“Hágale, hombre”, “Salte repelús”, “No se deje, tírele a joder”, “Arriba rojo”, “juéguese” (…) “¡50 o 100 al repelús!” y otras frases son las que se escuchan con total pasión en ciertos recintos que han sido adecuados como galleras.

Es en los municipios rurales donde con más libertad en nuestro país, se presentan las peleas de gallos; empero, en las ciudades también hay, lo sé porque aunque en Villavicencio no he ido a ninguna gallera, tengo un vecino que prepara todos los días a sus gallos finos para el tan anhelado día. Además, tengo el recuerdo de mi infancia, cuando mi padre con mis tíos iban a tomar y yo algunas veces me iba detrás para estar con mis primos y primas, en el mismo lugar donde había billar, tejo y cantina, en todo el centro, estaba el círculo en cemento, con sus gradas alrededor, para poder ver en diez eternos minutos, cómo dos animalitos se enfrentan incluso a muerte.

Siempre odié las peleas de gallos, no podía imaginar que existieran personas que disfrutaran ver éste tipo de peleas, pensé que eran pocas y ya casi estaban en proceso de “rehabilitación”.

Pero la realidad es que no, aunque oficialmente las administraciones municipales ya no dan la autorización para este tipo de “juegos” y/o encuentros, no son ilegales, pero de alguna manera, tampoco son legales. En los municipios hay lugares específicos en un gran número de veredas y/o barrios, que se van rotando cada sábado, para que se generen estas peleas no tan clandestinas, ciertamente.

Resulté en una gallera por alguien muy cercano a mí, quien creció en éste ámbito. Íbamos para la casa, ya no recuerdo de dónde veníamos, y para mí mala suerte, un amigo de camino nos invitó a que entráramos “un ratito” (cuando un cuasi gallero te diga que cinco minutos y no más, es mentira). Así fue como el ratico se convirtió como en dos horas, mil horas para mí. Allí quedé sorprendida con lo que me encontré: niños, hombres de diferentes edades y algunas mujeres, gritando a todo pulmón -¡No sea maluco pinto, juéguese!- me daba un poco de risa, lo admito, tanta pasión por una pelea, hasta que me di cuenta que algunos apuestan hasta lo que no tienen en estos espacios, donde además muy pocos llegan sobrios a casa.

Sin embargo, gran parte de mi tiempo lo gastaba analizando a las personas, pues la pasión que los embargaba a mí no me alcanzaba, me daban ganas como de trasbocar el ver algunos pollos votando sangre, sin deseos de pararse más a seguir peleando, otros incluso corrían por su vida porque estaban tan heridos que ya no querían seguir en la riña. Por supuesto, allí ya sólo queda: pelear, no levantarse, o huir de la pelea, hasta que les pongan tiempo de castigo (1 minuto) y se cumpla la totalidad de éste, para que se dé por terminada la contienda.

Una pelea se termina cuando se cumpla el tiempo de diez minutos, llegado el caso y ambos pollos se encuentren en condiciones de seguir peleando, se da como abierta; que uno de los animales muera o esté tan herido que contabilizado el tiempo estipulado, no se levante a seguir peleando; ó , que finalmente lleven un tiempo sin estar peleando, les pongan el tiempo de multa y no logren que se entable la pelea de nuevo (en este tiempo, los gritos son más aguerridos, todos quieren ganar y que con quienes apostaron, pierdan), por lo cual se declarará abierta.

Tengo vívido el recuerdo, de un pollo corriendo medio mareado por tantos picotazos en la cabeza, en el círculo del “ring” y dejando en la pared el rastro de sangre, se le veía aterrado y con tanto dolor, que ya mi genio condescendiente que antes había permitido que cada 5 minutos se alargaran a más, pasó ya a tono de orden de que o nos íbamos, o me largaba sola.

