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Mujer da a luz en un carro en Villavicencio por mal diagnóstico

La víctima de violencia obstétrica denuncia que, a pesar de sentir que el parto era inminente, fue enviada a su casa con el argumento de que solo tenía cuatro centímetros de dilatación. Sin embargo, el protocolo médico establece que, a partir de ese punto, la paciente debe ser ingresada para monitoreo y atención.

Pilar Barón López temblaba de frío a las afueras del Centro Especializado Materno Infanil (CEMI) de Villavicencio. Minutos antes había dado a luz a su hija en un carro. Pero esa era la menor de sus preocupaciones. No podía apartar la mirada de su bebé, recién nacida, soportando el sereno de la noche.

Eran las 8:00 p.m. Pilar estaba medio cubierta debido al parto, titiritando, mientras sostenía a su bebé, apenas arropada por una sábana. El personal de turno las dejó esperando afuera para cortar el cordón umbilical. Las tijeras que usaron no tenían filo; tuvieron que ir a buscar otras.

Pilar no pudo parir en el CEMI porque, momentos antes, la médica que la atendió le aseguró que apenas estaba en etapa cuatro de dilatación y le pidió que regresara a su casa a esperar. Aunque tenía muchas dudas, no se atrevió a contradecir el criterio de la profesional. Volvió a su casa, con el dolor cada vez más intenso y una sensación de incertidumbre creciendo en el pecho. 

Han pasado tres años desde aquella noche y Pilar aún se pregunta por qué no las dejaron entrar tan pronto como llegaron.

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Un parto improvisado y en condiciones precarias

Para entender mejor la historia, hay que retroceder unos minutos, cuando Pilar apenas llegó a su casa por petición de la médica. Poco después rompió fuente y el tiempo se convirtió en urgencia. Su hermana tomó el carro familiar, su esposo se sentó al lado y su madre la sostenía en el asiento trasero. Pilar sentía unas ganas incontenibles de pujar; se revisó como pudo y sintió la cabeza de su hija asomándose. El pánico la estremeció. Recordó lo que había escuchado alguna vez, que si un bebé listo para nacer se queda demasiado tiempo adentro, podría asfixiarse.

Su mamá, confiando en que la improvisación funcionara, la animó: “¡Puje! Yo la recibo”. El trayecto desde el barrio La Rosita hasta el CEMI suele tardar quince minutos, dependiendo del tráfico. Aquella noche su hermana tardó cinco. Cinco minutos que bastaron para dar a luz, pero en condiciones precarias, sin las medidas sanitarias mínimas, sin personal capacitado y sin la dignidad de un parto humanizado. “Me bajaron del carro a la camilla y ahí me dejaron hasta que cortaron el cordón umbilical”, recuerda Pilar.

Acá la historia regresa al inicio.

Por fin las dejaron ingresar. Pero incluso en la sala de partos, Pilar seguía tiritando de frío, pues la colocaron justo bajo el aire acondicionado. Pidió que la arroparan a ella y a su hija recién nacida, pero sus súplicas fueron ignoradas. El personal estaba concentrado en extraer la placenta, que no había salido durante el parto improvisado en el carro.

Un dolor solitario

Pilar aún se estremece al recordar ese momento: “Estaba ahí y las dos enfermeras encima mío presionándome desde el pecho hacia el abdomen, todo para sacar la placenta y el médico en medio de mis piernas tratando de sacarla. Fue doloroso, mucho más que doloroso, ¿sabes? Ahí se me dañó el cuerpo. Ellos sacaron a mi mamá porque yo me puse a llorar diciéndoles que, por favor, ya no más, que me hicieran pasito, que eso dolió un montón y ellos me decían, ‘No, toca así’. Mi mamá les decía, ‘Por favor, ya no más’, pero sacan a mi mamá. Entonces yo me quedé sin acompañante”.

La Resolución 3280 de 2018 del Ministerio de Salud, establece la Ruta Integral de Atención Materno Perinatal, donde se indica claramente que «Durante el trabajo de parto, parto y posparto inmediato, se debe permitir que la mujer esté acompañada por una persona de su elección, salvo que exista una contraindicación médica justificada”. Esto obliga a clínicas y hospitales a garantizar este acompañamiento, que puede ser su pareja, madre, amiga, o cualquier persona que la mujer considere apoyo emocional, pero Pilar no corrió con esa suerte.

No fue solo el dolor físico. Pilar ya cargaba con inseguridades sobre su cuerpo porque años atrás había tenido sobrepeso y, durante el embarazo, se había cuidado con esmero para evitar que su abdomen se llenara de estrías. Antes de ir al centro médico, todavía se veía al espejo y no notaba marcas profundas en su piel. Pero después de la intervención, cuando pudo mirarse de nuevo, las estrías resaltaban como heridas nuevas. En ese momento la rabia, la frustración y la impotencia se tradujeron en llanto.

Como si fuera poco, una vez que la limpiaron y la vistieron, la trasladaron a una habitación, pero sin su bebé. Pilar lloró nuevamente, no quería alejarse de su hija. Pudo verla hasta media hora después. La enfermera le explicó que tuvieron que dejar a la recién nacida en una incubadora porque se había puesto morada y que ahora debía abrazarla para darle calor humano. En ese instante, sintió la indignación quemándole el pecho, pues había suplicado antes que las arroparan y sus ruegos fueron ignorados.

Hambre entre negligencias

Pero su tormento no terminó ahí. Aunque Pilar tenía mucha hambre, no le permitieron comer dado que el personal había ordenado una intervención quirúrgica en la Clínica Meta porque temían que, después de la extracción de la placenta, pudiera desangrarse. Pasaron cinco horas y la ambulancia nunca llegó. Amaneció y seguía sin aparecer.

