Marcela Joya es una mujer de 30 años. Alguien que ha juntado sus fuerzas, las de sus amigos y su familia para la solidaridad. A continuación, encontrarán un relato que surge desde la sinceridad y que no tiene otro fin que dejar para la memoria algunas reflexiones desde la subjetividad y desde la vivencia de algunos hechos que han dejado una huella profunda en la vida de una mujer que pasa noches en vela preguntándose por qué no todos tienen el pan. Marcela es una joven empresaria, gerente y fundadora de la compañía, Bionnabis S.A.S.  

Cuando se inició la cuarentena, lo primero que hice fue tomar tiempo para mí. Practiqué mi deporte a través de la virtualidad, tomaba sesiones de yoga, leía un libro, trabajaba un poco en mi empresa. Después de varios días de plena monotonía, en donde creía que no pasaba absolutamente nada, empecé a ver en noticias y en redes sociales que sí pasaba algo: la economía estaba empezando a colapsar y las víctimas serían los más indefensos. 

Me di cuenta de que no todos estábamos viviendo en las mismas condiciones, es decir, estar en casa con tranquilidad, con comida, con servicios públicos y con tiempo para el esparcimiento. Entonces empecé a ver esas noticias en donde la gente pide ayuda, y en donde se muestra que muchos han perdido su trabajo; o también a darme cuenta que muchos no podían salir a laborar porque vivían de la venta del día a día. Se empezaba a hacer evidente que muchos están en condiciones de vulnerabilidad y que no tienen qué comer, o con qué pagar el arriendo y los servicios públicos. 

Entonces, al ver todo eso, me estaba sintiendo en la situación en la que uno ve algo triste, pero después ve un video o un meme y ya se desconecta de aquello que le provocó indignación hacía un minuto. Aun así, ese sentimiento de tristeza empezó a hacerse más grande, me invadía el corazón. Yo decía, tengo todo, pero me siento muy vacía, muy afligida, no estoy haciendo nada que realmente valga la pena. 

Hay un balcón en mi apartamento y siempre salgo a tomar jugo ahí en las mañanas. Muchas familias recicladoras pasaban caminando. Cada día el paso de estas familias se hacía más recurrente, además, iban pidiendo ayuda. Yo los veía desde mi balcón y esa escena todas las mañanas se me empezó a acumular, ahí dije: tengo que hacer algo, no me puedo quedar acá como una mera espectadora que toma jugo desde el balcón. 

La realidad fuera de mi apartamento es otra y no me sentía tranquila con la indiferencia. Eso fue un jueves, estaba trabajando en algo de la empresa, no recuerdo exactamente en qué, no me podía concentrar. Decidí escribirle un mensaje por WhatsApp a mi familia. Faltaban dos días para mi cumpleaños. Les dije que no podía estar más tiempo en la comodidad de mi casa, que la indiferencia me estaba aniquilando. Les expresé que, si me iban a regalar algo de cumpleaños, quería que fueran donaciones para mercados. 

No sabía qué me responderían, esperé la respuesta inquietamente. Después de un ratico mi papá me contestó, me dijo que me apoyaba; enseguida mi mamá hizo lo mismo y poco después, se unieron mis hermanas. Esas fueron las primeras donaciones. 

En ese momento mi idea era recoger el suficiente dinero para armar aproximadamente ochenta mercados. Sin embargo, me di cuenta de que sola no podría, que necesitaba un equipo de trabajo. Le conté la idea a mi socia, a Diana, a quien le digo Mona. Le repliqué el mismo mensaje que le había enviado a mi familia. Inmediatamente me respondió que sí, y que la misma zozobra la ha estado acompañando y que esta era la oportunidad para salir de la inacción. En ese mismo momento tomamos la decisión de donar un porcentaje de las ventas que se realizan en nuestra empresa para esta acción. 

