Diciembre es uno de los meses que más disfruto en Villavicencio. No solamente porque es una de las épocas en las que se descansa un poco de la lluvia incesante de este lugar, sino también por su ambiente festivo. Las calles están abarrotadas de personas en las noches, especialmente en aquellos lugares que no se visitan con especial atención durante los otros meses del año. Me refiero al centro de la ciudad y a los parques.

Por ejemplo, el Parque Fundadores se encuentra decorado con encanto y majestuosidad. Muchas personas hacen el recorrido por la calle 40, y en él no solamente encuentra luces, sino también puestos de comidas en donde es habitual vislumbrar pinchos, chorizos y arepas. Se encuentra una cultura que a veces parece morir, la del encuentro al aire libre y la del placer de estar con otros, de disfrutar un sencillo plato de comida y caminar. Digo que es algo que parece morir porque el culto por los centros comerciales de la ciudad está aniquilando esos espacios que son de la gente, y que valga decir, se hacen con los recursos de todos.

Durante este tiempo me hago consciente que hay una intención en desacreditar este tipo de espacios, haciéndoles la fama de que son inseguros e imposibles de habitar. La razón por la que se les hace esta reputación es para que la gente prefiera ir a los centros comerciales a comprar y si no tiene con qué comprar, a proponerse a trabajar muy duro para poder adquirir lo que está en las vitrinas y que se muestra como una entrada a la felicidad de la que creen carecer, sin saber, que este lugar, por su clima, por sus noches frescas, por su cielo eterno, ya es una predisposición a la felicidad y a la belleza.

Si los villavicenses nos apropiáramos de los espacios públicos, como los parques (Parque los Estudiantes, Parque del Hacha, Parque Infantil, Parque Lineal Avenida Cuarenta, Parque los Libertadores, y la cantidad de parques barriales, etc.) podría empezar a gestarse otras cosas que no se dan en el centro comercial, –el lugar de las apariencias– verbigracia: colectivos de ciudadanos para pensar la ciudad, en especial ésta, que tiene tantas posibilidades para seguir haciéndose, debido a su corta existencia municipal. En Villavicencio se siente la juventud, este parece ser el lugar en donde es posible repensar nuevas maneras de ser, de vivir, de cohabitar con los otros y de cohabitar con la naturaleza.

 

*Opinión y responsabilidad del autor de la columna, más no de El Cuarto Mosquetero, medio de comunicación alternativo y popular que se propone servir a las comunidades y movimientos sociales en el Meta y Colombia.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.