Montar bicicleta tiene innumerables beneficios: es un medio de transporte amigable con el medio ambiente, es en cierta medida democrático; la mayoría de la gente logra acceder a una bicicleta. Por otra parte, es un gran ejercicio cardiovascular, y goza de una ventaja enorme en esta época: es un deporte que se puede practicar en soledad.

Bien es cierto que la cuarentena y el tiempo de pandemia nos ha recordado lo necesitados que somos del encuentro con los otros y de lo profundamente sociales que somos, aun así, dado el tiempo histórico en el que nos encontramos (la pandemia), se hace necesaria la prudencia, que podríamos entenderla en términos tomísticos desde el ver, el juzgar y el actuar, o desde la fórmula en la que la presenta el autor francés, André Comte Sponville: la prudencia es la memoria del futuro.

Todos podemos ver que la pandemia no ha terminado, que seguramente no terminará hasta que se encuentre una vacuna y que haya la disponibilidad para todos los seres humanos, por tanto, se puede juzgar que dadas las circunstancias no podemos vivir, ni relacionarlos como lo hacíamos antes, por consiguiente, podemos tomar ciertas acciones, tales como: no tener prácticas que involucren la reunión en grupos grandes, porque puede terminar siendo mortal, por ejemplo, se debería hacer deporte de forma individual como montar bicicleta.

Ahora bien, creo que en la ciudad de Villavicencio, muchos de los que montan bicicleta por deporte están actuando de forma imprudente, es decir, sin tener en cuenta la memoria del futuro, puesto que están montando bicicleta en grupos muy grandes, lo cual puede traer como consecuencia la propagación del virus, la muerte y también darle la razón a quienes nos gobiernan: que no podemos ser libres y que necesitamos de acciones coercitivas para responder debidamente al tiempo histórico en el que nos encontramos.

Lo anterior lo afirmo porque desde hace tres semanas estoy saliendo a montar bicicleta en Villavicencio y sus alrededores, lo he hecho en soledad porque el deporte me lo permite y también porque es una forma de conectarme con la ciudad y con la naturaleza sin hacerle daño a nadie, no obstante, he visto muchos grupos grandes, de hasta quince personas, que cuando se estacionan en algún lugar a tomar algo, no conservan la distancia social y tampoco usan el tapabocas. Lo cual es una muestra de imprudencia que, como ya se ha reiterado anteriormente, puede terminar en desgracias y también en la prohibición que no deseamos.

No obstante, todavía podemos ser prudentes y vivir en sintonía con la libertad, o sea, con la posibilidad que tenemos de elegir el bien, que en este caso podría entenderse como el cuidado de sí y el cuidado de los otros/as.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.