
Florecer entre espinas: el libro que recoge los dolores y la resiliencia de Ayde Carolina, víctima del conflicto en Meta
A través de la escritura encontró una forma de sanar. Ese proceso de catarsis dio vida a Florecer entre espinas, su primer libro, en el que reconstruye su historia y demuestra cómo, pese a las pérdidas y la violencia, ha aprendido a levantarse una y otra vez.
El 23 de mayo de 1992, Ayde Carolina Rueda sintió que el ruido de una motocicleta se acercaba demasiado. Iba sentada junto a su padre en una camioneta.
“Nosotros salimos de San Juan de Arama, íbamos para la finca, fue como a un kilómetro. Hay una Y en la carretera que va a Vista Hermosa y la otra va a Peñas Blancas, vereda Los Micos (…) Yo sentí una moto, sentí el ruido de una moto que venía atrás”, recuerda Ayde.
Miró por el espejo retrovisor y alcanzó a distinguir al hombre que viajaba como parrillero. Traía una pistola, así que temió lo peor. Su padre apenas alcanzó a acelerar. Los disparos rompieron los vidrios del vehículo y, en cuestión de segundos, el hombre que le había enseñado a montar a caballo, a trabajar la tierra y a amar la cultura llanera cayó muerto sobre sus piernas.
No tuvo tiempo de procesar lo sucedido en ese momento. A duras penas logró salir del carro y corrió mientras las balas seguían persiguiéndola. Atravesó cercas, cruzó un caño, perdió los zapatos, se internó entre el monte y caminó durante horas ensangrentada, convencida de que en cualquier momento también la matarían.
Fue hasta que estuvo lo suficientemente lejos y logró conseguir ayuda, que se percató de lo que le había sucedido y el llanto descontrolado empezó a invadir sus mejillas.
Tenía apenas 19 años.
Aquel día perdió a su padre y también la tranquilidad de una vida que hasta entonces transcurría entre el campo, los caballos y los trabajos de la finca familiar.
Una guerra que cambió el destino
Carolina recuerda que en aquellos años escuchar noticias sobre masacres o asesinatos en zonas rurales parecía algo cotidiano. Nunca imaginó que esa violencia terminaría atravesando su propia historia.
Después del asesinato comenzaron las amenazas. La Policía les advirtió a sus familiares que debían protegerla porque quienes habían matado a su padre también podían buscarla a ella. Durante el velorio ni siquiera pudo usar zapatos, pues sus pies seguían hinchados después de la huida.
Pero las heridas más profundas no eran las visibles. Vivió años consumida por el miedo, la rabia y el deseo de venganza.
“Yo juré que yo hacía venganza, yo odiaba (…) yo odiaba y yo quería matar”, comenta Ayde.
Pasó por psicólogos y psiquiatras, sufrió desmayos constantes y llegó a creer que nunca lograría superar el trauma. Pero aprendió a vivir otra vez. Reconstruir su vida fue un proceso largo. Volvió al colegio después de abandonar los estudios y más adelante ingresó a estudiar Derecho. Formó una familia, tuvo dos hijos y pensó que, por fin, la violencia había quedado atrás.
La violencia volvió a marcar su vida
Por segunda vez, la violencia la alcanzó. En agosto de 2012, su esposo, con quien vivió durante 20 años, fue atacado a tiros en Villavicencio. Permaneció seis meses hospitalizado antes de morir en febrero de 2013.
Carolina sintió nuevamente hundirse en dolor y soledad. Con dos hijos que sacar adelante, trabajó en servicios de alimentación en hospitales y clínicas. Hubo momentos, recuerda, en los que el dinero simplemente no alcanzaba.
De nuevo, tuvo que comenzar desde cero, por lo que, cuando en 2019 apareció una oportunidad de migrar a Estados Unidos, no lo dudó. Allá llegó buscando un futuro distinto para sus hijos y también una forma de alejarse de la violencia que marcó gran parte de su vida.
En California trabajó en construcción, mudanzas y bodegas. Hoy se desempeña como camarera en un hotel. Así, mientras tendía camas y limpiaba habitaciones, otra idea comenzaba a tomar forma.
Escribir.
Pero no era un impulso nuevo. Desde niña había heredado el amor por los libros gracias a su padre, quien acostumbraba ponerse sus gafas y sentarse en una mecedora a leer en voz alta mientras ella lo escuchaba.
— Carolina, venga acá — le pedía su padre antes de empezar sus ratos de lectura.
“Él decía que cuando tuviera 60 años (…) se iba a aislar hacia la montaña y que empezaría escribir también su historia”, recuerda Ayde. Por eso, considera la escritura como un gusto heredado por su padre.
Ese gusto terminó convirtiéndose en legado décadas después. Durante años escribió fragmentos de su vida en cuadernos. Incluso perdió uno de ellos mientras vivía en Estados Unidos y tuvo que empezar de nuevo.
Así nació “Florecer entre espinas”, su primer libro.

Convertir esa historia en letras también implicó un proceso de aprendizaje. Ayde participó en talleres de escritura con formadores de Argentina, México, Chile, España y Estados Unidos, hasta encontrar en la hondureña Jocelyn Euceda y su Jocelyn Euceda Online Academy el acompañamiento editorial para dar forma definitiva a Florecer entre espinas.
Más que un libro autobiográfico, Carolina lo define como un homenaje a las víctimas del conflicto armado colombiano y un mensaje para quienes sienten que ya no pueden levantarse.
“Es una historia de vida, una historia de superación, una historia de violencia, una historia de la que doy un testimonio de fortaleza para otros. (…) Mi libro es un homenaje a las víctimas del conflicto armado”, dice.
Es por eso que el título llegó casi de manera natural. Así vio ella el significado de su andar, como el de florecer entre espinas. Según explica:
«Nadie me lo dijo. Mi vida fue así. Mi vida desde que nací fue un obstáculo, otra cosa, otra espina, otro aquí, otro allí, otro allá, pero la flor va naciendo por medio entre las espinas, ella se va dando un paso y va naciendo, va saliendo con los colores más hermosos”.
Una memoria que sigue escribiéndose
Aunque ahora vive lejos de Colombia, Carolina siente que su historia sigue profundamente ligada al país.
Su madre continúa viviendo en una zona rural de Uribe, Meta. Una de sus hermanas fue reclutada siendo apenas una niña y nunca regresó. Esa ausencia también forma parte de las heridas que aún permanecen abiertas.
Por eso ya trabaja en un nuevo libro. Esta vez quiere hablar sobre la infancia en medio de la guerra y sobre los niños y niñas a quienes el conflicto les robó la posibilidad de crecer en paz.
Porque, dice, contar estas historias también es una forma de impedir que el olvido gane: “Este es un libro que no solo cuenta una historia, sino te invita a escribir la tuya (…) todos tenemos una historia.»
Su obra fue una de las ganadoras de la convocatoria Colombia Visible 2026, organizada por la Unidad para las Víctimas, en la categoría de literatura para autores aficionados.
Además, pronto estará en el consulado de San Francisco, California, para dar a conocer su libro, donar un ejemplar y compartir su experiencia como escritora. Para ella, ese espacio representa un logro literario y la posibilidad de que la memoria de las víctimas del conflicto armado colombiano cruce fronteras.
El libro también ha logrado posicionarse entre los más vendidos de Amazon en su categoría.


