Por: Alejandro Bautista.

El hombre de la gabardina metió el sobre en el buzón, en ese momento recordó que había olvidado una parte importante de los datos y materiales que debería entregar a su superior. Rodrigo metió su mano derecha en un bolsillo interior que pasaba desapercibido para cualquier incauto. Esta prenda había sido heredada por su abuelo, quien había acompañado junto con mil ochenta y ocho hombres, a Garibaldi entre 1860 y 1861 en la expedición al reino de Cerdeña. Era una chaqueta especial, cada una tenía varios bolsillos secretos con diseño único y diferente a las de sus compañeros, aunque parecían idénticas entre ellas al ojo de cualquier observador. A su padre le había salvado la vida en varias ocasiones mientras transportaba, a la Francia ocupada por los nazis, mensajes escritos en pequeños papelitos. A Rodrigo le encantaba porque era calientica en una ciudad fría, por fuera y por dentro. Además, porque le permitía portar y clasificar los dulces de su preferencia. Arrancó su camino, mientras chupaba una menta, a la oficina de la profesora Adriana para explicarle la situación y entregarle las evidencias del trabajo académico que había enviado por correo. Su tarde la terminó escondido en un local de objetos para bebes, mirando tras el cristal la redada militar que buscaba jóvenes “voluntarios”, recordando su historia familiar por la que había decidido no ir a la guerra.

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