A las 6:00 de la mañana, cuando los campesinos se dirigían a los puntos donde vienen adelantando sus plantones pacíficos desde hace 92 días para evitar la erradicación de los cultivos de coca, con los cuales sobreviven hasta que no les ofrezcan alternativas para poder tener cómo alimentarse y subsistir en el territorio, se encontraron con la presencia del Ejército Nacional ya en las zonas.

Aunque había más puntos en la misma situación, en esa tensa calma, intentando dialogar para evitar que acaben con las matas que, aunque ilegales para El Estado, durante años han garantizado a comunidades rurales lo que históricamente el Gobierno no ha podido, tener ingresos y proveerse de servicios cuando no tienen ni vías de acceso. En el punto en el que nos encontrábamos cubriendo como El Cuarto Mosquetero, sólo había seis campesinos, desarmados, como manifiestan mantienen así a menos que haya confrontaciones y tengan que utilizar palos y piedras como sucedió la última vez que el Ejército los reprimió con aturdidoras y gases lacrimógenos.

Estos seis campesinos estaban mirando cómo El Ejército iba rodeando la zona en la que se encontraban y cómo empezaban a verificar que dentro de los cultivos no hubiese minas.

— Jum, como si nosotros les fuéramos a poner minas. Ellos siguen diciendo que somos nosotros en vez de enfrentarse a las guerrillas, nos culpan a los campesinos.

Van charlando y explicándonos. Pero terminada la verificación empiezan a erradicar los cultivos. Ahí es cuando la situación se torna peligrosa. Ya que apenas los campesinos se levantan del palo en el que estaban sentados observando, para ir donde las matas que representan su acceso al buen vivir, inmediatamente los uniformados arman una barrera con la imponencia que representa tener sus manos en todo tipo de armamento –tanto armas largas como pistolas–, y les impiden el paso.

Como eran sólo seis, de inmediato avisan por los radios que necesitan apoyo y en cualquier momento llegarán otros campesinos. Pero esos seis se pararon frente al Ejército, de manera que, si no los dejaban pasar a salvar las matas en ese terreno de 30×30 que tenían asegurado, ellos tampoco los dejarían avanzar a seguir erradicando.

Empezamos a tomar fotos y un militar empezó a grabar todo; informó la presencia de dos «camarógrafos», además del periodista que siempre está, «el reportero del Tercer Milenio», refiriéndose a Fernando de Voces del Guayabero, a quien tienen plenamente identificado y quien ha sufrido en varias ocasiones obstrucción a su derecho de libertad de prensa. Además a Fernando le dañaron su cámara fotográfica, obligándolo a usar una prestada y un disparo le dejó un dedo de la mano derecha inutilizado (se lo cocieron como pudieron y no sólo perdió la forma propia de la mano, sino la movilidad). El militar se dedicó a grabarnos a nosotros los periodistas y otro joven, ni idea como se llamaría o que cargo tendría ya que no quisieron identificarse, grababa a los campesinos.

En un principio había una evidente muestra de provocación por parte de los militares, ya que empezaron a asegurar que los campesinos estaban aliados con grupos armados, de lo que claramente los campesinos se defendían.

— Acaso yo cómo voy a saber que usted no es un miliciano infiltrado— decía un militar a un joven campesino.

— Usted cuando sonó la detonación la vez pasada no hacía sino reírse— señalaba otro militar mientras grababa a un campesino, que se defendía y le decía que no era así. De manera que otros campesinos molestos argumentaban su derecho a reírse cuando se les diera la gana, no porque se hubieran reído ese día, sino porque se sentían atacados y estigmatizados como en los últimos tres meses, aunque en realidad llevan media vida soportando esto, sin embargo, se ha intensificado en los últimos años cuando empezaron sus enfrentamientos con los mandatarios y Parques Naturales por la permanencia en un territorio que habitaban mucho antes de ser una zona declarada como un parque natural.

