Si se golpea, si se maltrata, si se humilla, si se menosprecia, si se instrumentaliza, es porque se odia. Estas han sido algunas de las actuaciones de un gran número de hombres hacia las mujeres. Estos comportamientos reflejan odio, desdén, desprecio. Con todo y esto, puede ser necesario pensar en algunas preguntas: ¿Será exclusivamente odio contra las mujeres?, ¿no será acaso odio contra aquello que no queremos aceptar nosotros mismos?

En dado caso de ser así, puede que ese odio consista en no aceptar lo que nos da vergüenza de nosotros mismos; de las cosas que ocultamos y callamos. Por ejemplo, no queremos admitir nuestra delicadeza, nuestra fragilidad, nuestra necesidad de sentirnos amados y amar, nuestro miedo. Todas estas son características que creemos cualidades de las mujeres. Es fundamental recalcar que esta creencia no significa que las mujeres sean ello, esta ha sido precisamente otra forma de violencia, porque es lo que creemos que son ellas, es el constructo que hemos hecho de ellas. Han sido las mujeres el chivo expiatorio en el que hemos depositado todo lo que nosotros somos y no queremos aceptar. El no soportar esas realidades nos llena de inseguridades, que se manifiestan en la violencia. 

Por consiguiente, hoy, quiero pensar en mí, en la manera que me relaciono con las mujeres y preguntarme, ¿por qué las busco?, ¿yo también las odio por una imagen preconcebida que tengo de ellas? 

Las busco porque soy un necesitado de afecto, de reconocimiento, porque con ellas puedo experimentar mi parte sensible, porque tengo necesidad de lo humano, lo cual me recuerda a Mircea Cărtărescu cuando dice que ellas son los verdaderos seres humanos. 

Cuando era niño y quería llorar me decían que parecía una niña, cuando mostraba mi fragilidad al jugar fútbol, me comparaban con las niñas, y hoy, todavía, cuando me muestro frágil en algún aspecto, no falta quien se atreva a decirme que parezco una mujer. Esa historia me ha impregnado, aunque difícilmente soy consciente de ella. 

No golpeo ni he golpeado a ninguna mujer, pero esa no es la única violencia a la que la mujer se expone. He instrumentalizado el cuerpo de las mujeres, puesto que he caído en la bajeza de categorizarlas en bonitas y feas. He hecho chistes sobre sus ciclos hormonales. Las he juzgado cuando han expresado su sexualidad libremente. Me he quedado en silencio cuando amigos y otros hombres hacen comentarios misóginos, y no he entrado en debate con ellos, no para ufanarme de mi superioridad moral, sino porque es en el diálogo y en la confrontación en la que podemos transformar la realidad. 

Estos días he pensado mucho en la cantidad de violaciones y de abusos a las mujeres. Como hombre me he sentido angustiado al notar que muchísimas mujeres nos tienen miedo y, al ver que es tanto el maltrato y en tan innumerables casos, me doy cuenta que su miedo es fundamentado y natural. Entonces, ¿qué puedo hacer? 

Me siento impotente frente a la realidad. Quisiera poder hacer algo que verdaderamente fuera transformativo. Por ahora, me ejercitaré en cambiar esas prácticas que he enunciado anteriormente. Además de ello creo que es necesaria una transformación espiritual en la que se vea al otro como un ser sagrado, como un fin en sí mismo y no como una cosa dispuesta para la consecución de mis propios objetivos. Finalmente, trabajaré en no buscar un chivo expiatorio en el que se pueda materializar el odio y el desdén que pueda sentir contra mí.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.