Cuando por fin le dieron información, le dijeron que la cirugía ya no se realizaría porque su EPS no autorizó la ambulancia, pero que los medicamentos que le habían administrado estaban haciendo efecto, así que no era necesaria la intervención quirúrgica. Pilar entendió entonces que había soportado horas de hambre y angustia… para nada.

Esa noche se le hizo eterna. Cada cinco minutos entraban las enfermeras a presionarle el estómago para sacar los coágulos de sangre, mientras el médico la revisaba y le hacía tactos una y otra vez. Le dolía incluso orinar, pero no podía hacerlo. Ni siquiera podía levantarse de la cama porque, si lo intentaba, se desmayaba. 

“Yo no estaba sintiendo mis vías urinarias, toda esta parte del estómago me dolía y el útero hacia abajo. Entonces me aplicaron medicamentos para el dolor y para detener el sangrado. Y me pusieron el pañal como a las cinco de la mañana”, relata Pilar. Cuando la enfermera la revisó, le reclamó por haber mojado el pañal. Pilar solo pensó: “¿Entonces para qué es el pañal?”, pero se contuvo y le explicó que no se había dado cuenta y que, además, le habían dicho que no debía levantarse porque podía desmayarse. La enfermera se molestó y la cambió de mala gana.

Luego pasó el pediatra a revisar a la bebé. Pilar le contó todo lo que había pasado. A él le pareció increíble que hubiera tenido que parir en un carro. En ese momento, la médica que la noche anterior la había enviado de regreso a su casa llegó a recibir su turno. El pediatra la increpó por la decisión que había tomado, recordándole que el protocolo indica que cuando una materna está en cuatro o más de dilatación, debe ser internada de inmediato. Ella solo se limitó a sonreír, nerviosa y dando explicaciones ambiguas. 

Y sí, tal como mencionó el pediatra, la Norma Técnica para la Atención del Parto emitida por el Ministerio de Salud, indica que a partir de los cuatro centímetros de dilatación una mujer gestante debe ser ingresada para ser valorada con mayor atención y seguimiento constante.

Además de la dilatación, el personal médico debe tener en cuenta la frecuencia e intensidad de las contracciones y el borramiento del cuello uterino, es decir, qué tan delgado está. También, cuando el borramiento supera el 50%, y hay otros signos de que el parto se aproxima, lo prudente es dejar a la paciente bajo observación, según dice la Norma.

Lo que dice el CEMI

El Cuarto Mosquetero consultó al CEMI frente a los hechos denunciados. En su respuesta, la institución reconoció el nivel de dilatación que tenía Pilar cuando fue enviada a su casa, pero justificó el egreso como una “decisión médica” basada en la valoración del momento, sin explicar por qué no se aplicó el protocolo que ordena la observación intrahospitalaria a partir de los cuatro centímetros de dilatación.

La centro médico también reconoció que el parto ocurrió fuera de la institución, pero lo describió como un evento “no atribuible” directamente a su actuación, al haberse producido después del egreso médico. No obstante, en su respuesta no ofrece una explicación alternativa concreta sobre las causas del parto extrainstitucional ni analiza si la decisión de enviar a la paciente a su casa pudo incidir en el desenlace.

En relación con las condiciones denunciadas por Pilar -el frío extremo, la negación de abrigo, el hambre prolongada debido a una cirugía que finalmente no se realizó y la separación de su hija-, la institución señaló que las decisiones tomadas respondieron a criterios médicos y a la espera de una posible remisión, sin profundizar en los tiempos, las demoras ni los efectos emocionales que estas medidas tuvieron sobre la paciente.

Asimismo, en su respuesta, el CEMI sostuvo que la atención brindada se ajustó a los protocolos médicos vigentes y que las intervenciones realizadas eran necesarias para proteger la vida y la salud de la madre y la recién nacida. Sin embargo, en el documento no se hace referencia a la salida forzada de su acompañante ni se expone una contraindicación médica que justificara esta decisión, como lo exige la normativa nacional sobre atención materna.

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Denunciar para sanar y exigir justicia

Esta serie de eventos dejó profundas cicatrices físicas y emocionales en Pilar. Para ella, fue una gran decepción descubrir que la realidad de su parto contrastaba, con gran diferencia, con la imagen positiva que había construido a partir de comentarios de allegadas y publicaciones en redes sociales que presentaban al CEMI como un lugar confiable para dar a luz, y allí pensó que tendría un parto humanizado, es decir, una forma de atención que reconoce los derechos de las mujeres embarazadas, les permite tomar decisiones informadas sobre su proceso de parto, y garantiza un trato respetuoso, evitando prácticas innecesarias o violentas.

Lo que esperaba que fuera una experiencia acompañada, segura y respetuosa, terminó siendo un episodio marcado por la negligencia, la indiferencia y el irrespeto a su dignidad como mujer gestante. Durante estos tres años, Pilar ha transitado un proceso de sanación que incluye terapia psicológica y apoyo familiar para comprender y ponerle nombre a lo que vivió: violencia obstétrica.

Hoy, después de entender la gravedad de lo ocurrido y de reunir la fortaleza necesaria, Pilar decidió alzar su voz y denunciar públicamente su caso. Con su testimonio, busca exigir justicia y visibilizar prácticas normalizadas en el sistema de salud que vulneran los derechos de miles de mujeres y personas con capacidad de gestar, con la esperanza de que ninguna otra madre tenga que parir con miedo, frío y soledad.

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