Felipe Osorio es Historiador de la Universidad Javeriana, tiene un diplomado en Agricultura Ecológica y Biología del Suelo de la Universidad Nacional y actualmente, está a la espera de certificarse en su maestría de Medio Ambiente y Desarrollo. Su pareja, Emilce Cortés, es licenciada en Artes Escénicas con énfasis en Danza de la Universidad Pedagógica Nacional, pero como artista, ha ramificado su creatividad innata en la música, la pintura e incluso la albañilería.

Ambos, citadinos de nacimiento, decidieron dar un giro radical a sus vidas hace cinco años cuando decidieron dejar Bogotá para cimentar su hogar en las 28 hectáreas de la finca El Silencio, ubicada en la vereda Chepero del municipio de Cumaral, Meta.

La finca ha pertenecido a la familia de Felipe por cerca de 50 años, pero nunca había sido habitada de manera permanente. Se manejaba como una especie de empresa con algo de ganado y un sitio en el cual pasar las vacaciones familiares. Sin embargo, desde su infancia, el historiador tuvo el sueño de vivir allí y cuando finalmente lo logró, sintió que siempre había pertenecido a ese lugar y que ese, era realmente su hogar.

Por su parte, Emilce admite que dejar un trabajo que le garantizaba una estabilidad económica para aventurarse a cambiar ese ambiente de bullicia citadina por los paisajes apacibles, planos y verdosos del llano, no fue una decisión fácil, pero siempre supo que ese era el camino que estuvo buscando, incluso desde antes de saberlo ella misma, pues proviene de padres campesinos y aunque nació en las urbes de la capital del país, en su corazón siempre estuvo latente ese sentimiento de arraigo con la naturaleza.

En su proceso de adaptación, la pareja implementó un modelo autosustentable para garantizar su soberanía alimentaria mediante dos huertas en las que siembran de manera completamente orgánica gran variedad de alimentos como yuca, papaya, plátano, banano, mango, mandarina, frijol, maíz, ahuyama, papa de aire, curcuma, gengibre, pitaya, espinaca, cebolla, maracuyá, sacha inchi, entre otros.

“Aquí lo que tenemos es una experiencia de vida sustentable en todo sentido”, afirma Osorio, pues además de las huertas, cuentan con un baño seco, una estufa y horno eficientes, y además, trabajan con la madera y la guadua aplicando  los principios de la permacultura, la agroecología y todas las guías alternativas para una vida sustentable en armonía con la naturaleza.

Sus experiencias de vida en el campo y esa conexión con la naturaleza que cada vez más se fortalecía, hicieron que los bogotanos hallaran en las palmas nativas una forma de aportar los conocimientos que han venido obteniendo de manera empírica a una iniciativa social. Ambos gestaron gestaron la idea de crear un proyecto de investigación y emprendimiento para aprovechar los beneficios de estas plantas, eso sí, manteniendo el respeto a su crecimiento y entendiendo el rol esencial que cumplen en el equilibrio de los ecosistemas.

En la finca El Silencio, “protegemos dos relictos de bosque nativo primario y un bosque secundario con 15 especies diferentes de palmas nativas entre las que se encuentran la palma de Asaí o Manaca (euterpre precatoria), el Seje (oenocarpus bataua), el San Pablo (geonoma interrupta), el Cumare (astrocaryum chambira), el Güichire (atalea maripa) y el Chuapo o Zancona (Socratea exorrhiza)”, cita el artículo ‘La memoria de las palmas’, escrito por Felipe.

Dada la riqueza de las palmas en ese lugar, Felipe y Emilce aprendieron, de la mano de su amigo, ingeniero agrónomo y experto en flora del Orinoco, Francisco Castro; a procesar las pulpas de Manaca y Seje para hacer jugos que aportan a su soberanía alimentaria. Es por eso que, aprovechando el potencial nutricional de estas plantas, los bogotanos decidieron impulsar junto con la fundación TerraViva, el proyecto “La memoria de las palmas”, con el fin de contribuir a la conservación de las palmas silvestres y los ecosistemas nativos del piedemonte llanero a través de una propuesta de investigación y emprendimiento comunitario.

El proyecto consta de dos fases, la primera es de investigación con el fin de identificar las diferentes especies de palmas en Cumaral, saber dónde están ubicadas, cuáles están en peligro de extinción, qué lugares son potenciales para cosechar esta planta, qué animales se alimentan de estas y todo lo relacionado con su hábitat. Para lograr esa etapa inicial, se planteó crear un semillero de investigación con jóvenes cumaraleños con asesoría de algunos expertos. Hasta el momento, el grupo no se ha establecido debido a la pandemia de covid-19, pero ya se ha nombrado un coordinador del proyecto junto a algunas personas que están vinculadas a organizaciones locales de activismo ambiental y cultural.

La segunda fase del proyecto consiste en realizar unas capacitaciones para las personas interesadas en aprender sobre las palmas y el proceso de cosecha y de procesamiento del producto, así como también formación de empresas comunitarias, para que las comunidades se empoderen y entiendan que mucho más allá de la belleza paisajística que aportan estas plantas, los servicios alimenticios que brindan pueden ser una alternativa económica para el territorio.

Manacal (euterpe precatoria).
Foto: Bicionarios. Tomada de TerraViva Fundación

Para Emilce, el hecho de trabajar con comunidades en esta iniciativa, no solo refleja un aporte en lo social, sino también en lo ambiental. “Una de las más grandes responsabilidades que tengo, es construir tejido social, una de las razones que más nos motiva a realizar este proyecto de palma, es hacer esa construcción comunitaria”, afirma Cortés, relacionando este objetivo con lo ambiental, explicando que para ella, “todo en la vida está relacionado. Una de las cosas que a nosotros nos han enseñado en la academia y en los espacios donde nos hemos educado, es que somos seres fragmentados, (…) esa fragmentación del ser es la que hace que no nos pensemos como seres conectado con todo, y sintamos que tenemos el derecho de degradar la tierra, de explotar los recursos naturales porque ¿Qué importa? y resulta que son ecosistemas llenos de vida».

Esa conciencia ambiental y el estilo de vida respetuoso con la naturaleza que la pareja ha adoptado, le llevó a hacer parte de la Red de Mingueros del Piedemonte Llanero, la Red de Consumo Consciente, la Red Biocol, entre otras, en las que se han mantenido aprendiendo de prácticas sanas para el medio ambiente y compartir sus experiencias con quienes se identifican con la forma en la que edifican día a día su cotidianidad.

Para finalizar este artículo, resulta pertinente citar nuevamente el texto de Felipe en el que señala, recogiendo todo lo expuesto hasta el momento que “Las palmas, trascendentales símbolos de los bosques húmedos tropicales y de los paisajes llaneros, no sólo destacan por su belleza sino por su importancia como fuente de alimento para aves, mamíferos e insectos. Nosotros, también mamíferos, fortalecemos nuestro vínculo con el bosque al conocer y aprovechar su potencial alimenticio contenido en las palmas. Nosotros construimos vínculos prácticos, cotidianos y simbólicos; establecemos un tejido cultural con el ecosistema”.

Comunicadora social y periodista, con experiencia en prensa escrita, comunicación institucional y trabajo con comunidades vulnerables desde el enfoque de la participación política, defensa del territorio y comunicación para el cambio social.