José Miguel Morales Pardo, un colono en época de violencia

Cuando llegué a buscar a don José Miguel, él ya se estaba yendo, con sus botas pantaneras, machete enlistado y su buena gorra, iba a revisar sus cultivos en una vereda cercana llamada Bajo Ceiba, por lo que quería rechazar mi entrevista, pero a su vez sentía pena de hacerlo, ya que sabía que yo había recorrido un largo trayecto sólo para hablar con él.

Al final decidió sentarse en su silla de tabla afuera de su casa, se acomodó su macheta, se abrochó algunos botones de su camisa que minutos antes dejaban ver parte de su estómago, y nos invitó a sentarnos. Rodolfo, un amable campesino del sector de tierra caliente, quien me estuvo llevando a diferentes veredas en su moto, aprovechó el tiempo que me demoraría en la entrevista para ir a saludar a alguien del sector, así que nos quedamos hablando solo don José Miguel y yo.

Él nació en el municipio de El Peñón en la vereda Las Cruces, ya hace 76 años. En aquella época casi nadie vivía en el sector de “tierra caliente”, sólo en el perímetro urbano y veredas aledañas en donde su clima es totalmente frío, por ello, en el departamento conocen a este municipio como “la neverita de Santander”, ya que se creía que en los climas cálidos eran más propensos a enfermarse o inclusive a morirse por enfermedades, picaduras o por las mismas serpientes que abundaban. Sin embargo, don José, con tan solo 17 años se fue a vivir a Girón aunque “era mera selva, montaña agria” ya que había identificado que en otras veredas aledañas como Otoval y Plandeccehomo, ya había asentamientos y vivían de manera saludable.

En aquella época, los habitantes de El Peñón, corregimiento en la época de Bolívar, tenían que caminar más de cinco horas para movilizarse de donde vivían, a donde cultivaban, es decir, del casco urbano a “tierra caliente”, como llaman a las veredas de clima cálido. Don José Miguel y su familia tenían un lote cultivado con maíz en la vereda de Girón, pero él se cansó de los largos recorridos y se fue a vivir allí. Cuenta que a veces era difícil, duró aproximadamente 14 años solo, hasta que más personas se animaron a vivir en lo que hoy es una hermosa vereda.

En ese proceso conoció a su esposa, primero hicieron una casa en la vereda Alto Ceiba, y como tenía la idea de hacer de Girón “un pueblito, compré un lote de tierra”, por ello trajeron maquinaria de otro municipio para trabajar allí, pero la tierra no los favoreció, ya que lo adelantando se erosionó con las lluvias y se perdió ese primer trabajo. Pero a medida que llegaban más personas, y podían trabajar de manera más articulada, iban viendo cómo se hacía ese sueño realidad. A lo primero que le pudieron dar vida fue a la escuela, ya que había muchos infantes que deseaban que se educaran “había harto niño allí en la escuela los chinos míos todos estudian allá, al principio pensamos, tenemos que conseguir aquí un profesor de alguna suerte, para nosotros poder trabajar y nos fuimos allí a donde Don Félix, allá había una muchacha y creo era bachiller y la nombramos y así la pagamos entre todos” recuerda con alegría don José Miguel.

Don Miguel también recuerda que, aunque él es analfabeta, se postuló como presidente para crear la Junta de Acción Comunal de Girón, pero no aguantó un año “porque yo no sabía leer y para uno ir a la reunión en Peñón, me tocaba llevarme un chino de los míos que ya habían estudiado para que él anotara allá lo que le decían”, aunque siempre estuvo vinculado y ayudando al desarrollo de su vereda.

Por ejemplo, recuerda que les tocó un duro proceso para que llegara la luz, pagar un porcentaje, pero ver cumplido ese sueño gracias a la señora “María Chonque” -de la que les hablaré en una próxima crónica-, quien siempre los motivó a seguir adelante. Ya luego les tocó organizarse para exigir una vía, ya que caminar entre la montaña o por trazos de herradura con 20 arrobas de maíz al hombro, como le tocaba a quienes no tenían recursos y no podían darse el lujo de transportar sus alimentos y/o cultivos en mulas para venderlos en Las Cruces, no era fácil, pues debían adelantar una larga y difícil jornada, que luego mejoró con la llegada de las botas de caucho, pero como en un principio les tocaba con alpargatas, era todo un viacrucis. Aunque don José recuerda que tampoco tenían alpargatas y por ende les tocaba “a pie limpio” o ingeniarse una protección con pedazos de llanta.

Al preguntarle qué fue lo más difícil que vivió siendo colono, y tener que habitar en un principio un territorio tan amplio, en soledad, don José recuerda que fue el vivir con miedo a las “bestias”, con una gran sonrisa rememora que él tenía su “dormidero” en un zarzo, al cual tenía que subirse con macanas y bejucos por miedo al tigre. Un día, se enteró que había una “rumba” en Cruces, y se fue para allá a compartir con su familiares y amigos, pero como había mucha chica, no pudo evitar no tomar “me puse a rumbear hasta que se amaneció”, descansó un rato y alrededor del medio día le cogió el afán de devolverse para su “casa”, a lo cual su papá se negó, ya que llegaría en horas de la noche a su lugar de destino y podría ser peligroso, aun así, tomó sus maletas, unos kilos de sal y salió de la casa. Pero la rumba estaba todavía prendida así que quiso quedarse otro rato, por lo tanto se fue hasta en horas de la tarde para Girón.

Como él estaba tomado, cuando llegó a su “rancho”, se acostó en el piso porque no quería subirse al zarzo, a la madrugada lo despertó la sed propia de la resaca así que salió en búsqueda de un naranjo, cuando lo escuchó, corrió con toda su energía al zarzo, en el afán se le había quedado el machete y temía que el animal subiera hasta donde él estaba, pero su perrito, el que lo acompañaba a todos lados, contra todo pronóstico, logró ahuyentarla.

Finalmente, don José María cuenta que, aunque el conflicto no lo afectó de manera directa, sí tenían que estar pendientes de los grupos armados cuando arribaban, especialmente de los “chusmas” (paramilitares), ya que preferían irse a refugiar en algún lugar, que quedar expuestos a ser asesinados en medio de las constantes disputas que se presentaban en muchas ocasiones, por rumores.

“Uno se cuidaba no hacía conversa con ninguno… Y si le podía dar uno una aguapanela se le daba, pero cuando se podía era mejor decirles que no” aunque en la medida de lo posible intentaban no auxiliar a ninguno, ni a Ejército, Policía, guerrillas ni paramilitares, así tuvieran que recurrir a mentiras, ya que, en aquel tiempo, el sólo brindar un vaso de agua a alguno y que el grupo contrario se enterara, podría ser la razón de su muerte.

Así fueron pasando los años, don José Miguel goza de buena salud, sale a recoger “tal cual pepa de cacao” para llevar ingresos a su hogar, ya no tiene hijos pequeños pero sí montones de nietos y bisnietos, tantos que ya perdió la cuenta, y sabe que todo el esfuerzo tanto de él como de toda la comunidad, permitió que ya tengan carreteables en mínimas condiciones, un colegio con bachillerato, cancha hasta con cubierta, entre otros equipamientos veredales; sin embargo, aunque en el campo la vida es apacible según lo que él nos cuenta, aún sueña con que todos los niños y niñas puedan vivir en mejores condiciones, con más inversión estatal.

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