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Baldes y cocas: la realidad de once meses sin agua en Villavicencio

La ciudad completa 11 meses sin un suministro regular de agua, una crisis que ha transformado de manera drástica la vida cotidiana de miles de familias. A pesar de la intermitencia del servicio, los hogares continúan pagando tarifas elevadas a la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Villavicencio (EAAV), en medio de una situación que evidencia las tensiones entre el acceso a un derecho básico y su costo.

Johana Garcés ha tenido que separarse de sus hijos. No por conflictos familiares, ni por dificultades económicas, ni por el comportamiento de los niños. La razón es más simple y, a la vez, más dura: en su casa no hay agua. Ellos estudian, y eso implica lavar uniformes con frecuencia, preparar alimentos a diario y asegurar condiciones básicas como una ducha diaria, sobre todo después de jornadas escolares en las que corren, juegan y viven su niñez.
Foto: Shirley Forero Garcés
Vive en el barrio Jorge Eliécer Gaitán, en la Comuna Tres de Villavicencio. Allí también tiene un emprendimiento de confección, un oficio que ama porque le permite generar ingresos sin dejar de estar presente en la vida de sus hijos. Sin embargo, la escasez de agua la obligó a tomar la difícil decisión de enviar a dos de ellos a vivir con su hermano mayor -quien ya se independizó-, donde, gracias a un aljibe -un depósito subterráneo utilizado para almacenar agua-, sí cuentan con este recurso.

En su casa, la ropa sucia se acumula durante días. Cuando finalmente llega el agua –cada 10 o 15 días-, Johana pasa la noche en vela. Es usual que empiece a lavar a las 10:00 p.m. y termine hasta las 5:00 a.m. Aprovecha el momento al máximo porque no sabe cuándo volverá a tener acceso al servicio. Para evitar que los platos se amontonen, recurre a utensilios desechables, y para que sus hijos no tengan dificultades en el colegio, les confeccionó cinco uniformes a cada uno, uno para cada día de la semana.

“Eso también pasa en los barrios de al lado, porque he hablado con vecinos y dicen lo mismo, que pasan hasta 15 días sin agua”, afirma. Algunos de estos sectores son San Marcos y 20 de Julio, donde está el Establecimiento Penitenciario y Carcelario de Villavicencio.

Sin garantía de agua no hay vejez digna

Graciela Parra vive en una división independiente dentro de la misma casa. Es la madre de Johana y, siendo adulta mayor, había hecho del cuidado de su salud una rutina. Incluso compró un filtro que le permite beber agua limpia. Pero hoy ese gesto cotidiano se ha convertido en un lujo. Ya no piensa en filtrar el agua, sino en algo más básico: tenerla.

Como en la casa de su hija, la escasez también transforma su día a día. La ropa y los platos se acumulan, y cada tarea doméstica depende de un recurso incierto. Vive con uno de sus nietos, quien, en medio de esta situación, pasa la mayor parte del tiempo fuera trabajando, lo que alivia parcialmente la presión sobre el uso del agua.

Graciela llegó hace casi 50 años al barrio, luego de huir con su familia desde el Tolima por la violencia bipartidista. Vivió un tiempo en San Martín, pasó por Bogotá y regresó al Meta, donde formó su hogar. Durante años vino y fue entre municipios del Ariari y el sur del departamento, hasta establecerse definitivamente en la ciudad, cuando su esposo compró un lote que entonces estaba rodeado de monte.
Foto: Shirley Forero Garcés

Pero eso sí, nunca, en todo ese tiempo, había tenido problemas con el agua “Eso había harta agua en ese tiempo -cuando recién llegó al barrio-. Yo hasta les regalaba a los vecinos”, recuerda. 

Pero a mediados de 2025 la situación empezó a cambiar. Al principio eran cortes de uno o dos días, manejables gracias a las reservas del tanque. Luego se volvieron más largos e inciertos. Ocho, diez, hasta dos semanas sin agua, una realidad que transformó por completo su forma de vivir.

“Uno sabe que cuando el agua no está llegando a la cárcel, no llega hasta acá. Si sufre uno acá, cómo serán los presos”, dice. 

