
K-Pop: ¿subcultura o puro marketing?
Bajo las luces neón y las coreografías perfectas que hipnotizan al mundo, la maquinaria del entretenimiento coreano oculta su verdadero rostro bajo un mercado de perfección artificial donde el éxito se paga con salud y la identidad se rinde al consumo.
En una casa, un parque o un centro comercial. Cualquiera de estos lugares puede convertirse en punto de encuentro para jóvenes que comparten una misma pasión: el K-pop. En Villavicencio, estas reuniones ocurren desde hace más de diez años, cuando el género todavía era un gusto de nicho.
La comunidad se agrupa en Hallyu Villavicencio, que a su vez hace parte de Hallyu Colombia, una organización nacional que conecta a los y las apasionadas por la cultura coreana en cada región del país y que ha dinamizado la escena local a través de ensayos, eventos y un fuerte sentido de pertenencia. En sus inicios, el acceso a videos musicales, K-dramas y programas de entretenimiento dependía de la labor desinteresada de fans que, ad honorem, traducían y subtitulaban los contenidos del coreano al inglés y, posteriormente, al español.
Pero si no estás muy en onda con los éxitos que hoy lideran las listas globales, vale la pena contextualizar.
El K-pop —abreviatura de Korean Pop— es un género musical originado en Corea del Sur. Sin embargo, reducirlo a “pop coreano” sería simplificarlo demasiado. Es un todo un combo de canciones altamente pegajosas, coreografías milimétricas, videoclips de alto presupuesto, moda, narrativas conceptuales y fandoms (conjunto de aficionados o seguidores de una persona, equipo, serie, libro o cualquier fenómeno cultural, considerados colectivamente) organizados con una capacidad impresionante de movilización digital.
Detrás del brillo hay un modelo industrial cuidadosamente diseñado. Las agencias reclutan niños, niñas y jóvenes que pasan años en entrenamiento para convertirse en idols (artistas). Durante ese tiempo reciben formación intensiva en canto, baile, idiomas y manejo mediático. Cuando finalmente debutan —en grupos o como solistas— lo hacen bajo conceptos estéticos y narrativos previamente calculados: pueden ir de lo tierno a lo maduro o de lo futurista a lo rebelde, pero nada queda al azar.
El fenómeno trascendió fronteras. Lo que comenzó como parte de la llamada “ola coreana” hoy moviliza fandoms gigantes en Latinoamérica, Europa y Estados Unidos, llena estadios y rompe récords digitales. Solistas como PSY —con su icónico Gangnam Style— y bandas como BTS, BLACKPINK o Stray Kids terminaron de consolidar al género dentro de la cultura pop global.
En México, por ejemplo, la disputa entre fans y Ticketmaster tras el anuncio de un concierto de BTS mostró el poder organizativo del ARMY (fandom de BTS); mientras que en Perú, sus seguidores y seguidoras impulsaron jornadas masivas de siembra de árboles para que la banda viera un paisaje verdoso al aterrizar en ese país.
Incluso en Colombia, durante el Paro Nacional de 2021, las y los kpopers demostraron que su organización digital va más allá del entretenimiento. A través de una acción coordinada en Twitter (hoy X), lograron saturar y “tumbar” tendencias como #YoApoyoALaFuerzaPública, #UribeTieneLaRazón, #VandalosAsesinos y #VandalismoPuroYDuro.
La estrategia consistió en inundar esos hashtags —impulsados por sectores del uribismo, movimiento político afín al expresidente Álvaro Uribe Vélez— con fancams (videos cortos de presentaciones o momentos destacados de sus grupos e integrantes favoritos).
Al intervenir las tendencias, los/as fans alteraron el alcance de esos mensajes y convirtieron una herramienta de posicionamiento político en un espacio de disputa simbólica. Fue una forma de activismo digital que trasladó la lógica del fandom —organización, viralidad y coordinación masiva— al escenario de la protesta social.
En este artículo de El Cuarto Mosquetero puedes conocer más sobre la estrategia que usó el fandom para apoyar las manifestaciones desde la esfera digital: Kpopers tumban hashtags uribistas, así ha sido su contribución al Paro Nacional en Colombia.
El fandom, más allá de un mero consumidor, es un actor social.
De eso tan bueno no dan tanto
Pero como dice el sabio refrán popular: “De eso tan bueno no dan tanto”. En la industria del Kpop, se ha adoptado el “Star System”, un modelo de producción cultural en el que las empresas construyen, moldean y comercializan a sus artistas como “estrellas” integrales, más que solo como cantantes.
