Por: Nicolás Herrera*

Fue el zureo y el golpe de las palomas contra el tejado lo que me sacó del sueño a las nueve de la mañana. Nunca había notado la existencia de esos animales hasta esos días, siempre las vi volar, ajenas a mi cotidianidad, las vi pavonearse provocando a mi gato, pero nunca las había sentido tan cerca y tan insoportables. Caía un rocío leve, una lluvia delgada que agitaba el fragor de la humedad, lo percibí cuando saqué mi cabeza por la ventana buscando al animal ramplón que se atrevió a despertarme. Cuando descubrí el origen del ruido, pude ver una hilera de ocho pájaros que inclinaban sus cuellos para que sus diminutos ojos pudieran verme. Estaban tan lejos, que mi frustración creció en segundos.

Me vestí sin bañarme con ínfulas de asesino, me ajusté unas zapatillas viejas, con cordones desechos y suela bien desgastada, iba directo con un palo de escoba de cacería al techo. No solo me había levantado furibundo, también tenía ganas de matarme considerando la humedad en los tejados producto de la lluvia perezosa y de la condición de mi calzado. Por fortuna, otro ruido frente a mi casa me hizo olvidar de las palomas. La vecina del frente estaba lanzando agua a mares, vaciaba un balde y luego el otro, arrojaba un líquido verde mientras gritaba que todo el andén debía quedar desinfectado porque la pandemia no la iba a matar.

Dos casas al lado de la mía, otra vecina hacía lo mismo, pero con creolina que me atosigó la nariz y me puso los ojos encharcados. Me fui al segundo piso, salí al balcón, miré a la izquierda y a la derecha, todos parecían poseídos, autómatas o descerebrados lavando sus fachadas y andenes. Intenté hablar con uno de ellos, alcé mi voz, luego grité y no hubo respuesta, solo miradas intrusivas que me señalaban por no estar desaforado tirando agua para todas partes. Me senté en una silla mecedora, levanté mis pies hacía el cielo, intenté perderlos de vista con mi barriga prominente mientras lanzaba con mi propio peso el balancín adelante y hacía atrás. Estuve así por dos horas, no pensé en nada, no volví a mirar a mis vecinos, incluso me dio tiempo de caer dormido por unos segundos o minutos, pero nunca dejé de moverme.

Pasadas las once de la mañana, escuché un avance de noticias, el ruido, el implacable ruido salía de la casa del frente, podía oír con claridad la voz de la periodista que narraba el aumento de muertos en Europa, luego a otra mujer que analizaba la cantidad de respiradores artificiales disponibles en Colombia. Los cálculos lanzados desde el televisor me hicieron suponer que no duraríamos ni tres semanas con vida. El aislamiento voluntario en mi ciudad apenas llevaba dos días, y ya se rumoraba que el presidente de la República decretaría la cuarentena esa misma noche en todo el país.

Para ese momento las vecinas/os se habían reunido, hablaban cerca la una de la otra, todas con tapabocas y usando guantes de látex. Parecía que se estaban organizando para que los chismes no fueran cancelados por el virus, diseñaban la estrategia comunicativa para seguir respirando. Lo que aún no sabían, era que en dos días se tenían que meter en sus casas, para morir lentamente a causa de la quietud de sus lenguas miserables.

El zureo de las palomas regresó con fuerza, así como el golpe contra el tejado producto de sus aterrizajes aparatosos. Recordé la misión asesina. De tal manera, saqué medio cuerpo por la ventana de la habitación trasera, las vi desordenadas y descuidadas, buscando con sus picos comida en el techo. De alguna manera esos animales me estaban fastidiando, por el ruido o quizás por las mismas razones por las que los vecinos lavaban y las señoras chismoseaban. Simplemente por la obligación de hacer algo producto del encierro que apenas empezaba. Los males de la cabeza inician cuando empezamos a escuchar las voces y terminan cuando silenciamos los ruidos y los remplazamos por nuestras fatigas. Dejamos de ser libres.

Con los pies sobre las tejas cubiertas de líquenes y musgo muerto, empecé a caminar lentamente mientras sostenía el palo de escoba. El techo crujía, las manos me sudaban y sentía una inyección de adrenalina en mi cuerpo, estaba por convertirme en un asesino, de palomas, pero finalmente en un asesino. Iba a matar a un ser vivo indefenso, a sangre fría, pero en aquel momento no pensaba en ello. Todos somos asesinos, lo que sucede es que no lo sabemos o el momento no ha llegado.

Alcancé a llegar hasta el tanque de agua de mi casa, me refugié tras él unos minutos. El sol en la mitad del cielo ya me tenía empapado, la suciedad de las tejas tenía mi piel viscosa y negra, pero estaba a tan solo dos metros de los pájaros que no dejaban de zurear. Inflaban sus cuellos, los llenaban de aire y salía un sonido ronco, algo monstruoso en esos cuerpos diminutos y regordetes. Cuando lancé el palazo para matar al primer animal, las suelas de mis zapatillas resbalaron y me fui deslizándome por el tejado, arrastrando musgo y hongos, caía irremediablemente del techo. Cuando llegué al fondo del precipicio, estaba irreconocible, mugriento, con mi camiseta hecha jirones y las zapatillas destrozadas.

En el tejado una de las palomas me estaba observando metido dentro de mi miseria, una de las vecinas estaba boquiabierta mientras movía su cabeza de lado a lado en señal de desaprobación. –pobres animales –gritó la mujer. Me levanté del pavimento, sin huesos rotos y sin heridas, solo el orgullo estaba despedazado. Subí las escaleras, me metí en el baño, me desnudé y en la ducha, con el chorro de agua quitando la mugre, escuché en el tejado de mi casa el zureo de las palomas.

*Seudónimo.