Diana decidió enviar un mensaje a su familia y a sus amigos pidiendo apoyo. Empezamos a recibir donaciones. Ella me dijo que lo hiciéramos un poco más grande, más visible, así que decidimos anunciar lo que estábamos haciendo en las redes sociales. No tuvimos miedo de las críticas inmisericordes de la gente. Diana llamó a nuestra obra, “Corazones en acción”

Mucha gente y muchos amigos empezaron a contactarnos y a hacer sus contribuciones. Ahí, Daniel, otro amigo de toda la vida, se unió al proyecto. Él también ayudó a divulgar la información. Tuvimos mucha suerte, incluso recibimos donaciones desde Londres. Familiares y amigos que viven fuera del país nos hicieron llegar sus aportes. Había gente que nos preguntaba desde qué monto se podía donar, les decíamos que realmente no importaba el monto, pues todo en ese momento sumaba. Había gente a la que le daba un poquito de pena, ya que solamente podía donar diez mil pesos, pero para nosotros esos diez mil marcaban la diferencia. 

Nos dimos cuenta de que se confiaba en nosotros. Sabemos que no es fácil confiar y más con temas de dinero de por medio; sabemos que la gente tiene muchas dudas respecto a si se utilizarán los recursos para lo que es. Creo que eso tiene que ver con el hecho de estar acostumbrados a vivir en un país en donde lo público es mancillado todo el tiempo. Por eso, desde el inicio tuvimos claro que teníamos que mostrar en redes sociales en qué estábamos usando los recursos; no lo hacíamos por vanidad alguna, solamente por ser transparentes con las personas que han confiado en nosotros. También lo hicimos para motivar a otros a salir de sí. Todos podemos ayudar, no hay límites para la generosidad y la solidaridad. 

Había pasado una semana y en un abrir y cerrar de ojos, teníamos los recursos para comprar 330 mercados. Empezó lo más difícil, armar toda la logística. Creo que uno se imagina que todo es muy fácil, o sea, recoger dinero, comprar los mercados, entregarlos y listo. La primera traba que tuvimos fue conseguir los mercados, pues deseábamos un mercado que tuviera las cosas básicas con las que una familia de dos o tres personas se pudiera alimentar entre cuatro a cinco días. Habíamos visto unos mercados en el Éxito, pero por persona máximo vendían diez mercados. No nos servía porque necesitábamos comprar en cantidad. Buscamos otras alternativas, pero los comerciantes no nos daban buenos precios; esto dificultaba nuestro objetivo, el cual era comprar muchos mercados para así poder ayudar al mayor número de personas; pues no solamente deseábamos encontrar buenos precios, también calidad, porque teníamos la certeza que el mercado debía tener lo necesario para que la gente pudiese suplir sus necesidades alimentarias con dignidad durante unos días. 

En ese momento apareció una amiga que también está haciendo la misma labor. Nos dio los datos de su proveedor. Afortunadamente ellos ya tenían experiencia con fundaciones que también hacen lo mismo, entonces nos ofrecieron lo que buscábamos: precios accesibles, calidad y cantidad. Les compramos 330 mercados la primera vez, eso fue hace quince días. 

Cuando tuvimos los mercados caímos en cuenta que no podíamos simplemente salir a las calles a entregarlos. Eso sería un error porque nos podríamos exponer a muchas situaciones desconocidas para nosotros. Diana contactó otra organización que tiene experiencia en estos temas: la SOS Bogotá. Ellos nos asesoraron, ya llevaban un mes entregando mercados. Nos acompañaron el fin de semana a entregarlos. 

La primera entrega que hicimos fue a una fundación de niños y adultos en condición de discapacidad, que han sido abandonados. Ese primer encuentro fue muy fuerte; llegamos a las instalaciones de la fundación, no tuvimos contacto con ninguno de los indefensos, solamente con las enfermeras, quienes nos contaron que todos estaban muy agradecidos puesto que, usualmente se olvida a las personas con discapacidades. La gente olvida a quienes no son capaces de valerse por sí mismos o de no producir para este gran sistema económico. Las enfermeras estaban trabajando con lo mínimo, así que se sintieron contentas con lo que llevamos.  

