Le desaparecieron a su esposo, salió forzosamente de su hogar en Vichada y luego fue abusada sexualmente en Villavicencio. Incluso siendo adulta mayor, no consigue vivir dignamente, pero conserva la esperanza de lograrlo algún día. 

A doña Luz la violencia la persiguió desde el Vichada hasta el Meta. Del primer departamento tuvo que salir desplazada por el conflicto armado, allí pasaba sus días de finca en finca realizando quehaceres del campo, pero luego de que el papá de sus hijos se fuera de la casa un día cualquiera del 2008 y jamás volviera, se trasladó a Villavicencio con sus hijos, donde hizo la declaración como víctima de desplazamiento forzado.

De su esposo nunca volvió a tener razón, pero era plenamente consciente de la presencia de grupos armados en la zona donde vivía, así que optó por declararlo como desaparecido y recibió una indemnización. Por lo demás, Villavicencio le resultó amañadora, sobre todo porque siempre tuvo oportunidades laborales, al menos así fue hasta que los años empezaron a hacer mella y difícilmente ha sido contratada en nuevos trabajos.  

Aun así, sintió que la vida le sonrió nuevamente cuando don Carlos, el dueño de un extenso predio en la vereda Parcelas del Progreso le regaló un lote al esposo de su hija, quien a su vez, le ofreció irse a vivir con ellos para no tener que seguir pagando arriendo. 

Pero todo cambió el 19 de julio de este año, tras ser abordada por un motociclista mientras se dirigía hacia el colegio de su nieto a una reunión. Eran cerca de las 5:40 A.M., la voz del desconocido se le hizo similar a la de uno de sus vecinos quien anteriormente le comentó que estaba trabajando en Bioagrícola. El hombre le habló como si la conociera. 

¿Para dónde va, vecina?

Para una reunión del colegio.

Si gusta, la llevo.

A Luz no le causó desconfianza el ofrecimiento de su supuesto vecino, quien en ningún momento se quitó el casco verde que le cubría completamente el rostro. Al subirse a la moto, el hombre tomó una ruta diferente a la que se usa para llegar al colegio. Ella se sintió extrañada.

¿Para dónde va?

No, es que me pareció muy maluco este paso acá por los totumos. Por acá es mejor – explicó señalando la vía por la que se había desviado.

Siguió sin sospechar, sabía que esa vía era transitada con frecuencia. Sin embargo, el sujeto arribó a una zona cerca al Dique, el lugar se notaba solitario e inhóspito. Las lágrimas colmaron sus mejillas y le preguntó al motociclista si la iba a matar. Él aceleró y le contestó: “Si se pone a llorar o a gritar, la mato. Tiene que hacer lo que yo le diga”. Y tras haberla abusado sexualmente, subió nuevamente al vehículo y la dejó ahí. 

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La denuncia ya fue interpuesta ante las autoridades competentes, y, aunque la investigación prosperara y el sujeto recibiera la debida condena, a Luz el trauma la acompañará de por vida. Los nervios la siguen a donde quiera que vaya y requiere de la compañía de sus nietos en todo momento para que la soledad no acabe con la poca paz mental que consigue estando entre las paredes de su casa. Cuando sale imagina que verá de nuevo al desconocido sobre la motocicleta, le tirará de los cabellos y la arrastrará para volverle a hacer daño. También, al momento de abordar un taxi cualquiera y notar el más mínimo comportamiento extraño como velocidad lenta o constante atención al móvil, la ansiedad la invade y siente deseos extremos de salir del vehículo sin importarle que siga en movimiento. Incluso, cuando sus nietos se van en la mañana para el colegio, imagina cómo el desconocido tumbará la puerta y tomará venganza por haberlo denunciado. 

Sus temores constantes la han llevado a anhelar la reubicación de su hogar o porque no, obtener una vivienda de interés social por parte del Gobierno Nacional. Tan solo desea, después de las vejaciones por las que ha pasado, poder vivir una vida digna, tranquila y libre de violencias. 

Investigación: Camilo Rey y Dayanna Lara

Redacción: Shirley Forero Garcés