*Por: Julián A. Martínez

Al observar el espacio público desde una perspectiva de género, se puede identificar cómo los espacios se usan y se sienten de manera diferente por hombres y mujeres, así como tantas otras características y condiciones diferentes al género, como la edad, la raza, el nivel socioeconómico y la identidad sexual influyen en la forma de usar y sentirse identificado en el espacio público. Ser mujer supedita como se usa el espacio público, la experiencia de los acosos y agresiones que sufren en la ciudad condiciona la percepción de seguridad al transitar estos espacios. 

Los principales espacios públicos en la antigua Grecia eran; la calle, el ágora y la stoa, allí los hombres se reunían para negociar, comer o conversar. Las mujeres generalmente no aparecían en estos espacios de la ciudad, pues desde un punto de vista social, eran percibidas como cuerpos fríos y débiles que solían pasar sus días dentro del resguardo y calor que otorgaba la vivienda, para salir de esta debían estar fuertemente abrigadas, con el fin de mantenerse lo más calientes posible. Para los hombres no había mucho control o limitación en las actividades que podían realizar en el espacio público, se encontraban desde pescadores, carniceros, malabaristas y comerciantes hasta abogados, burócratas, filósofos y servidores sexuales, actividades en su mayoría ofrecidas por y para los hombres. Había una ausencia de la mujer en el espacio público, ya desde entonces el espacio estaba pensado y configurado desde una perspectiva androcéntrica.  

Actualmente no es extraño pensar que la planeación urbana está concebida por un hombre que se desplaza en auto y sin compañía. El diseño de los espacios públicos, prioriza y fomenta unas experiencias frente a otras y esta configuración depende de los usos que se han considerado “comunes y normales”. Al parecer el peatón común siempre camina solo, sin coche o carriola, sin bolsas de mercado, sin silla de ruedas, sin la inseguridad que significa ser mujer. Características de diseño como la localización, sus conexiones con otros lugares, el mobiliario urbano, los colores, las actividades propuestas, responden a una forma de vivenciar la ciudad que ignora los usos y necesidades de grupos no privilegiados. 

El ser humano no es una especie genérica, en el mundo que habitamos, cada ciudad, incluso cada barrio, presenta una diversidad de etnias, culturas, géneros, gustos y formas. El espacio público se jacta de ser un reflejo de la sociedad, pero con plazas y parques no son la materialización de un espacio para todos. La heteronormatividad ha fomentado espacios sin género ni sexo, aunque existen escenarios privados como bares y discotecas con características fuertemente marcadas, el espacio público carece de esta diversidad. Es momento de pensar lugares públicos para los múltiples gustos, formas y creencias que lo “normal” se ha esforzado por relegar. 

*Julián Martínez. Egresado del programa de arquitectura. Curioso por temas en relación al arte, el diseño y la ilustración.