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Pasto

La gente del sol de las ocho puntas

El aumento de temperaturas, la pérdida de fauna, semillas nativas y ecosistemas como glaciares afectan el territorio ancestral del pueblo Pasto entre Colombia y Ecuador. Ante la crisis climática, la juntanza comunitaria sostiene la defensa del ambiente.

La tierra está herida, dice el pueblo indígena Pasto. “Nos estamos desmembrando”, afirma Lidia del Rocío Moreno Cuastumal, maestra indígena y consejera mayor de educación. Para esta cultura, el universo está conectado por medio de ciclos y debido a la crisis climática estos procesos están alterados, afectando a las comunidades y al territorio.

Estas comunidades están ubicadas en lo alto de la cordillera de los Andes, entre Colombia y Ecuador. Allí, debido al calentamiento global, cuenta Daniel Lucero, abogado e indígena Pasto, se empezaron a dar frutos como manzanas, naranjas y aguacates, afectando las migraciones de aves y haciendo que especies como loros, que no habían subido hasta allá, lleguen y se alimenten de los cultivos de maíz de las personas.

“Hay una especie de garza que tampoco era de este territorio y se está comiendo las truchas que son un alimento nuestro”, cuenta Daniel. Otra de las afectaciones son los incendios y la agricultura en los páramos, lo que disminuye la disponibilidad de agua. Los afluentes hídricos son sagrados para la cultura Pasto. Incluso, algunos de ellos son lugares de origen, donde emergieron los antepasados y antepasadas, como el río Guáitara, justo en la frontera entre Colombia con Ecuador.

Debajo del puente de Rumichaca por donde se transita diariamente, hay espíritus que custodian. Es un pequeño abismo formado por las montañas, con baños termales, donde se hacen ofrendas y se agradece. El agua pasa cristalina, verde y con potencia. Igual de poderoso es el santuario de la Virgen de Las Lajas. Una iglesia gótica y turística construída al fondo de un abismo, con su historia católica e indígena. Ambos son sitios sagrados para el pueblo Pasto, pero tienen una diferencia:
En el sur de Colombia, en el municipio de Ipiales, se alza uno de los hitos más significativos de la historia andina: el Puente de Piedra de Rumichaca, una formación natural que cruza el río Guáitara (o Carchi), marcando la frontera entre Colombia y Ecuador. Mucho antes de que existieran las líneas políticas, este puente fue un paso sagrado y estratégico del Qhapaq Ñan, la red vial del Imperio Inca que conectaba territorios, culturas y espiritualidades a lo largo de los Andes. Foto: Jorge Daniel Lucero Bernal
Qhapaq Ñan, 16,6 kilómetros

Parte del Puente de Rumichaca está dentro de la declaratoria de patrimonio mundial de la UNESCO de Qhapaq ñan y Las Lajas no. Ángela Lucero, antropóloga e indígena Pasto, explica que “se reconocen bajo este nombre patrimonial las redes de caminos ancestrales de diferentes pueblos, no sólo el inca”.

En el caso de Colombia, el pueblo prehispánico Pasto, que sigue habitando el territorio, fue quien construyó toda la red de caminos “pero sólo unos puntos específicos están dentro de esa declaratoria. Hay también asentamientos, casas, muros, sistemas de drenaje, petroglifos y sitios sagrados”, detalla Ángela.

La declaratoria fue un trabajo realizado entre el Instituto Colombiano de Antropología e Historia -ICANH- y la Universidad de Nariño. “Tuvieron buena intención pero no salió muy bien”, dice Ángela. Anny López, arqueóloga de la institución, explica que “fueron varios años de investigación, para visibilizar este sitio tan importante. Todavía hoy se sigue investigando y eso es lo que hacemos”.

Daniel Lucero, cuenta que el imperio Inca solo llegó justamente hasta Rumichaca. Ahí, en uno de los orígenes del universo según la tradición oral, hubo una batalla entre unos y otros y ganaron los pastos. Esto no excluye que siempre hubo una relación: “Se han encontrado piezas de cerámica de incas en territorios pastos y al contrario”, dice Daniel. Intercambiaban productos, conocimientos y rituales como el Inti Raymi, por medio de la red de caminos ancestrales.
Niños, niñas, jóvenes y mayores danzan con entusiasmo en el Inti Raymi, portando las wiphalas como bandera de identidad y dignidad andina. Este ritual realizado en el solsticio de junio, marca el año nuevo andino. Es una tradición milenaria de los pueblos indígenas de los Andes e indica el inicio de una nueva temporada de cosechas. Foto: Jorge Daniel Lucero Bernal

El pueblo Pasto es binacional. En Colombia hay 24 resguardos y en Ecuador la figura jurídica tiene otro nombre: son siete comunas campesinas. Si se cruza entre un país y otro, se ve el mismo sol de ocho puntas. Ipiales, la última ciudad de Colombia antes de Rumichaca, del departamento de Nariño, y ubicada sobre las montañas de los Andes, cuenta con 116.136 habitantes según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística -DANE-, de las cuales, el 33,4% son indígenas.

