Viví en Villavicencio durante los últimos siete años, desde enero del 2014. En un inicio no sabía cómo vivir en esta ciudad que presentaba tantos retos para mí: el clima, la soledad, la lejanía de mi familia y muchas cosas que no entendía y juzgaba cruelmente: la forma de manejar de la gente, la falta de cafés, de bibliotecas, de centros culturales, el servicio deficiente del acueducto, etcétera.

He de reconocer que, en estos siete años, Villavicencio mejoró en todo lo anterior ostensiblemente. Sin embargo, este escrito no se trata sobre lo que cambió para bien en la ciudad, sino de lo que siempre estuvo ahí y mis ojos de juez ciego no contemplaron y admiraron: el verde; el mismo que encajó perfectamente con el verso del poeta: donde el verde es de todos los colores.

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Villavicencio se encuentra en medio de un paraíso, el cual necesita ser preservado y cuidado por todos los habitantes del lugar, dado que este resulta ser en realidad su verdadero tesoro. Sé que muchos ciudadanos se sienten orgullosos de los modernos centros comerciales, no obstante, estos no son más que un distractor de la mirada a la naturaleza, que ennoblece la vida y la llena de encanto.

Estar en esta ciudad significa poder sentir la fuerza del sol que ilumina toda la vida desde el oriente. Contemplarlo hace pensar en los indígenas que lo veneraban como a un dios, sí que tenían razón, tanta belleza sólo puede hacernos sentir lo trascendental de la existencia. Cada paso, cada cuadra, cada lugar tiene árboles, que hacen que la ciudad sea más fresca y nos cobije con sombra. Además, los árboles embellecen el lugar; sus formas, sus colores, sus ramas, sólo pueden estar dispuestos para darle alegría a la vida.

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Hoy puedo decir contundentemente que el desarrollo no es cemento, ni edificaciones. El desarrollo consiste en vivir armónicamente con la naturaleza. Nosotros somos sus hijos, responsables de cuidarla y de usar nuestra inteligencia para preservarla.

Después de siete años no descubro nada, sólo me hago consciente de que “Villavo, la bella”, en realidad es bella. Todos sus ciudadanos y todas las instituciones han de trabajar mancomunadamente para lograr que se siga viviendo en el paraíso. Las universidades que hay en la región, han de preparar a sus estudiantes para que la ciencia y la tecnología se conviertan en medios para proteger la naturaleza. En otras palabras, todo lo que sucede en la capital del Meta ha de centrarse en saber habitar talentosamente este territorio que fue sagrado para los vivientes de este lugar antes de que llegaran los colonos.

*Opinión y responsabilidad del autor de la columna, más no de El Cuarto Mosquetero, medio de comunicación alternativo y popular que se propone servir a las comunidades y movimientos sociales en el Meta y Colombia.

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Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.