De ahí nos fuimos a una comunidad de campesinos del Cauca que vinieron a Bogotá a estudiar y que, a raíz del aislamiento, se les ha dificultado trabajar y conseguir la comida. Les echamos una manito. 

Mientras transitábamos por las calles, también entregamos mercados. Nos encontramos con muchos recicladores. Ellos en este momento están en grandes dificultades porque no recogen tanto como antes, sin embargo, ese es su medio de subsistencia. A pesar de todo, ellos salen a trabajar a ver si por lo menos hacen mil o dos mil pesos diarios. Uno diría que eso no es nada, pero para muchas personas el conseguir esa cantidad de dinero les representa una cuestión de vida o muerte. 

Después fuimos a un barrio muy al Norte de Bogotá. Estábamos muy entusiasmados de poder ayudar a muchas familias, sin embargo, el día de esa entrega me sentí un poco insatisfecha y frustrada. Una líder del barrio tenía una lista de las personas a las que sí se les entregaría algo de comida. Para mis compañeros y para mí era muy raro entregarles a unos sí y a otros no, de esa manera tan selectiva. Aun así, lo hicimos, tal como nos lo pidió la líder comunitaria. Creo que en parte lo llevamos a cabo de tal manera porque sabíamos que la comunidad en este momento pasa situaciones difíciles y que con hambre podría llegar a reaccionar violentamente. Allí entregamos aproximadamente cincuenta mercados a las personas del listado. Después nos enteramos de que esa lista no era nada transparente, pues quienes estaban en ella habían pagado para que así fuera. Creo que en el fondo nosotros lo sabíamos y no queríamos generar ningún conflicto, aunque esto no dejó de provocarnos un sentimiento de indignación, pues es pensar la pesadilla de la corrupción endémica en este país. 

Tan pronto como terminamos ahí nos fuimos a un barrio que se llama Lomitas, es el barrio que le dicen “La tierra de nadie”. El apelativo me impactó muchísimo porque no pertenece ni a Bogotá ni a la Calera. Nadie se hace cargo de sus habitantes.  Sus pobladores están viviendo en situaciones lamentables, pero no se le da importancia alguna, porque al parecer es como si ahí tampoco viviera nadie, como si los que vivieran ahí no fueran seres humanos.

Allí sí visitamos casa por casa, tocábamos a la puerta y entregábamos. No había un listado ni nada de eso. En este lugar sentí la autenticidad y la transparencia de la gente. Les tomó por sorpresa que les fuéramos a entregar una ayuda. Me impresionó que cada vez que hacíamos entrega de un mercado la gente preguntara si esto era para votos. Eso fue algo que me marcó, pues es como si estas personas, que ya tienen suficiente por vivir en condiciones de vulnerabilidad, solamente existen cuando es para manosearlos, para usarlos. 

Hubo un niño que me preguntó, ¿para qué son los mercados? En mi mundo interior no comprendía lo que me peguntaba; para mí los mercados son para consumirlos y pare de contar. Ante mi silencio el niño no se daba por vencido, ya que seguía presionándome para que le respondiera, ¿para qué son los mercados? Una de las personas del barrio notó mi perplejidad ante la pregunta de la criatura, así que se me acercó y me dijo: “cuando vienen a traer estas ayudas no es gratuito, es un intercambio, ya pueden ser votos, o pueden ser otras cosas”. No pensé que ese tipo de realidades fueran tan comunes. 

¿Cómo un niño de nueve años ya entiende que no hay solidaridad, que todo tiene un precio? Me he quedado pensando mucho en esto, no encuentro respuesta, ¿por qué la preocupación del niño?, ¿acaso qué cosas ha visto que piden a cambio? 