Sin ropa limpia para ir a trabajar

Edward Garcés, hijo de Graciela, vive en otro apartamento independiente ubicado en el nivel subterráneo de la misma casa, con acceso privado por escaleras desde la planta principal, junto a sus dos hijos. Aunque los tres pasan la mayor parte del día fuera por sus trabajos, la escasez de agua también marca su cotidianidad y limita las condiciones dignas para la vida. 

Su rutina laboral hace que casi no acumulen platos, ya que la mayoría de sus comidas las realizan fuera de casa. Sin embargo, la ropa se convierte en una preocupación constante. Edward trabaja en una fábrica de empanadas, donde las normas de higiene son estrictas, y mantener la vestimenta limpia no es una opción, sino una exigencia diaria. Con su hija sucede lo mismo, pues trabaja en el mismo lugar.

“Yo ahorita tengo ropa limpia para salir, pero para el trabajo ya no me queda, todo está sucio”, comenta. La ropa empieza a apilarse en la lavadora, pero también sobre mesas, muebles y el suelo, mientras esperan -cada vez con más incertidumbre- la llegada del agua.

Recuerda una noche en particular cuando el servicio regresó hacia las 10:00 p.m., pero con un caudal muy bajo. Con la esperanza de que aumentara, decidió ir a dormir para levantarse de madrugada a lavar. Sin embargo, a las 3:00 a.m. el agua volvió a irse, sin haber alcanzado siquiera la presión necesaria. No era ni una fracción de lo que se necesitaba para resolver lo acumulado.

El balde como tesoro en común

Para las tres familias, los baldes -y hasta ollas de gran tamaño- se han convertido en la principal forma de almacenar agua. Los tienen de todos los tamaños y colores, distribuidos en baños, cocinas y junto al tanque, como una red improvisada de reserva. 

Con estos recipientes también aprovechan el agua lluvia, una práctica que se ha extendido entre muchas familias de Villavicencio. Hoy, se ha vuelto un paisaje común, ver los baldes alineados a las afueras de las casas.

A esto se suman los garrafones, otra alternativa que implica un gasto adicional y constante, pues el recipiente puede costar alrededor de $15.000 y cada recarga oscila entre $3.000 y $4.000, dependiendo de la cantidad. 

Mantener el suministro básico mediante recargas de garrafón dos veces por semana representa un gasto mensual de $32.000 (calculado a $4.000 por recarga). Eso sin tener en cuenta el valor del transporte ni el tiempo invertido en el traslado de los recipientes. 

Esos $32.000 se suman a la tarifa del recibo del acueducto sigue llegando puntual cada mes, sin reducciones. En este caso ronda los $40.000. Un valor que Graciela logró estabilizar tras insistir durante años, incluso después de que le robaran el contador en tres ocasiones sin que la empresa ofreciera soluciones efectivas.
Foto: Shirley Forero Garcés
En ocasiones pasa un vendedor en motocarguero ofreciendo agua, pero la incertidumbre sobre su procedencia ha hecho que la familia desconfíe y prefiera no comprar. Por eso, continúan dependiendo de los garrafones, aunque su duración varía. A Johana, cuando está con sus hijos, no le alcanza ni medio día; mientras que a Graciela y Edward les puede rendir entre dos y tres días.

En medio de la escasez, cada hogar ha desarrollado sus propias “maromas” para rendir el agua al máximo. Una de las más comunes ocurre durante la ducha al ubicarse junto a un balde vacío para recoger el agua jabonosa y reutilizarla luego en el sanitario. Son estrategias de supervivencia que evidencian hasta qué punto la falta de del suministro ha transformado cada gesto cotidiano.

Las declaraciones del alcalde Alexander Baquero

Ante esta situación, el alcalde de Villavicencio, Alexander Baquero, ha emitido varias declaraciones a través de redes sociales y medios de comunicación. En una de sus intervenciones más recientes, concedida al medio local Llano7Días, aseguró que la crisis actual del agua no tiene precedentes en la ciudad. Según explicó, en administraciones anteriores los problemas en el acueducto implicaban afectaciones menores, de apenas 100 o 200 metros de tubería.

El mandatario detalló que como parte de la solución se construyeron dos torres de 10 y 14 metros de altura, ubicadas sobre una meseta rocosa a unos 20 metros por encima del lecho del río. La obra incluyó excavaciones de hasta seis metros de profundidad para garantizar una base sólida, capaz de soportar cerca de 100 toneladas correspondientes a la tubería de polietileno de alta densidad, con un diámetro de 33 pulgadas internas y 40 externas, encargada de transportar el agua desde la principal fuente de captación en la quebrada La Honda.

