Hoy muchos hablan de la necesidad de la educación. Tanto así, que este tema se ha convertido en estandarte de los aspirantes a los cargos de gobierno. No obstante, poco reflexionamos sobre el tipo de educación que necesitamos, e incluso poco pensamos sobre el para qué es la educación.

La educación tiene muchas funciones en la sociedad, por ejemplo, tiene la responsabilidad de transmitir los conocimientos que permiten que la civilización se siga manteniendo en pie. Estos conocimientos no son meramente técnicos o mecánicos, sino que también tienen que ver directamente con el aprender a convivir con los demás seres humanos y con la vida en su totalidad, puesto que, si no asimilamos esto, podemos caer fácilmente en el exterminio mutuo y el acabose de la vida en su integridad.

En la actualidad se le está dando más fuerza a lo primero que a lo segundo, es decir, se cree que lo único que los estudiantes han de aprender es alguna técnica. Esto no es inocente, dado que tiene que ver directamente con el hecho de vivir en sociedades en donde se le rinde culto al capital y al dinero, lo cual ha reducido la función de la educación a formar estudiantes unidimensionales que sólo aspiren a tener conocimientos que posibiliten un trabajo con un sueldo y de tal manera hacer parte de la sociedad de consumo que nos atraviesa. Este modelo de educación castra al ser humano y lo considera escasamente un comprador.

Es precisamente por esta razón que la filósofa Martha Nussbaum dice sin titubeo alguno, que la educación se encuentra en crisis. Esta crisis a la que ella se refiere tiene que ver directamente con desplazar de los programas curriculares todos los saberes que tienen que ver directamente con las artes y las humanidades, o sea, las disciplinas relacionadas con la filosofía, la literatura, la historia, la antropología, la danza, la psicología, etcétera.

Para muchos, estos espacios son una perdida de tiempo. No obstante, hay que decir enfáticamente que sin estos saberes se hace imposible que la sociedad sea un órgano vivo y en movimiento.

La educación en artes y humanidades nos ayuda a complementar la educación técnica, pues dentro de sus muchas virtudes, nos reaviva la capacidad de imaginar, es decir, de recrear nuevas posibilidades. La mayoría de las cosas que hoy nos deslumbran, en aspectos relacionados con la tecnología, o la medicina, o la ingeniería, o la política, primero estuvieron en la imaginación de algunas personas lo suficientemente capaces, valientes, inconformes y filantrópicas para llevar a feliz término su obra. Seguramente, muchas de sus ideas en algún momento parecieron irrealizables y sacadas de los cabellos, pero fue gracias a su imaginación que pudieron existir.

Además, las humanidades nos proveen un pensamiento crítico, uno que estimule la duda, es decir que sea capaz de desentrañar las trampas en las que se puede caer fácilmente; como elegir indefinidamente a un gobernante que vulnere los Derechos Humanos escondido detrás de un discurso demagógico y populista. (Creo que todos podríamos pensar en más de un nombre que ejemplifique esta situación).

Por otra parte, las humanidades nos ayudan a reconocer a los otros, a quienes son diferentes y han sido excluidos, marginados y vulnerados, por tanto, son indispensables para la vida democrática y para la convivencia con los otros. Sin las humanidades, la vida pública solamente se presenta como un caos, en donde el más fuerte consume al más débil; tal como se vive hoy.

La democracia no tiene que ver con la dictadura de las mayorías, como muchos lo entienden, sino con la posibilidad de lo plural, de lo público. En la democracia todos los seres humanos somos valiosos, empero, sin la formación que la fomente, se ve reducida a las elecciones, en donde se pone de manifiesto lo manipulados y burlados que somos los ciudadanos. Sin embargo, todo esto puede cambiar, sólo se necesita que adoptemos una educación verdaderamente integral, o sea, en donde confluyan los saberes técnicos, pero no al servicio de los intereses mezquinos y codiciosos, sino al servicio de la vida, de la humanidad y tal como lo clama hoy la naturaleza, a la protección y el cuidado de la misma.

Finalmente, una educación integral, que articule los conocimientos técnicos y las humanidades, no concibe al estudiante como un cliente, sino como un ser humano multidimensional, un transformador de la sociedad en la que vive, capaz de desarticular las estrategias de opresión y capaz de saber en qué momento sus conocimientos técnicos pueden ser usados para el exterminio de una comunidad o de la naturaleza. Si el estudiante es contemplado como un cliente, solamente se seguirá en la lógica de ponerle un precio a todo, y se olvidará que el estudiante es quien se esfuerza. ¿Para qué se esfuerza? Para no ser una máquina sino un ser humano, vivo, consciente de su época, de su fuerza transformadora y de la necesidad de trabajar por los más desvalidos y necesitados.

 

*Opinión y responsabilidad del autor de la columna, mas no de El Cuarto Mosquetero, medio de comunicación alternativo y popular que se propone servir a las comunidades y movimientos sociales en el Meta y Colombia.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.