Actualmente la ciudad enfrenta una crisis por el suministro de agua debido a que en los ríos Blanco y Chiquito, fuentes principales de abastecimiento, la Gobernación de Nariño ha identificado “altos niveles de contaminación generados por vertimientos de aguas residuales provenientes de comunidades cercanas, empresas lácteas y mataderos no autorizados, lo que ha incrementado la carga contaminante en el río. Adicionalmente, se observó una reducción en el caudal, afectando la cantidad de del recurso hídrico disponible para el municipio: de los 280-300 litros por segundo requeridos, actualmente solo llegan 190 litros por segundo”. Daniel explica que son alrededor de 20 barrios que no tienen acceso a este servicio.

Semillas, tulpas y ruinas

Sobre una pequeña colina, con la música del Inti Raymi y el resguardo indígena de Panam al fondo, Alexandra Puetate, perteneciente a esta comunidad, relata cómo la crisis climática ha transformado el territorio: la deforestación, el cambio de temperaturas y la pérdida de fauna y semillas han afectado los cultivos ancestrales. “Frente a ello, se protegen las semillas nativas, se mantiene la chagra, lugar donde están los cultivos, alimentos y plantas medicinales, se conservan los caminos milenarios que aún sirven para el intercambio de productos entre Colombia y Ecuador”, expresa.

Tanto Panam, como Males, otro resguardo indígena del pueblo Pasto, no hacen parte de la declaratoria del Qhapaq ñan de la UNESCO. A pesar de esto, en Males hay un lugar llamado Tulpas Ambientales. Es una casa rosada, con flores de colores colgando en las ventanas y con un vivero detrás, donde se hace educación ambiental con estudiantes de colegio, mujeres y demás personas se juntan para proteger el territorio.

Se llama Tulpas Ambientales porque las tulpas son tres piedras que están en el centro de la cocina ancestral: el fogón donde se pone la olla y donde las personas se reúnen a planificar el día que viene y a hacer una retroalimentación del día que ya pasó. Además, desde este lugar se ven tres montañas bautizadas de la misma forma: también son lugares sagrados en la cosmogonía Pasto.
En el corazón del Resguardo Indígena de Males, en el municipio de Córdoba, Nariño, la Asociación Tulpas Ambientales lidera una experiencia ejemplar de restauración ecológica y defensa del territorio ancestral. Manos curtidas sostienen una mazorca ancestral: semilla nativa, memoria viva del maíz que alimenta cuerpo y territorio. Foto: Jorge Daniel Lucero Bernal
Macovi Morán, integrante de este resguardo cuenta que “antes los mayores sabían predecir lluvias, soles o heladas para sembrar, pero ahora en este momento es tiempo de lluvias, pero hace sol. Y en sol hace lluvias, o hay heladas cuando no debería de haber heladas”, lo que ha causado pérdidas en cultivos y afectaciones económicas y sociales.

Frente a ello, Macovi, destaca la importancia de conservar semillas nativas, más resistentes que las modificadas, de especies como el maíz, la arracacha, las majuas, entre otras. Han contado con el apoyo de la Fundación Impulso Verde para las metodologías implementadas.

La Finca Ecoturistica El Gran Paraíso, en Funes (Nariño), tampoco fue incluida en la declaratoria, pese a que allí se encuentran estructuras monumentales que parecen vestigios de una ciudad con tumbas, terrazas, drenajes, puertas y columnas, además del sol de las ocho puntas. Mauricio Figueroa, quien ha vivido toda su vida en el lugar, recuerda que durante la investigación no ingresaron a los predios por el conflicto armado, aunque después el ICANH adelantó algunas actividades.

En el sitio también se han hallado monedas coloniales del siglo XVIII, lo que hace pensar que fue un punto de tránsito. Hoy Mauricio integra una asociación agropecuaria vecinal y señala que la crisis climática ha transformado el territorio: antes las temperaturas no superaban los 15 °C y ahora alcanzan hasta 20 °C, lo que ha hecho desaparecer especies como serpientes y pájaros carpinteros.
Temperatura en Ipiales, Nariño, Colombia (2016 – 2025):
La papa, la vaca y el frailejón

El conflicto armado en Colombia dejó secuelas en este territorio. En el departamento de Nariño, según el Registro Único de Víctimas, con corte al 31 de julio del 2025, hay 656.772 personas reconocidas en el marco de la Ley 1448. Uno de los municipios afectados fue Cumbal.