Me encontraba tomando fotos y mi compañero videos, cuando ¡Prum!, sonó una detonación, así que retrocedí hacia la zona de los campesinos identificando qué había sucedido. Ellos, aunque nerviosos siguieron ahí apacibles. Lo primero que recordé, fue que la última vez que había sido detonado un artefacto en la montaña, de esos que suelen dejar los grupos armados en cercanías donde patrulla el Ejército, doce campesinos quedaron en medio de ráfagas de fusiles, cual culpables de acciones ajenas y fue necesario que intervinieran organizaciones de derechos humanos, para que fueran liberados. Doce campesinos que con tan mala suerte estaban cuidando el tajo más cercano de donde se activó el explosivo, y fueron liberados después se ser torturados por más de tres horas, según me contaron y como evidencian las fotos y videos de ese día. Por ello me asusté, pensé, si disparan, aquí no hay ni dónde meterse. Pero no, no pasó nada.

Horas después los campesinos de otro punto me contarían que la especie de disparo lo hicieron ahí cerca de ellos, pero que tampoco entraron en pánico y que incluso un militar les había cuestionado por qué no habían salido a correr. Seguro creerían que los campesinos estaban dispuestos a dejar sus plantones a punta de intimidaciones.

En el punto en el que nosotros estábamos, más campesinos fueron llegando, y las acusaciones y señalamientos agresivos de lado y lado más bien disminuyeron. Empezaron algunos a dialogar, otros seguían grabando. Y detrás del cordón militar, soldados iban erradicando. Terminaron con el área delimitada y cada cual de su lado se miraban y no pasaban esa línea imaginaria, tan claramente interpuesta.

Ya había terminado de tomar fotos y videos, tal vez pude haber encontrado otros ángulos propicios para capturar, pero ciertamente el sol me estaba empezando a afectar, ya que no sólo hacía un calor insoportable, sino que la llegada de las tropas al «tajo», como llaman los campesinos a sus cultivos de coca, habían evitado que pudiéramos desayunar.

Unas pocas personas se quedaron ahí agachadas frente a los soldados, evidenciando que están resistiendo pero que de paso se cubren del inclemente sol, mientras que la mayoría volvieron al palo que medio propiciaba algo de sombra. Mientras nos retirábamos escuché a un soldado que le decía un grupo de campesinos que hablaban de la final de fútbol que habrá este domingo.

— Si no estuviéramos en guerra hubiéramos visto todos juntos el partido— manifestó un soldado de unos 40 años.

— Ustedes son los que están en guerra contra los campesinos en vez de estar enfrentando a las disidencias en las mismas condiciones, nosotros estamos desarmados, nosotros no estamos en guerra— respondió un campesino.

— Estamos es en pie de lucha por lo que nos da la comidita— aseguró otro habitante del sector.

Conversaciones que me hicieron recordar el inicio de la jornada, cuando me acerqué a tomar fotos a las barreras humanas, una formada por campesinos sin armas y otra por un gran número de campesinos bajo la subordinación del Estado.

— Tranquilo, que yo estoy tomando fotos, no necesita estarme atajando— le manifesté al soldado que se me atravesaba con cada paso que yo daba.

— Yo soy campesino, yo entiendo lo que están sintiendo ellos, pero yo tengo que cumplir órdenes o me dan de baja.

Me respondió ese joven, tal vez a modo de argumento por el reproche que sintió en mi voz, o tal vez porque estaba pendiente de las conversaciones y la impotencia que sentían las comunidades campesinas del Guayabero. No tuve opción de preguntarle más, ya que a medida que llegaron más militares a la zona, la mayoría parecían estatuas humanas, no hablaban, seguían órdenes, pero sí estaban listos para reaccionar.

Fue una mañana larga, como las últimas 91 mañanas en el Guayabero, ya que sus habitantes viven en constante zozobra, saben que el Ejército tiene como propósito erradicar hasta el último cultivo de coca, pero según analizan, los militares tienen sueldos y todas las garantías estatales para seguir insistiendo en su objetivo, mientras que ellos, todos los días en comunidad, tienen que encontrar la forma de resistir en el territorio, sin tener mayor tiempo para trabajar, entretanto se garantizan la alimentación y formas de subsistencia.

Comunicadora Social y Periodista, especializada en Políticas Públicas para la Igualdad en América Latina. Fundadora del colectivo y medio de comunicación alternativo El Cuarto Mosquetero. Desde la comunicación trabajo con comunidades de sectores rurales y populares los temas de género, paz y ambiente.