Aunque el término nació en el cine de Hollywood a inicios del siglo XX, en Corea del Sur se adaptó a la industria del entretenimiento, especialmente desde el auge de la Hallyu —término que se explicará más adelante— para crear idols estratégicamente controlados y posicionados.
Durante esa etapa de entrenamiento, las y los trainees (aprendices) atraviesan dinámicas que han sido señaladas por su dureza con jornadas que superan las ocho horas de práctica diaria, dietas extremas, presión estética constante y, en muchos casos, control sobre la vida personal. Contratos extensos, cláusulas restrictivas y una competencia feroz hacen parte del engranaje.
Ahí es donde el K-pop deja de ser solo subcultura y se revela también como una maquinaria que produce ídolos globales bajo lógicas profundamente capitalistas, donde el talento, el cuerpo y la identidad se convierten en mercancía.
Y es que, más allá de la estética y el fandom, el K-pop también puede leerse como una estrategia de inserción global. Desde finales de los noventa, Corea del Sur impulsó la industria cultural como parte de su política de crecimiento económico. Tras la crisis financiera asiática de 1997, el gobierno surcoreano llegó a la conclusión de que no podía depender únicamente de la manufactura pesada (como barcos o autos). Así que al revisar un informe que comparaba los ingresos de la película Jurassic Park con la venta de miles de autos Hyundai, el Estado decidió invertir masivamente en el sector cultural.
Así, Corea del Sur empezó a considerar la música, el cine y las series como bienes exportables. En ese contexto surge la llamada Hallyu —la “ola coreana”—, un fenómeno que combina cultura y mercado. El término surgió de medios de comunicación chinos que se sorprendieron al ver cómo un montón de contenido de entretenimiento coreano llegaba a su país de repente, como una ola.
Competitividad nociva
De esta manera, el K-pop se convirtió en una herramienta de soft power (poder blando) proyectando una imagen atractiva del país mientras dinamiza una economía creativa altamente competitiva. Sin embargo, este modelo también evidencia las tensiones del capitalismo contemporáneo que utiliza cuerpos disciplinados, afectos convertidos en mercancía y comunidades de fans que, al tiempo que resisten y resignifican el producto cultural, sostienen con su consumo una industria multimillonaria.
Todos esos factores son el caldo de cultivo ideal para atrofiar la salud mental de las y los idols. Cuando una persona es tratada como un producto (un activo financiero de una agencia), su valor personal queda ligada exclusivamente a su éxito comercial. Si el «producto» falla o envejece, la presión psicológica es devastadora. Esta pérdida de identidad humana frente a la identidad comercial es un factor de riesgo primario para la depresión.
Además, el Star System conlleva a un aislamiento social y físico desde edades tempranas que impide el desarrollo de mecanismos de defensa emocionales saludables. Las y los jóvenes crecen en un entorno donde la perfección es la única opción. En psicología, el perfeccionismo adaptativo se vuelve desadaptativo cuando el error se percibe como el fin de la carrera, lo que lleva a ideaciones suicidas ante el fracaso o el escrutinio público.
Machismo, depresión y quiebre mental
Y luego de debutar, esas ideas nocivas llegan de otra manera. Los fandoms tienen una enorme capacidad de movilización digital y esa misma fuerza puede volverse turbia. El acoso cibernético (cyberbullying) por parte de sasaeng fans (anti-fans) o incluso de fans decepcionados es un factor determinante en los casos de suicidio de idols como los conocidos casos de Sulli o Goo Hara, que de hecho, son los ejemplos más dolorosos de cómo el machismo y la misoginia estructural en Corea del Sur se entrelazan con la presión de la industria del Kpop.
En sus casos, la «maquinaria» no solo las presionó por rendimiento, sino que las castigó por ser mujeres que desafiaban las normas conservadoras. Sulli fue atacada ferozmente por publicar fotos sin brasier, algo que en la sociedad conservadora coreana fue visto como una provocación o falta de pudor, en lugar de una elección de comodidad física. Además, ella hablaba abiertamente sobre salud mental y feminismo, lo que la convirtió en el principal objetivo de los sectores más misóginos de la red.
A Goo Hara su exnovio la amenazó con publicar videos sexuales para destruir su carrera. Pese a ser la víctima, Hara fue interrogada y juzgada por la opinión pública de manera mucho más severa que su agresor. Este fenómeno de revictimización fue un factor determinante en su depresión.
