Colombia se desangra, en la misma semana, se registraron seis masacres. Todos quedamos atónitos al ver que lo peor que tiene este país no es la pandemia que ha paralizado al mundo, sino la mente asesina que sigue llevando las riendas en los territorios. Ante tal desgracia, se hace más que evidente la ineficacia del Estado, o la complicidad del mismo. Se sabe cuántos muertos ha habido, eso lo podría contar cualquiera, creo que si algo sabemos los colombianos es contar, pero no nos dicen qué hay de fondo en estas muertes. No necesitamos que nos digan números, lo que necesitamos es que respondan: ¿quién da las órdenes?, ¿quién paga los sueldos de los matones? ¿quién adoctrina a estos asesinos a sueldo para que pierdan su humanidad y sean capaces de convertirse en unos monstruos?

El país duele, pero sin saber quiénes son los que ordenan estas muertes sólo se podrá seguir contando las espinas de una rosa ya muerta, y eso no nos sirve de nada. Hay quienes se atreven a decir que estos asesinatos son inconexos y que no hacen parte de ninguna estructura, aun así, esa es la respuesta que da quien cree que los ciudadanos somos estúpidos, pues si uno ve, los destinatarios de la muerte violenta, cumplen ciertas características, o sea, no hay azar, lo que hay es toda una maquinaria para la muerte.

Héctor Abad Faciolince, pocos meses después del vil asesinato de su padre (1987),  hizo un discurso frente al Comité para la Defensa de los Derechos Humanos en Medellín. En su intervención también precisaba que la muerte en este país no está desconectada y que sí obedece a un diseño planificado de cómo acabar con el otro: “El actual recurso al asesinato y al asesinato es metódico, organizado, racional. Es más, si hacemos un retrato ideológico de las víctimas pasadas, podemos ir delineando el rostro preciso de las futuras víctimas. Y sorprendernos, quizá, con nuestra propia cara. No hace falta estar en listas siniestras para sentir miedo. El terror, con su organización certera, tiene muy bien identificadas y escogidas a sus víctimas”

Han pasado más de 30 años y estas palabras pudieron ser escritas hoy en la mañana y tener todo el sentido, por tanto, se le exige al Estado que deje su complicidad y que haga su trabajo. Tiene que ser capaz de respondernos a los ciudadanos: ¿quién dio la orden? También tiene la responsabilidad de desarticular las futuras muertes, pues como ya se ha dicho, hay un patrón, no es el dios del azar el que reina en esta desgracia.  Las instituciones del Estado no pueden reducir su tarea a contar muertos, eso tristemente lo sabemos hacer todos en este país.

 

*Opinión y responsabilidad del autor de la columna, más no de El Cuarto Mosquetero, medio de comunicación alternativo y popular que se propone servir a las comunidades y movimientos sociales en el Meta y Colombia.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.