-A mi hermano lo mataron-

– ¿Hace cuánto? –

-Hace un año (…) él era excombatiente-

– ¿Sabes por qué? –

-No y tampoco quiero saberlo-

Mis días en el Guayabero iniciaban igual, me alistaba, esperaba qué conductor me llevaría en su moto hasta los cultivos de coca que los campesinos estaban custodiando para evitar la erradicación de su fuente de sustento, que además es poca, ya que por lo menos en las veredas que pude recorrer, nunca tenían más de una hectárea cultivada y las que había, pertenecían a varias familias que se asociaban. Sobre afirmaciones como “Mafias pagan 5 millones de pesos por hectárea deforestada en el Meta” de Zuluaga por diversos medios, entre ellos SEMANA, podría afirmar que no son ciertas, o por lo menos eso lo vi reflejado en lo que pude hablar inicialmente en las veredas del Guayabero y posteriormente persona tras persona de los seis municipios del Meta negaban esa afirmación y siempre me respondían –Jum, si me pagaran por tumbar usted ya no vería montaña a mi alrededor-, la misma respuesta tanto mujeres como hombres, de distintas edades, colores y procedencia, en el campo hay tal necesidad que cualquier dinero sería una bendición.

Así mismo, la forma como vivían en el Guayabero evidenciaba que no para todos, la bonanza de la coca se veía reflejada en vida digna, Nueva Colombia es un caserío medianamente grande, con sus calles en tierra y a su alrededor casas de madera de diversos colores de una planta y unas pocas de dos plantas, no todas tenían piso de madera, algunas seguían con el piso de barro, especialmente húmedo donde poca luz del sol le llega. Me encontré múltiples campesinos viviendo el día a día y con grandes deudas en las tiendas mientras era la época de recoger lo invertido; después de pagar lo que debían, se daban cuenta de que nuevamente se encontraban en su mayoría sin dinero y con nuevas cuentas por pagar, así continuaba el ciclo, si les pagaran por talar, tal vez no tendríamos ya selva en los parques nacionales naturales de Tinigua, Picachos y Sierra de La Macarena.

-¿Hay alguien que les pague por talar para sembrar coca?-

-Nosotros cultivamos porque nos toca, sí, pero no porque las disidencias o algún grupo armado nos obligue, es porque no tenemos de qué más vivir-

-Yo he escuchado por medios nacionales que a ustedes les pagan 5 millones por hectárea deforestada ¿No es verdad?

-Yo si quisiera decirle al Gobernador, que es el que anda diciendo eso, que venga y mire cómo vivimos, que se dé cuenta que aquí no hay ricos, que si a nosotros nos pagaran 5 millones no habría montaña a nuestros alrededores. Aquí nadie tiene más de 2 hectáreas y hasta para eso muchas veces toca asociarnos-

Normalmente me daba nervios llegar a “los tajos”, no tanto por los enfrentamientos que podrían generarse entre el Ejército y la comunidad –siempre los habitantes de Nueva Colombia estaban desarmados, ya que una de las reglas era dejar en casa su herramienta de trabajo como la peinilla, por si los ánimos se acaloraban no fueran a generar una tragedia-, lo que sí me daba miedo eran las desiguales trochas y no saber de la experticia del conductor, pocas veces me he caído en moto pero ya habían dejado en mí una marca. Pero ese día me tocó como acompañante un hombre amable, con un apodo gracioso que nunca fui capaz de pronunciar porque me sentía grosera –Sangre de Yuca-, ya que, aunque allí todos se hablan con sobrenombres destacando algún rasgo significativo de la persona, como suele suceder en las zonas rurales y aunque Mario y Edilson (mis compañeros de equipo) tenían la facilidad de llamarlo así, yo siempre lo llamé Albeiro. Él era muy buen conductor y por el camino me habló de su hija, de lo feliz que era con ella y que, aunque ser padre soltero era difícil, él había asumido criarla solo y no volver a conseguir pareja, porque no quería que ella fuera a sufrir por causa de otra persona.

