y el temor a tener conciencia del tiempo que pasa me ha llevado a no distinguirlos. Las 24 horas corren al mismo ritmo. Ya no sé cuándo es domingo de descanso, viernes de bares o lunes de trabajo.

A veces solo me quedo entre las sabanas esperando a que la normalidad toque mi puerta. En otras ocasiones no quiero despertar, me niego a aceptar que todo sigue igual, que aún continua el martirio del aislamiento. Me cuesta asimilar que se me ha arrebatado la opción de cambiar de sitio, que se le ha delegado a un ser invisible mi decisión de estar o no estar en un lugar. Es difícil lidiar con la soledad impuesta y con la incapacidad para asimilar el cambio. Estoy en una burbuja que constantemente cuestiona la razón de mi existencia en esta vida vacía, en donde el mundo exterior no responde a mis deseos, sino que los cobija bajo un cruel e insolente manto de desasosiego. El proceso de adaptación es un desafío que reta los cimientos de nuestra mente.

Siento que he perdido mi capacidad de socializar y temo perder el interés en hacerlo. Mi piel ha olvidado lo que era el tacto, mis manos han perdido el impulso de sentir otros cuerpos. No recuerdo la sensación de un beso, de un abrazo, o de un simple apretón de manos. Las pantallas han suplantado a las personas en un intento disparatado de cercanía. La situación de alarma altera los ámbitos de mi vida restándole importancia a todo lo que concebía primordial en mi rutina diaria, ya no le hallo sentido al trabajo ni al estudio, incluso, he perdido total interés en mis ambiciones y metas, que, a la luz de las prioridades del nuevo contexto, resultan triviales e incongruentes.

Tengo miedo de que esto no sea una pausa, de que no pueda volver a retomar los planes inconclusos o los compromisos pospuestos, porque simplemente se desvanecieron en el tiempo. No obstante, mi ser aguarda por la nueva normalidad, deseando que no sea esta que transcurre, sino otra que pronto vendrá, otra que al menos osará anunciarse en un cortés intento por prevenirle y darle un mínimo espacio de asimilación para afrontarla.

Fotografía: Felipe Lozano