En el barrio Lomitas había una niña de tal vez trece años que acababa de tener un bebé en el patio de su casa; por patio me refiero a una parte de la vía con una puerta medio puesta.  El papá del bebé estaba con ella; otro niño, no más de quince años. La reacción de nosotros fue decirles: “por favor, cuídense”. En ese momento me di cuenta de mi total ignorancia, pues esos niños que tenían a cargo a otro niño, ni siquiera saben cómo acceder a la planificación familiar. Es más, sentí que ni siquiera nos entendían cuando les hablábamos de esto. Una señora del barrio me dijo: “ellos escasamente comen, su preocupación es el día, no van a pensar en métodos de planificación”. Ahí me di cuenta de que hasta el goce de la sexualidad es una cuestión de clase, y que los más pobres, ni siquiera pueden disfrutar de ella.  En ese mismo lugar vi muchas niñas embarazadas. 

Se me quedaron grabadas las miradas de muchas personas. Nos veían con esperanza, y no porque les lleváramos un mercado, sino porque no queríamos usarlos, porque no esperábamos nada a cambio, porque los observamos a los ojos y reconocimos en ellos seres humanos. Nos quedamos sin mercados y seguía llegando gente, eso fue devastador, fue sentir la impotencia de no poder hacer más. 

Cuando ya estaba en casa, no pude dormir pensando en las personas a quienes no les pudimos entregar nada. De hecho, todavía las tengo en la memoria. Pienso en su hambre y su abandono, pienso en mi impotencia al no poder hacer más, pienso en lo injusto: ¿por qué hay gente que tiene que vivir así, cuando todos podríamos vivir dignamente, sin hambre?

En estos días alguien me dijo algo horroroso:  “Lo que hacen ustedes es alimentar la vagabundería”. Ojalá esa persona hubiese ido a Lomitas; se hubiese dado cuenta que es gente que sí sale a trabajar (si a lo que hacen se le puede llamar trabajo, pues lo que siempre he escuchado es que el trabajo dignifica, y en este caso lo pongo en duda). Es gente que vende helados en la calle, vende jugos, dulces; trabajan de sol a sol para llevar comida a su casa, y ahora no lo pueden hacer, ¿entonces de qué viven? Por tanto, es cruel e inhumano decir que son unos vagos y que alimentar esa vagancia no está bien. Este tipo de comentarios me hace perder la esperanza en la “gente de bien”. 

Hubo habitantes de este sector que nos mostraban su carrito de helados, su carrito de jugos, su cajita de dulces para vender. Nos lo mostraban con devoción, como el objeto sagrado que los sacaría de apuros. Y sí, en esta sociedad desigual y clasista, en este país en donde el Estado es ausente, esa cajita, ese carrito, es la salvación de muchos. 

Cuando nos despedimos de esta comunidad nos dirigimos al barrio Santafé, en donde nos habíamos comprometido a ayudar a una comunidad trans. Yo siempre había pasado muy por el ladito de este lugar, como quien quiere hacer cuenta que algo no existe, pero sabe que ahí está. Vi casas y calles que jamás había visto. Muchísima gente. Llegamos a la casita en donde está la comunidad trans, que no sobra decir, fueron muy bondadosos en su trato. Con ellos la sociedad tiene muchas deudas en la restitución de sus derechos y, tristemente, con esta situación de la pandemia son triplemente discriminados. ¡Como si ya no les bastara!

En el momento que sacamos los mercados para entregárselos a la comunidad trans, se acercó mucha gente al vehículo. Yo me asusté; todos nos asustamos. Nosotros vimos en ellos gente de la calle, locos, locas, como acostumbramos a referirnos a ellos desde nuestra frivolidad. 

En medio del miedo, cuando ya estaban tan cerca, pensamos que nos los iban a quitar a la fuerza, o alguna cosa así, pero no, simplemente les dijimos a viva voz: “hagan una fila para que les podamos entregar el mercado”. ¿Y qué creen que hizo la gente? Pues hizo la fila. Uno a uno iba recibiendo su mercado y daba las gracias. Para mí eso fue una lección, un despertar, un darme cuenta de que ellos son tan humanos como yo. Fue una bofetada a la superioridad moral en la que vivimos quienes hemos tenido un poco más de suerte y oportunidades. 

