Hoy, cuando giramos la mirada al pasado y pensamos en lo que vivieron millones de personas en la Segunda Guerra Mundial, nos sentimos mortificados al ponernos en la piel de todos aquellos que fueron víctimas. Traer a la memoria este episodio doloroso de la historia nos hace inequívocamente recordar a los judíos que vivieron la opresión, el genocidio, el destierro, los campos de concentración, el hambre, la humillación… Esta evocación nos conmueve y nos lleva incluso a exclamar, ¡por qué tanta maldad, tanto odio!

En la película El pianista de Roman Polanski logramos imaginar el dolor de la familia judía que es señalada y tratada con un odio fabricado y diabólico. Hay una escena que seguramente nos dolió: el padre del pianista un día va caminando por el anden, –se nota que ha llovido y las calles están sucias y llenas de lodo– el anciano que lleva unos pocos comestibles y va tratando de parecer un invisible, se encuentra con unos soldados del régimen, estos lo humillan y lo ultrajan por caminar sobre la acera, le obligan a bajarse y llenarse sus pies de barro, y seguramente a sentir el frío que penetra en los huesos debido a las bajas temperaturas del invierno. Probablemente todos imaginamos cómo ese gesto disminuía su humanidad, e incluso llegaríamos a decir que nosotros no lo soportaríamos, que esa vida no podría ser vida, sino la misma muerte, el peor de los infiernos.

La anterior escena puede que nos haya provocado la insatisfacción que nos produce lo que evidentemente es injusto. Este anciano no representaba ningún peligro, pero en el imaginario Nazi era un ser despreciable y objeto de los vejámenes más atroces. Ahora bien, nosotros podemos ver esta escena y creer que corresponde a un evento del pasado remoto, que esto ya pasó, que ahora los judíos no sufren esta estigmatización.  Bien es cierto que Auschwitz está cerrado y que hoy es un Centro de Memoria Histórica, o tristemente un landmark para turistas que sólo quieren una foto para su Instagram. No obstante, lo vivido por los judíos, en especial, en lo relativo a la estigmatización, sigue siendo padecido por millones de seres humanos.

Es necesario decir que, los judíos en la Alemania Nazi eran rechazados por su otredad, su diferencia, su modo de ser distinto, lo cual condujo a volverlos el objeto sucio y abyecto que contaminaba, por tanto, el proyecto Nazi, o sea, el de la máquina de la muerte, buscaba a toda costa eliminarnos, no solamente del planeta de los vivos, sino también de la historia de la humanidad.

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Lo sucedido con los judíos nos tiene que llevar a pensar en el presente, dado que hoy también existe un sistema de marginación y de estigmatización a quienes son diferentes. Es verdad que no caminan con un brazalete que indica que son el objeto del odio, pero sí tienen un acento particular, una apariencia diferente, un color de piel que contrasta, una forma de amar que se sale de lo establecido, o son empobrecidos.

Hay muchas personas que siguen experimentando lo que sintió el viejo de la película de Polanski; el miedo a salir a la calle, la exposición a la humillación, el no comprender por qué son odiados y por encima de todas las cosas, el deseo de gritar, si es que acaso no son seres humanos, o si no fue suficiente con los seis millones de hombres y mujeres que fueron borrados de la faz de la tierra en pleno siglo XX.

*Opinión y responsabilidad del autor de la columna, más no de El Cuarto Mosquetero, medio de comunicación alternativo y popular que se propone servir a las comunidades y movimientos sociales en el Meta y Colombia.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.