Ocho jóvenes fueron asesinados el pasado sábado en la noche en Samaniego, Nariño. Este pueblo se encuentra a merced de la violencia desde hace varias décadas. En un tiempo fueron las FARC las que tenían el control, pero en su entrega de armas y desmovilización, abandonaron el territorio, el cual se encuentra ahora dominado por la fuerza asesina paramilitar.

Aparentemente, a estos jóvenes los mataron porque estaban incumpliendo la cuarentena impuesta por los verdugos actuales de la región: las Autodefensas. Esta masacre hace que uno se pregunte, ¿por qué sigue sucediendo esto en el país?, ¿es que acaso episodios como la masacre de El Salado, o de Mapiripán, no significan un “nunca más”? ¿por qué incluso hasta una medida que tiene que ver con el cuidado –como la cuarentena– es un motivo de violencia? Y finalmente, ¿Quiénes son en realidad los asesinos de estos jóvenes?

Esta última pregunta me hizo pensar en un pasaje del último libro de Héctor Abad Faciolince, Lo que fue presente. (Hay que recordar que, al escritor le mataron a su padre por considerarlo de izquierda, que en este caso era defender los derechos de un sindicalista antioqueño).  El novelista sabe que el autor material de los hechos es solamente una máquina:

“No el sicario, que es una herramienta, un arma de carne y hueso. El sicario es importante como prueba, como causa última y tangible del delito. Sirve cogerlo porque en él, como en una pistola, pueden hallarse huellas, pistas. ¿A cuáles personas asesinó su mano? El sicario es un pedazo de materia, un robot, un ser a duras penas clasificable como pensante. Son los otros los que interesan. Los que dieron los nombres, las rutinas, las instrucciones. ”

Ahora bien, ojalá hallen a los asesinos de los jóvenes de Samaniego, y que, en sus armas, en sus manos y en sus testimonios se pueda reconstruir qué fue lo que pasó. No obstante, así encuentren a los que halaron los gatillos de las armas, la pregunta de fondo sobre quiénes mataron a estos jóvenes, queda sin respuesta.

A veces el dolor hace decir cosas que para muchos no tienen sentido, aun así, quisiera decir que la respuesta a este interrogante es la siguiente: TODOS,  todos los colombianos matamos a Óscar Andrés Obando, a Laura Michel Melo Riascos, a Jhon Sebastián Quintero, a Daniel Steven Vargas, a Byron Patiño, a Rubén Dario Ibarra, a  Elian Benavides y a Brayan Alexis Cuarán.

Pues bien, ya que tenemos una respuesta, podemos formular otra pregunta: ¿Cómo los matamos?

Los matamos con aquello a lo que le damos apoyo, por ejemplo, cuando elegimos a líderes políticos que usan la violencia como propuesta política; cuando votamos por quienes prometen hacer trizas los Acuerdos de Paz; cuando elegimos a quienes hacen uso del discurso del odio. Por otra parte, los matamos cuando avalamos todas las formas de violencia que la gente toma por mano propia, tales como los linchamientos a los ladrones, o cuando creemos que las asquerosas limpiezas sociales le dan tranquilidad a los pueblos y a las ciudades.

Seguro que ante este acalorado escrito muchos dirán: “yo no he apoyado lo anterior, soy inocente”. Pues no, nos ha faltado indignarnos más, no con violencia, pero sí en las calles, en el debate. ¿Cuántas veces no hemos escuchado de gente cercana apologías a la violencia, al paramilitarismo, al narcotráfico, y no decimos absolutamente nada? ¿Cuántas veces no hemos rebatido las peligrosas expresiones que sólo entenderíamos en Colombia: “la letra con sangre entra”, “o bien merecido lo tenían por no cumplir las reglas?

Todos somos cómplices, todos hemos ayudado a halar el gatillo con nuestras acciones e inacciones. Ojalá que estas muertes nos persigan de día y de noche, hasta que salgamos de nuestro letargo mental y nos demos cuenta que somos seres humanos pensantes, críticos, compasivos, inteligentes, buenos, y que tenemos el poder de transformar la historia, porque de no ser así, le seguiríamos dando la razón a Gramsci: “Quien realmente vive no puede no ser ciudadano, no tomar partido. La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes”.

 

*Opinión y responsabilidad del autor de la columna, mas no de El Cuarto Mosquetero, medio de comunicación alternativo y popular que se propone servir a las comunidades y movimientos sociales en el Meta y Colombia.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.