La última vez que lo ví y hablé  con él, estaba en una habitación del piso siete, de la Clínica Los Rosales, en Pereira.

Luego de muchos contratiempos, su familia había logrado ubicarlo en una habitación de la mencionada clínica, pues la EPS a la que estaba afiliado, se encontraba retrasada con los pagos a la institución de salud, y por ende, se restringían los servicios a esos pacientes.

Don Iván, nació en Mistrató, al igual que su esposa. Como todos los campesinos de este país, tenía la disposición para el trabajo y una alegría tímida para la vida. Así vivió y crió a su familia.

Lo conocí cuando yo recién estaba saliendo de mi niñez y entrando en la adolescencia. Su familia, como la mía, habíamos llegado como habitantes fundadores de un barrio popular recién construido por el desaparecido Instituto de Crédito Territorial, y contábamos con los sueños de construir una vida bajo un techo propio. Llegamos con los sueños envueltos entre las colchas tejidas que nos habían heredado los abuelos. En los días de calle y de vagancia juvenil, conocí a sus hijos, en particular al mayor, con quien compartimos innumerables recochas de fútbol y otras tantas borracheras. Así llegué a ese hogar y allí conocí a Don Iván. En ese lugar, con el paso del tiempo, fui acogido como alguien de la “casa”. 

Trabajaba para entonces como obrero en Muebles Pereira, fábrica que transformaba la madera en muebles de uso doméstico, la misma que más tarde quebró y quedó adeudándole (como a tantos otros) muchos de los salarios y haberes laborales, los cuales nunca pudo recuperar. 

Lo recuerdo como un hombre amable y callado, tímido, pero con buen sentido del humor, el cual dejaba ver a quienes ya gozaban de su confianza.

Con él compartí la sala de su casa, la música y varios aguardientes. Lo ví despedir a los hijos que se casaron o que viajaron en busca de mejores oportunidades, como lo vi recibir a sus nietos, con esa alegría tímida tan propia de nuestra gente del campo.

Luchó con una enfermedad que lo aquejó en el último año, sufriendo los rigores del insensible sistema de salud colombiano y padeciendo la ambición de los dueños de EPS, clínicas y demás negocios del sufrimiento humano.

Se despidió en su casa, suavemente, en medio de quienes más lo amaron y a quienes más amó. Partió en los tiempos del virus, lejos de las reuniones de condolencia por amabilidad social o por búsqueda de chisme. Lo acompañaron con discreción, sus seres más queridos. Pocos, como ordena la Ley del miedo a la muerte. 

Se fue, para reunirse con los demás campesinos expulsados de sus tierras natales, por la violencia de las armas o de la ambición de los “empresarios”, o por la falta de oportunidades para trabajar la tierra que lo parió. Partió para reunirse con mi abuelo y con mi abuela, con sus padres, con los ríos y los rastrojos de la tierra de los loros.

*Opinión y responsabilidad del autor de la columna, mas no de El Cuarto Mosquetero, medio de comunicación alternativo y popular que se propone servir a las comunidades y movimientos sociales en el Meta y Colombia.

Polarizador para develar intereses que mueven el mundo. Integrante del Congreso de los Pueblos.