Había más de sesenta personas haciendo cola. Lo más probable es que no nos alcanzarían los mercados y me di cuenta de que más gente se acercaba. Tenía miedo porque desde siempre me han enseñado a temerle a las personas que habitan en la calle. Todos los que iban llegando se unían a la fila. Cuando los mercados se acabaron, nos fuimos; no nos pasó nada. Nadie nos impuso su presencia. 

Hubo gente que tenía rostros en donde no les cabía una cicatriz más, en donde sus caras han conocido el hierro que penetra y que funde; personas que han vivido lo que ni soy capaz de imaginar, aun así, tengo grabadas muchas miradas, de muchos que no nos decían nada, pero sé que con sus ojos nos estaban abrazando. Creo que, si no hubiésemos tenido miedo, habríamos compartido con ellos un poco más; los hubiésemos escuchado, podría narrar otra historia, pero el miedo paraliza y deshumaniza. 

Otro día en la calle había un señor vendiendo eucalipto y gritaba: “cambio el eucalipto por panela o por arroz”. Diana y Sergio pararon el carro y le entregaron un mercado. Inmediatamente el señor se puso a llorar, lloró muchísimo. Les contó que se levantó a las tres de la mañana para ir a la montaña a buscar el eucalipto. Caminó mucho y además llevaba todo el día intentando vender o cambiar sus ramitas y con nadie había logrado hacer ningún trato. Ahora cuando veo a alguien vendiendo eucalipto en la calle, sólo pienso en una historia interminable de sufrimientos; ya no sólo veo la imagen superficial de un ser humano con unas ramitas por la calle, tal como lo veía antes, ahora veo a un ser humano que tiene una lucha diaria por no morir de hambre. 

Por otra parte, nos empezaron a llegar casos de personas en estado de vulnerabilidad, de pobreza, de desempleo, que están dedicados a recoger perritos abandonados. Personas que no tienen qué comer y se llevan a sus casas a los animales a vivir con ellos. En muchos casos la situación es tal que, ¿o comen ellos o los perros? Al parecer para estas personas la respuesta es clara: comen los perros. 

Conocí a una señora que trabajaba limpiando casas, pero a raíz de la pandemia no pudo volver a trabajar, y ha recogido 28 perros de la calle. Ahora no solo tiene que alimentarse a sí misma, sino a sus 28 nuevas compañías. Si elle tiene un pan, prefiere dividirlo en 28 partes. Entonces le llevamos concentrado. En realidad, uno quisiera poder ayudar más. 

El fin de semana pasado estuvimos en Yomasa, en Usme, en la vía al Llano. Estuvimos en un barrio que se llama La Huerta. No hay vías, hay mucho abandono estatal. La primera cuadra, toda, tenía trapitos rojos. El líder de la comunidad es cuadripléjico. Fuimos primero a entregarle mercado a él. Nos contó su historia, que a mí me pareció desgarradora e injusta. Un día lo atracaron y no llevaba dinero, entonces los ladrones le pegaron un tiro; a raíz de ese disparo su situación de discapacidad. Vive con su papá, quien tiene 70 años, solamente se tienen el uno al otro. Es su papá el que lo cuida y lo ayuda en su difícil y extraña labor de líder social. 

Debido a la pandemia, no han podido recibir las sondas, ni los pañales, ni nada de esas cosas que son vitales para ellos, sin embargo, este señor es el líder del barrio La Huerta y ayuda a todos, se preocupa por todos, y para mi sorpresa, su voz y su rostro emanan tranquilidad. No hay en él ni un solo atisbo de odio o de deseo de venganza. 

Todo esto me ha marcado mucho, quisiera terminar diciendo que todas las personas con quienes nos hemos cruzado, personas humildes, no se quejan, al contrario, están alegres, tienen una sonrisa, tienen un abrazo para dar en la distancia. También quisiera decir que esto que hemos hecho ha sido con amor y me ha demostrado que cuando los seres humanos nos unimos, nos hacemos grandes; que nuestra grandeza no está en la individualidad y en el egoísmo, eso nos mata, en cambio, estar juntos y ayudarnos, nos salva.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.