Lo irónico de la historia, es que me vi otras tres veces en el mismo escenario, aunque en lugares distintos, e incluso en varios municipios de Santander, pero por tiempos cortos, ya no creía en los “5 minuticos más”. Y, siempre el mismo modus operandi, gritos afiebrados, apuestas, comida, cigarrillo y alcohol, hombres pagando la entrada, mujeres entrando gratis ¿Por qué? Que porque es cortesía de la casa, que porque son pocas las que van y que porque normalmente no van a apostar, sino, acompañando a sus parejas. Cosa que no es del todo cierta, las veces que estuve observando este tipo de espacios, ellas apostaban al mismo ritmo que todos, gritaban con la misma efervescencia, pero especialmente, disfrutaban del espacio.

Quería poder escribir con total argumentos el porqué detesto las peleas de gallos, así que hablé con algunos galleros y estuve observando las formas de relacionarse con sus animales. Gastan varias horas a la semana “entrenándolos”, para que estén más es forma que los gallos con los que deberán enfrentarse, los alimentan bien y mantienen aseadas sus jaulas para que no adquieran ningún tipo de enfermedad. Les quitan sin ningún tipo de anestesia las crestas y las barbas, para que tengan menos opciones de salir lastimados en las peleas, se las cortan de a poquito con tijeras, brota la sangre sin clemencia hasta que de alguna manera le paren el sangrado, ya sea con algo caliente, agua fría o con algún trapo. Adoran a sus gallos, pero cuando estos mueren en las peleas, en cualquier camino veredal suelen dejarlos, ni entierros, ni lágrimas, ni nada, solo el lamento si tuvieron que perder dinero en las apuestas, e imagino, que muy en su interior, algo que no expresan para que no pongan en duda su virilidad, deben de sentir tristeza.

Según un conocido al que le pregunté, los gallos nacieron para ello, para pelear, son felices en esto, según ellos. Aunque algo tiene de verdad, que su espíritu territorialista, hace que se enganchen en peleas a muerte para proteger su espacio. Lo cierto es que, en las zonas rurales, desde muy pequeños les enseñan a los niños a ser “gallitos”, machitos, a ir a las galleras, a emocionarse y apostar, hasta tal punto, que hace algunos meses cuando invité a partir de la gestión que hicimos desde El Cuarto Mosquetero, a las y los reporteritos rurales de Santander a un encuentro en Villavicencio, donde todos los gastos iban a estar pagos, dos jóvenes me informaron que no asistirían, ya que no podían perderse la gallera del sábado, como si no fueran a haber más sábados de galleras, como si apostar fuera lo más importante de sus vidas y no viajar, conocer, disfrutar de las locuras propias de su edad.

Para mí su ausencia era de no creer, pero el profe que nos acompañó en esa salida, me contó historias de familias que perdieron hasta sus casas por las apuestas en los gallos.
No me gustan las peleas de gallos, pensaba que estaban prohibidas, pero no, lo cierto es que cada sábado, hay personas que esperan con ansias poder apostar la quincena y tomarse unas cuantas cervezas mientras gritan ¡Vamos gallo pinto, dele! Los animalistas exigen su prohibición al igual que de los eventos taurinos, pero para otra parte de la población, éstas riñas hacen parte de las prácticas deportivas y culturales que históricamente han existido en Colombia. Debo admitir que conozco galleros que no toman, que apuestan muy poco, solo por diversión y que no se ven envueltos en problemas personales al perder las contiendas, es decir, tienen comportamientos ejemplares en éste tipo de eventos que hace parte de sus creencias socioculturales.

Es por esto que, en el mes de marzo, el senador Didier Lobo de Cambio Radical, radicó un proyecto de Ley, para que las peleas de gallos sean reguladas, se exija un número de árbitros que puedan dar por terminada la pelea en cualquier momento antes que muera el animal, no se excedan los ocho minutos de contienda, y los dueños de los pollos finos, muestren un carnet de vacunación donde además evidencien que los animales están en excelentes condiciones y así evitar que estén sometidos a actos de crueldad. Los debates seguirán, unos están a favor de las riñas de gallos, otros no, pero mientras existan sí debe existir algún tipo de regularización para que éstos dejen de ser víctimas en las tradiciones de la raza humana.

Comunicadora Social y Periodista, especializada en Políticas Públicas para la Igualdad en América Latina. Fundadora del colectivo y medio de comunicación alternativo El Cuarto Mosquetero. Desde la comunicación trabajo con comunidades de sectores rurales y populares los temas de género, paz y ambiente.