Para Emmanuel Kant, un daño cometido contra un ser humano, es un daño contra toda la humanidad, por consiguiente, es motivo de protestas y de indignación el asesinato de Javier Ordoñez. Los daños materiales provocados en las recientes protestas no se comparan con la perdida de la vida de un ser humano.

Recientemente ha circulado por redes sociales –en especial entre grupos afines al Centro Democrático– videos y supuestos audios en los que se cuestiona la vida moral de Javier Ordoñez. La intención es clara: justificar la muerte violenta por parte de quienes deberían cuidarnos, agentes de la Policía Nacional. Que, si no era un ser humano ejemplar, no nos corresponde a nosotros juzgarlo, pues en temas de moral:  “quien esté libre de pecados, que tire la primera piedra”.  Además, tales contenidos tan vacuos son una trampa, dado que buscan generar en una ciudadanía carente de sentido crítico, la justificación de la muerte violenta por manos de quienes representan al Estado.

Bien es cierto que el ciclo de la violencia se vuelve eterno y que la muerte de una persona ha generado más caos; otros muertos, destrucción y enemistad entre los ciudadanos. Por tales circunstancias, es que se hace necesaria la reestructuración. No le podemos tener miedo a la transformación ni a los reclamos de la sociedad, son precisamente ellos los que posibilitan que las culturas y las civilizaciones se dinamicen. Algunos ejemplos: la primera Carta Magna en 1215, la Revolución Francesa, las Independencias Latinoamericanas, la Abolición de la Esclavitud, el voto femenino, el acceso a la educación de las mujeres, entre otras.

Es necesario reflexionar que, si fuese por muertes y por armas, Colombia sería el país más pacífico del mundo. En este país ha habido más de 9 millones de víctimas y más de doscientos mil muertos. Esta cifra incluso supera los muertos de la pandemia actual. Esto debería decirnos algo, interpelarnos, cuestionarnos.

Por otra parte, se hace evidente que los ciudadanos nos encontramos divididos en este momento, hay toda clase de insultos e improperios que van y vienen. Supongo que esto se debe a un error de los colombianos: no saber debatir. Convertimos un debate en un ataque personal. No sabemos que un debate se sustenta en la exposición de argumentos apoyados en razones que tienen evidencias.  El no saber debatir nos hace ser pasivo-agresivos, es decir, utilizamos la violencia simbólica con intención de destruir al otro. Esta carencia sólo nos hace perros de quienes nos tiran unas migajas al piso para que nos arrojemos violentamente a consumirlas. Estas son las migajas del odio.

No podemos olvidar que los seres humanos tenemos la capacidad de ver más allá de lo que representa la cosa en sí misma, por tanto, el otro, no es solamente lo que su apariencia representa, sino que es un fin en sí mismo. El otro es una boca que habla, que discute, que sueña, y es antetodo quien nos revela nuestra humanidad, la vida y el deseo de paz.

 

*Opinión y responsabilidad del autor de la columna, más no de El Cuarto Mosquetero, medio de comunicación alternativo y popular que se propone servir a las comunidades y movimientos sociales en el Meta y Colombia.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.