Vivimos un modelo económico roto, un modelo que destroza el mundo de los vivos y amenaza la vida de nuestros descendientes. Es uno que excluye a miles de millones de personas al hacer que un puñado sea inimaginablemente rico: una economía que trata de ganadores y perdedores, pero que siempre culpa a los perdedores de su propia desgracia.

Bienvenidos sean al cuasirealismo. Es paradójico escribirlo, pero estamos ante la única doctrina que parece nunca morir. Por más que esté desacreditada ahora, alguna vez imaginé que la crisis financiera del dos mil ocho llevaría al colapso del neoliberalismo, después de todo, expuso sus características centrales que se basaban en la desregulación total de los grandes negocios y las finanzas. Derribó protecciones públicas, favoreció el matoneo corporativo y dictó las normas de la competencia extrema, todo esto sin colapsar intelectualmente. Aún domina nuestras vidas, y la respuesta, creo, es que todavía no hemos producido una base o plataforma con la cual reemplazarlo. 

Los medios y las herramientas con las cuales interpretamos la historia, son muchas veces señales complejas y contradictorias, tienden a confundir, sobre todo cuando queremos darle sentido a algo. Ya que lo que buscamos carece de sentido científico ¿Diríamos que es fidelidad narrativa? ¿Refleja la forma en que esperamos que se comporten los humanos y el mundo? No sabemos, a veces somos criaturas, otras veces somos narrativa. 

¿Y las cifras? Por muy importantes que sean los hechos y las cifras, no somos del todo hechos y cifras. Habiendo dicho lo anterior, aclaro que soy un empirista. Creo en los hechos y las cifras, y las cifras neoliberales no mienten: hemos fracasado, y cuesta persuadir a los que sólo son criaturas narrativas cuando se cuestiona la idolatrada estructura. Es entendible. Lo único que puede reemplazar la mencionada estructura es otra estructura. No se puede quitar una estructura a alguien sin darle una nueva. Sería hurto.

En las estructuras narrativas particulares hay una serie de tramas básicas que usamos una y otra vez. Y en política hay una trama básica. Resulta ser tremendamente poderoso; llamo a esto el piso de restauración. Es como sigue. En dos mil ocho, la nueva estructura liberal se derrumbó y sus oponentes se presentaron, pero en sus manos había nada. A la tragedia la sucedió el cinismo. Y es por eso que almacenamos, describimos el futuro. La esperanza se evapora. El fracaso político es, en sus médulas, una falta de imaginación; una pereza de restauración. 

En los últimos años ha habido una fascinante convergencia de hallazgos en varias ciencias: psicología, antropología, neurociencia y biología evolutiva, y todos nos dicen que los seres humanos poseen una capacidad masiva de respuesta y de soluciones, pero que, en ésta realidad estamos más bien distraídos.

Algo ha ido terriblemente mal, el desorden aflige a la tierra. El argumento neoliberal nos dice que debemos vivir en un individualismo extremo y en competencia unos con otros; nos empuja a luchar entre nosotros porque nos teme y en nosotros desconfía: nos atomiza. El tejido social actual debilita los lazos sociales que hacen que nuestras vidas valgan la pena vivir, genera vacíos y en ellos crecen violentas fuerzas intolerantes. Somos una sociedad de árboles, y estamos gobernados por leñadores. La realidad no tiene por qué ser así, la realidad no es así porque tenemos esta increíble capacidad de unión y pertenencia, y al invocar esta capacidad podemos arriesgarnos a cubrir esos asombrosos componentes de nuestra humanidad, nuestro altruismo y cooperación, ahí mismo donde hemos sido atomizados. 

Anhelamos la historia de construir una vida cívica próspera con una rica cultura participativa, donde no nos encontremos aplastados entre el mercado y el Estado. Podemos construir una economía que respete tanto a las personas como al planeta, y crear una economía en torno al bien común. La economía que no es el mercado ni el comunismo de Estado; sino que consta de una comunidad particular que administra los recursos; las reglas y negociaciones que la comunidad desarrolla para administrar el pensamiento comunitario o cooperativo. 

Es posible la historia de la empresa común que vende y reparte sus beneficios equitativamente entre los miembros de la comunidad; la historia de los que han sido ignorados y explotados que reviven la política participativa; la de los que pudieron recuperar la democracia de las manos cerradas de las personas que la habían secuestrado. La historia de las personas que usan nuevas normas y métodos electorales para garantizar que el poder financiero nunca vuelva a triunfar sobre el poder democrático. Se puede hablar del final feliz que trajo consigo la historia de una política de la pertenencia. 

 

*Opinión y responsabilidad del autor de la columna, más no de El Cuarto Mosquetero, medio de comunicación alternativo y popular que se propone servir a las comunidades y movimientos sociales en el Meta y Colombia.

Darwin Josué Meléndez Cox es licenciado en Filosofía, Pensamiento Político y Económico y licenciado en Filosofía y Educación Religiosa. Magíster en Ciencias Económicas de la Universidad Santo Tomás donde actualmente labora como investigador y docente.