Baquero también señaló que la fase civil del proyecto ya fue finalizada y que actualmente se adelanta el proceso de izaje -elevación e instalación- de la tubería, considerada la etapa final de la obra. Este procedimiento contempla la instalación de 45 tramos de tubería.

Además, señaló que la ejecución del proyecto ha requerido múltiples estudios técnicos, entre ellos análisis de suelos, socavación, estructuras, así como evaluaciones hidrológicas e hidráulicas. Subrayó que se trata de un proceso complejo que no puede resolverse de manera inmediata, dado el nivel de detalle y planificación que exige.

Otra de las justificaciones del alcalde es de carácter político. Ha señalado que la «ideologización» del Gobierno de Gustavo Petro ha frenado el apoyo a Villavicencio. Incluso afirmó que debido a diferencias políticas, no han llegado los recursos nacionales necesarios para las obras de gran envergadura que requiere el acueducto.

Además, ha señalado a la ciudadanía, mencionando que su falta de apoyo ha influido en que los proyectos no avancen. En octubre de 2025, durante la renuncia del entonces gerente de la EAAV, Fabián Jiménez, mencionó que “Se debe dejar, de una vez por todas, la mezquindad como sociedad, hecho que ha permitido la pérdida de cuantiosos recursos y la no continuidad de obras importantes”. 

Entre tanto, Baquero anunció una alianza con la Gobernación del Meta en la que se contrató la elaboración de una consultoría con la Financiera de Desarrollo Nacional por cerca de $14.000 millones de pesos y que a comienzos del 2027 se conocerán los resultados que arrojarán las directrices a seguir y las recomendaciones que habría que cumplir.

Los acueductos comunitarios salvando parte de la crisis

Lo que se vive en el Jorge Eliécer Gaitán y barrios vecinos ha venido sucediendo en la mayor parte de Villavicencio durante más de una década en administraciones como la de Wilmar Barbosa y Felipe Harman, pero desde el 2025 en la alcaldía de Alexander Baquero se ha intensificado. En abril de este 2026 la ciudad completaría 11 meses sin suministro regular de agua para los hogares de aproximadamente 400.000 habitantes que dependen del servicio que les presta la EAAV.

De hecho, si no fuera por los más de 100 acueductos comunitarios que tiene la ciudad, la situación sería aún peor. Uno de los casos es el del Comité Empresarial del Acueducto Integral de Montecarlo Bajo (CEAIMBA), que abastece a más de diez barrios, entre ellos Montecarlo, San Jorge y Bello Horizonte, y que durante años ha representado una alternativa para cientos de familias.

Durante cerca de dos décadas, CEAIMBA estuvo en un litigio jurídico con la EAAV. Fue hasta 2019, durante la administración de Wilmar Barbosa, cuando un juzgado determinó que la administración debía quedar en manos de la empresa. Desde entonces, y ya bajo el control de la Alcaldía, las y los habitantes aseguran que la situación ha empeorado.

Barrios que antes no enfrentaban problemas de abastecimiento hoy pueden pasar entre 10 y 15 días sin agua. Lo que alguna vez fue una solución comunitaria sostenida en el tiempo, ahora se percibe como parte de una crisis estructural que sigue profundizándose.

“Llevamos varios años en manos de la empresa acueducto de Villavicencio y pagando juiciosamente y no hay recursos para modernizar la bocatoma de Caño Grande ¿Cuál fue el objetivo de que el acueducto de la Comuna Ocho lo administrara la EAAV? ¿Solo cobrar y no mejorar?”, cuestionó uno de los habitantes del barrio San Jorge. 

Mientras el alcalde Alexander Baquero sostiene su discurso de justificaciones técnicas y herencias administrativas, las familias de Villavicencio están a solo días de completar 11 meses sumidas en una crisis de desabastecimiento sin precedentes. La ciudadanía no solo aguarda soluciones estructurales que no llegan, sino que se ve obligada a costear facturas por un servicio inexistente, asumiendo además el sobrecosto diario de comprar agua potable para sobrevivir.

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