Por: Lina Álvarez y Shirley Forero.

Cuando una pandemia mundial obliga a las personas a confinarse en sus casas para mantenerse seguras, el hambre aflora en las comunidades más vulnerables. Este caso no solo se replica en Colombia sino en América Latina, el continente más desigual del mundo.

En Colombia, por ejemplo, la tasa de empleo informal fue de 47,9%, según cifras del DANE, es decir, cerca de la mitad de la población trabajadora del país depende de un ingreso diario para subsistir, aunque se cree que es mucho mayor el porcentaje de personas que no tienen un trabajo con prestaciones de ley. Sin embargo, la llegada de la pandemia del Covid-19, ha impedido que esos vendedores que se ‘rebuscan’ el día a día vendiendo empanadas, arepas, jugos, libros, ropa, bolsas de basura, incienso, entre otros, puedan sobrevivir.

Sin embargo, en Villavicencio, el poder de la unión comunitaria ha sabido hacerle frente a esta situación con la implementación de los Fogones Comunitarios. Esta idea no es nueva, de hecho, se ha desarrollado desde hace varios años en diferentes partes del país, para subsanar el hambre de las personas que más lo necesitan.

En medio de la pandemia, esta iniciativa ha resultado pertinente para las comunidades de los sectores más vulnerables de la capital del Meta. Aunque la Alcaldía Municipal ha venido implementando 20 fogones comunitarios y apoyando a los 23 existentes ubicados en ocho comunas con alimentos complementarios como proteínas y carbohidratos. Sin embargo, son las y los habitantes de los barrios quienes se encargan de conseguir el resto de insumos como las verduras, el equipo de trabajo y la logística para llevar a cabo la preparación y repartición de los almuerzos.

Este ejercicio fortalece los tejidos comunitarios y la solidaridad entre las y los vecinos que de los pocos alimentos que tienen, aportan desde sus capacidades, una cebolla o quizá un tomate; un pequeño esfuerzo que se convierte en una ayuda colectiva, que posteriormente se convierte en el salvavidas de las y los más afectados por la cuarentena.

Recientemente, El Cuarto Mosquetero visitó los fogones de Brisas del Guatiquía y Santa Fe, dos sectores social y económicamente marginados que con la crisis del covid-19, son de los que más necesitan de la unión y gestión comunitaria para sobrevivir.

En Brisas del Guatiquía, encontramos algo curioso. Las y los habitantes del sector, desde muy temprano en la mañana aseguraban su puesto en la fila dejando una olla tras otra, así cuando llegara el momento de formarse para recibir el almuerzo en la caseta comunal, solo tenían que recoger el recipiente, sin tener que esperar durante un largo tiempo el turno.

Durante la jornada, en el salón de la caseta comunal, un grupo de música vallenata amenizaba el ambiente con los clásicos de Diomedes Díaz en homenaje al Día de la Madre, mientras algunos delegados/as de la comunidad cocinaban el almuerzo del día.

Cuando ya llegó el mediodía, las y los residentes del barrio se ubicaron en el punto donde descansaba la olla o el porta que habían dejado ahí con anterioridad, la fila se tornó larga pero las personas esperaban pacientemente, manteniendo siempre la distancia y el tapabocas reglamentados. Cuando ya les llegaba el turno para obtener su alimento,  los encargados de servir la comida, preguntaban el número de personas en la familia de quien esperaba, y de acuerdo a esa cantidad, se brindaban las raciones.

En ese momento, nos acercamos a algunos de ellos para hacerles algunas preguntas sobre lo que opinaban de los fogones comunitarios y de qué manera les beneficiaba la iniciativa, testimonios que quedarían registrados en la cámara que siempre está en manos de Edilson, nuestro camarógrafo. Las entrevistas estuvieron cargadas de agradecimiento, alivio y halagos a los alimentos preparados. Claramente la estrategia ha logrado que quienes trabajaban como vendedores ambulantes y sus familias, puedan llenar sus estómagos.

Cuando ya finalizó la entrega de los almuerzos, la comunidad nos ofreció un poco de lo que fue el menú del día: arroz y pasta con pollo. La pasta estaba preparada en una especie de guisado que le otorgó un sabor sinigual, en ese instante, supimos que los beneficiarios de los fogones, no alababan los alimentos preparados sólo como un gesto de agradecimiento.

De inmediato, nos desplazamos hacia otro fogón, esta vez en el barrio Santa Fe, allí el ambiente estaba más tranquilo, en la caseta comunal solo estaban quienes ese día preparaban los alimentos. Minutos después, en la puerta del salón del lugar, se formaron en fila las personas que se disponían a recibir su almuerzo.

Allí también grabamos algunas entrevistas, las declaraciones fueron similares a las del fogón anterior, esas miradas de gratitud genuina brillaban con cada palabra, dejando claro que las iniciativas comunitarias, forjan poder y sentido de pertenencia entre sus integrantes.

Dado que ya nuestros estómagos estaban llenos, solo probamos unos deditos hechos con harina de maíz, la misma que se emplea para preparar arepas. Estaban crujientes y un poco calientes, pues recién habían salido del sartén con aceite hirviendo.

Dos expresiones comunitarias que han permitido subsanar el hambre de estas comunidades. No hemos recorrido todos los fogones, pero esperamos poder a conocer más a profundidad de estos procesos, sus retos -porque claramente rebuscar todos los días ese 30% que debe poner la comunidad no es fácil, e inclusive los que los adelantan sin apoyo institucional deben tener aún más persistencia-, sus aprendizajes y cómo ha fortalecido esos lazos comunitarios.

Es importante resaltar, que algunas comunidades no tiene un fogón permanente pero han sido beneficiados con fogones itinerantes que están adelantando organizaciones sociales, como Corporación Creando Caminos de Paz, que la mayoría de días de la semana, están rotando el fogón principalmente en la comuna ocho. Inclusive, desde el colectivo de comunicaciones de El Cuarto Mosquetero, apoyamos una olla en Villa Lorena y una chocolatada en Parcelas del Progreso, junto con otras organizaciones como el Observatorio de Género, y nos permitió vislumbrar el compromiso de algunos líderes y lideresas que asumen la preparación y entrega de los alimentos, con total convicción porque saben que un día que permitan disminuir la agonía de sus vecinos/as de pensar cómo alimentar a sus hijos, es un gran aporte para todos y todas.

Caminando los barrios hemos encontrado familias que nos confiesan que no alcanzan a alimentarse tres veces al día, que ya les había ocurrido antes de la pandemia algunas ocasiones, pero que durante la emergencia sanitaria y social generada por el covid-19, al encontrarse aislados, se ha convetido en su día a día, especialmente en las más numerosas, por lo que contar con un fogón comunitario así sea ocasional, y mucho más cuando son permanentes, es una opción que no solo les permite acceder a su derecho humano a la alimentación y nutrición adecuada, sino a fortalecer sus tejidos comunitarios.

Y eso que nos falta contarles sobre cómo se han fortalecido las huertas comunitarias…