Allí surgió la Casa de la Memoria del Gran Cumbal. Es un salón que tiene en las paredes la historia de este resguardo indígena desde antes de la llegada de los colonizadores españoles, con piezas arqueológicas como cerámicas y estatuas sagradas, pasando por la construcción del pueblo y diferentes hechos victimizantes y opresivos coloniales.

Luis Carlos Cuaical, del resguardo indígena de Cumbal, señala que la crisis climática es un fenómeno mundial: “el mundo entero se globaliza y por eso la temperatura aumenta”, recordando que este 2025, en el marco del Año de los Glaciares, se dialogó sobre cómo los nevados del volcán de Cumbal y el de Chiles perdieron sus glaciares debido a la extracción de hielo y al calentamiento de la atmósfera, de modo que “así nosotros lo protejamos, es imposible conservarlo”. Advierte que en este municipio la economía lechera es la más segura para las familias, lo cual hace que avance la frontera agrícola hacia los páramos.

En la misma línea, Diana Piarpuezan, también del resguardo indígena de Cumbal, explica que el oso andino, por ejemplo, ya no encuentra alimento por la expansión humana, mientras los incendios reducen aún más los hábitats. Aún así, resalta que colectivos juveniles han alzado su voz en defensa de la vida y del territorio, aunque reconoce que “es difícil porque el sistema al que uno se enfrenta es muy poderoso”. Entre estos colectivos, ambos mencionan a Frailejón, de mujeres, jóvenes, niñas y niños, que realizan estrategias para socializar los daños ambientales del territorio y además hacen campañas de recolección de residuos.
Filas perfectas de cultivo contrastan con la disposición libre de los frailejones. Un diálogo visual entre orden agrícola y naturaleza silvestre. Entre destrucción y vida. Páramo del Gran Cumbal. Foto: Jorge Daniel Lucero Bernal
La Laguna de la Bolsa, en Cumbal, es un sitio sagrado de la cultura Pasto cuyo nombre proviene de la forma de vientre dando a luz que dibujan las montañas en sus aguas. Para llegar hay que pasar algunos grafitis de grupos armados en el camino y allí también se hacen ofrendas y se ven las montañas llenas de frailejones alrededor del agua. Está llena de espíritus y desde el fondo también emergieron indígenas Pasto en el origen del mundo. Pero también hay agricultura, cosa que no debería ser por la Ley 1930 de 2018 y otros tratados internacionales que prohíben estas actividades así como la ganadería, minería y la explotación forestal comercial en estos territorios.

Esto es resultado de la colonización, cuenta Daniel Lucero. “Cuando llegaron los españoles, hicieron desplazar a los indígenas hacía arriba, hacia la montaña, y allí se quedaron. Por eso las personas ven con naturalidad la agricultura y la ganadería en territorio de páramo, porque de eso viven”.

Los linderos están divididos así: a un lado las vacas, a otro lado los cultivos de papa y al otro lado los frailejones. Esta transformación en la cobertura vegetal, afectaría la regulación hídrica y los servicios ecosistémicos, especialmente en contextos donde la presión humana sobre montes ya es significativa, como en este páramo de Cumbal. Lidia del Rocío Moreno Cuastumal, explica que estos efectos de la crisis climática están ligados a políticas neoliberales que no respetan el territorio ni el derecho mayor de los pueblos.
El ganado se abre paso entre frailejones: contraste entre la actividad ganadera y los relictos de ecosistemas estratégicos. Foto: Jorge Daniel Lucero Bernal
La maestra compara la construcción de una autopista en Ipiales con “cortarle el vientre materno a una mamita para sacarle a la fuerza su hijo”. Para sanar a la madre tierra, señala la necesidad de transformar las políticas ambientales e integrar educación, salud y territorio, reconociendo los ciclos solares y lunares como guías para la siembra.

En este camino, las comunidades han reemplazado desde hace 40 años, eucaliptos y pinos por plantas nativas que nutren el agua, han fortalecido la chagra familiar y colectiva, espacios donde se siembran alimentos, plantas medicinales y nativas y han avanzado en proyectos como Quilca Kuna, que devuelve la voz al territorio y sustenta una política educativa propia del pueblo Pasto, donde el caminar espiritual, la siembra y el cuidado del agua son parte de la enseñanza y de la vida.

Lidia dice que los caminos ancestrales no los encuentras en la declaratoria del Qhapaq Ñan, sino en el corazón de los territorios donde han cambiado la relación con espíritus malignos, sembrando plantas nativas que guardan, llevan y nutren el agua para sanar las heridas que tiene la madre tierra.

Este proyecto de Historias Sin Fronteras fue desarrollado con el apoyo de InquireFirst, una organización periodística sin fines de lucro en San Diego, California.

Puede encontrar la investigación completa con las historias de Perú, Chile y Argentina aquí.

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