Estoy plenamente de acuerdo con lo que dicen los expertos para recuperar el emblemático Samán del Parque Los Libertadores.

Yo, Gabriel Parrado Durán, que soy un humilde campesino de las lomas de la vereda San Rafael, de la inspección de San Luis de Montfort, municipio del Calvario, departamento del Meta, sin mayor conocimiento científico sobre cómo mantener vivo un samán, con simples conocimientos de cuál es el comportamiento de las plantas, hace unos años, cuando el samán presentó otra crisis similar a la actual, invité, a través de varios medios, a que ciudadanos/as ambientalistas inconformes con la pavimentación del parque, equipados de valor, de conciencia y de herramientas como picas, barras, barretones, taladros, etc. rompiéramos ese pavimento, que creo yo, es una de las causas, no la única, que asfixia desde la raíz al samán en su estructura vegetal integral.

¡Pero tamaña sorpresa!, muchos fueron los indignados y pocos los atrevidos. Me quedé sólo con mi propuesta; me tildaron de loco, y las autoridades me recomendaron que no lo hiciera pues me podrían aplicar una jugosa multa y unos buenos años de cárcel. La verdad, ante la indiferencia, me dió rabia, y ante las advertencias me dió miedo. Hoy me arrepiento de no haberlo hecho; tal vez el samán y sus habitantes me lo hubiesen agradecido.

Hoy más veterano y reposado, vuelvo a sugerir a los expertos, a la ciudadanía y a los dirigentes, que el parque vuelva a ser parque, que se levante parte del pavimento, que se estudie la probabilidad de demoler la fuente luminosa (que muy pocas veces ilumina), que se siembren más plantas para que regresen las flores y sus buenos aromas, que a su vez permitirán el regreso de las aves y sus trinos, quienes en las noches y desde sus nidos, estarán atentos para escuchar las notas musicales provenientes de los hermosos conciertos semanales de la banda Santa Cecilia.

El samán, es el árbol de la lluvia y cuando llueve, el conjunto de sus raíces absorve buena cantidad de agua necesaria para su vida, pero si encima de sus raíces hay pavimento, pues imposible que tenga buen aspecto, que tenga vida. Al pavimentar el parque, pasando por encima de la lógica ambiental natural, florecieron las cuentas bancarias de los dirigentes y contratistas de ese tiempo, pero lo asfixiaron y desaparecieron otras plantas, simultáneamente a quienes allí habitaban. También cambió la población que lo visitaba,  prácticamente acabaron con el parque, y lo convirtieron en una plaza donde las altas temperaturas y la escacez de aguas subterráneas no permiten la vida vegetal ni la vida animal.

Si de verdad queremos verdaderos parques, donde abunde la alegría de la vida, evitemos su pavimentación y el exceso de cemento en nuestros entornos; exijamos y luchemos por más espacios verdes, por menos contaminación de las fuentes hídricas, por dejarle a las próximas generaciones un mundo mejor que el que encontramos al momento de nacer, y dejémole al mundo unos hijos conscientes de la importancia de cuidar integralmente el planeta tierra.