El escrutinio de «coreografías milimétricas» no permite margen de error; un solo desliz puede destruir una reputación en minutos debido a esta hiperconectividad. Pero mientras que a los idols masculinos se les perdonan más fácilmente ciertos comportamientos, a las mujeres se les exige una perfección moral y estética imposible de mantener.
Y si bien el machismo victimiza doblemente a las mujeres, el caso de Jonghyun revela la otra cara de la tragedia: la deshumanización del artista bajo la presión de la excelencia. Como pieza fundamental de la ‘maquinaria’ de éxito global, el idol expresó en su nota de despedida cómo la depresión lo ‘devoró’ y cómo el sistema médico y profesional falló al tratar su dolor como una debilidad funcional y no como una enfermedad humana. Su muerte en 2017 dejó al descubierto que, bajo las lógicas capitalistas, el artista es una herramienta de producción que no tiene permitido detenerse, donde el brillo del soft power coreano se construye muchas veces sobre el agotamiento mental y el silencio de sus protagonistas.
Aun así, en tan voraz industria la oferta de nuevos talentos es infinita. Quienes llegan a generar una ansiedad constante por ser reemplazados/as. En Corea del Sur, una sociedad de por sí competitiva, el K-pop es la versión hiperbolizada de esa presión social por ser el o la mejor.
Con 25,2 muertes por cada 100.000 habitantes en 2022, el país encabezó la lista de 38 miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en cuanto a tasas de suicidio. Esta tasa es más del doble que el promedio de la OCDE, de entre 10 y 11 muertes por cada 100.000 habitantes.
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Seguir ahí, pero sin cerrar los ojos
Al final, el fenómeno del K-pop en lugares como Villavicencio muestra una dualidad compleja. Por un lado, ofrece comunidad, identidad y una pasión compartida que rompe fronteras; por el otro, cimenta la complicidad de un sistema que consume vidas en nombre del espectáculo.
Corea del Sur ha logrado convertir su cultura en uno de los activos más valiosos de su Producto Interno Bruto (PIB). En 2022, las exportaciones de la industria de contenidos alcanzaron un máximo histórico de 13,200 millones de dólares, frente a los 11,900 millones de 2020. Además, las exportaciones de Propiedad Intelectual cultural (incluyendo música y películas) llegaron a 9,850 millones de dólares en 2024, triplicándose en la última década.
Sin embargo, mientras los fandoms celebran cada hit y cada coreografía perfecta, es imposible ignorar que esa misma maquinaria deslumbrante es la que, a puerta cerrada, tritura la identidad de quienes la sostienen. La pleitesía al capitalismo en el K-pop ha creado un mundo donde el/la ídolo debe ser eterno, impecable y productivo, pero donde un ser humano detrás del maquillaje parece ser, para la industria, lo más reemplazable de todo.
Hoy, como periodista que se ha enfocado en derechos humanos —bastante necesario en un país tan complejo como Colombia—, miro hacia atrás y reconozco a esa joven que desde 2011 encontraba en el K-pop un refugio. Recuerdo la emoción de asistir a encuentros en Hallyu Villavicencio, los ratos dedicados a aprender coreografías y el orgullo de tener esos álbumes de Super Junior y UKiss en mis manos. En ese entonces, el brillo de la pantalla era suficiente para ocultar las sombras. El K-pop llegó a ser una prioridad en mi vida.
Sin embargo, el crecimiento personal y la conciencia social me obligaron a cambiar el lente. Al empezar a cuestionar las lógicas de poder, el consumo desmedido y la dignidad humana, la ‘perfección’ del género empezó a verse fracturada. Descubrí que la música que tanto disfrutaba se sostenía sobre una industria superficial, consumista y, en muchos casos, violenta.
Hoy sigo escuchando sus canciones y viendo sus videos, pero lo hago desde un lugar distinto: desde la resistencia de la conciencia. Ya no hay pleitesía ciega, sino un reconocimiento de que, detrás del éxito de la ola coreana, hay personas que merecen algo más que ser tratadas como mercancía. El reto para las y los fans hoy no es dejar de disfrutar el arte, sino exigir que ese arte no se construya sobre el quiebre mental y el sacrificio de quienes lo crean. Porque, al final del día, ninguna coreografía milimétrica vale más que una vida.