En algún momento de la conversación, me contó que él prefirió no irse para los grupos armados como lo hacen muchos jóvenes, porque no era amante de las armas y por ello había estado un tiempo fuera de Nueva Colombia. Llevaba un tiempo de haber regresado y se había hecho muy cercano a su hermano, con el que antes no había logrado compartir muchos momentos por encontrarse fuera del municipio y él haberse ido para lo que fue en su momento las guerrillas de las FARC-EP, quedó con el pesar de no haber podido recuperar los momentos compartidos, pues su hermano después de convertirse en firmante de la paz, fue poco lo que duró con vida.

-Nosotros trabajamos juntos en los tajos, porque es en lo único que uno puede trabajar acá, cuando a mí un amigo me dijo que él no había llegado a trabajar, me cogió un mal presentimiento-

– ¿Era muy puntual? –

-Sí, además ya eran como las 9:00 de la mañana y habíamos escuchado unos tiros, yo ahí pensé, me lo mataron-

– ¿Y cómo confirmaron que sí murió, pudieron encontrar el cuerpo? –

-Sí, yo me fui para la casa y mi mamá de una vez me dijo: no lo mataron mijo; el cuerpo ella ya lo tenía ahí, lo habían encontrado y se lo habían llevado-

– ¿Y está enterrado aquí en Nueva Colombia? –

-Sí, pero eso fue un problema, nosotros creímos que teníamos que llevarlo a Colinas, por él estar inscrito ahí, para que de pronto no perdiera los beneficios, pero no, nada, ni el entierro-

-La ETCR de Colinas ¿Cierto? Y entonces qué hicieron con los gastos funerarios ¿Les tocó asumirlo a ustedes? –

-Sí esa. Pues a mí me tocó voltear con eso, yo lo llevé allá y se llevaron el cuerpo en helicóptero para La Macarena y luego me tocó ir hasta Villavicencio y me dijeron que eran como $5.000.000 millones para el entierro y yo les dije que yo no tenía toda esa plata, que iba tocar dejarlo allá-

– ¿Y se demoraron en entregártelo? –

-Sí, me tocó esperar un poco de días y allá no asumieron nada de los gastos, él ni siquiera alcanzó a lograr el proyecto productivo, nada y de eso tampoco nos volvieron a decir nada-

(…)

-No y tampoco quiero saberlo-

Él al igual que muchos no investigan las razones de las muertes de sus familiares, ya que, así como su hermano pudo haber muerto por las fuerzas armadas que patrullan constantemente en la zona, también podrían ser por personas que mientras ellos fueron insurgentes les guardaron rencor y quisieron tomar la justicia por sus propias manos o hasta podrían ser desencuentros con las disidencias, el caso es que, allí no buscan saber las razones porque podrían encontrarse de frente con la muerte.

Ese día fuimos a varios puntos donde los campesinos adelantaban sus plantones pacíficos sin ningún contratiempo, en algún momento Albeiro ayudó a pelar las papas para el almuerzo, creo que se sentía culpable de hacer un comentario desafortunado sobre que la señora que amablemente se encontraba cocinando y aportando a esta justa causa, se estaba demorando mucho, a lo que interpelé de inmediato que los hombres también podrían ayudar en la cocina, así lo hizo. La tarde hubiera terminado conmigo acompañándolos a pescar, pero decidí no ir, ya que tenía pendiente adelantar una clase con integrantes de Voces del Guayabero, maximizando el tiempo que estábamos allí y aportando a estos campesinos en su proceso comunicativo, porque lo que pude evidenciar, es que el Ejército entorpecía la labor periodística que ellos adelantaban y a través de comentarios malintencionados, estigmatizaban su labor.

Comunicadora Social y Periodista. Especialista en Políticas Públicas para la Igualdad en América Latina. Fundadora del colectivo y medio de comunicación alternativo El Cuarto Mosquetero. Desde la comunicación trabaja los temas de género, paz y ambiente.