Un mundo feliz es el libro más conocido del escritor inglés, Aldus Huxley. Tanto así que se ha convertido en un clásico de la literatura distópica. El texto se compara con la grandeza de 1984 de George Orwell y de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Al parecer la lectura de Un mundo feliz se ha hecho urgente en estos tiempos, puesto que, al preguntar en librerías por otros textos del autor, salta una cara de desconcierto en los libreros cuando dicen que no los tienen o no los conocen, pero que sí tienen Un mundo feliz.

Después de casi cien años de su publicación, el libro mencionado nos sigue invitando a leerlo. Su lectura tiene diversas razones, todas ellas producto de la contemplación individual y del encuentro íntimo del lector con el texto. Bien decía Borges que la experiencia de leer es infinita, dado que cada uno de nosotros leemos desde nuestra subjetividad y con una historia particular. 

Pues bien, considero que, aunque la obra de Aldus Huxley abarca muchos títulos, entre ellos: La isla, Si mi biblioteca ardiera esta noche, Las puertas de la percepción, El tiempo debe detenerse, entre muchas otras, Un mundo feliz sí tiene algo especial: es una distopía que no parece una distopía, es decir, el libro exige de nosotros la capacidad de preguntarnos todo el tiempo porqué sería un mundo en el que no quisiéramos vivir. 

En 1984 de Orwell se hace evidente la realidad distópica: “La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, y la ignorancia es la fuerza”. En Fahrenheit 451, los bomberos no apagan incendios, los crean; hay un sabueso mecánico que puede programarse para incinerar a alguien, la pos-verdad es un estatuto político, etc. En cambio, en Un mundo feliz, la dominación es sutil, incluso habría quienes creerían que el título de la novela no es ninguna ironía. 

En esta novela, gran parte del mundo vive sin hambre, el sufrimiento ante la muerte no existe, la decrepitud de la vejez no se siente, no hay lugar para la tristeza y el dolor, hay una droga que promueve que la gente todo el tiempo se sienta activa, no hay muertes por celos porque tienen claro que nadie le pertenece a nadie… No obstante, es una distopía. 

Ahora bien, es una distopía porque todo lo anterior es producto de un acondicionamiento, no hay posibilidad de elegir otra cosa distinta a lo establecido, no se puede escoger algo que cambie el orden social, por ejemplo, si alguien decide sentir la melancolía como forma de vida, lo tiene prohibido; si alguien opta por la castidad es perseguido, exiliado; si una persona decide la monogamia es un hereje… Por tanto, la novela constituye una sociedad en la que no se quisiera vivir porque se pierde la libertad, o sea, la posibilidad de elegir. 

La literatura ha logrado en la Época Moderna ponernos de frente a la realidad, al punto que René Girard exclamó: “Mentira romántica, verdad novelesca”. Por tanto, Un mundo feliz nos alerta sobre un escenario que puede llegar a darse: construir un sistema totalitario globalizado, condicionado y subyugado, ciego ante la opresión, seducido por la ilusión exacerbada y carente de la capacidad de elegir,  en otras palabras, sin humanidad y sin libertad. 

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.