Monumentos, memoria y espacio público

Memoria inconforme

Recientemente el mundo presenció la irrupción de una ola de destrucción de monumentos, la cual golpeó con especial fuerza a los Estados Unidos y a varias naciones de Europa, originada a raíz del asesinato del afroamericano George Floyd en mayo de 2020 en la ciudad de Minneapolis (EU). Aunque, a decir verdad, se trata de una segunda ola -eso sí, más potente- distinta de la que se registró en 2018 y que afectó a algunas ciudades de Alabama, Virginia, Florida y Kentucky, en los EU. En esa oportunidad, y como resultado de un acto racista ocurrido en Charlottesville (Virginia), un acumulado de indignación contra el supremacismo blanco se desbordó y puso en la mira monumentos, banderas y nombres de calles que desde hace décadas vanaglorian a figuras públicas e ideologías discriminatorias.

Decenas de símbolos fueron derribados y muchos se salvaron de correr con la misma suerte. Con especial furia, los inconformes se volcaron sobre las estatuas, monumentos y placas que evocaban a Robert E. Lee, un general esclavista que comandó el Ejército Confederado de Virginia del Norte durante la Guerra de Secesión desde 1862 hasta su rendición en 1865, y que ha sido convertido en un héroe en los estados del sur.

En esa oportunidad, y como resultado de un acto racista ocurrido en Charlottesville (Virginia), un acumulado de indignación contra el supremacismo blanco se desbordó y puso en la mira monumentos, banderas y nombres de calles que desde hace decadas vanaglorian a figuras públicas e ideologías discriminatorias”.

La ola de 2020, que aún no se detiene, logró extenderse de Estados Unidos a Europa, sintiéndose sus efectos particularmente en Inglaterra, Francia, Bélgica e Italia, en donde fueron derribadas o intervenidas estatuas que exaltaban a figuras vinculadas al colonialismo, el tráfico de esclavos, el imperialismo, el racismo e incluso el fascismo. Aquí algunos ejemplos de monumentos intervenidos en distintas partes del mundo:

  • Estatua de Cristóbal Colon: decapitada. Lugar: Boston, EU
  • Busto del general Emile Storms, colonialista en el Congo: pintado. Lugar: Bruselas, Bélgica
  • Estatua de Edward Colston, comerciante de esclavos: derrumbada. Lugar: Bristol, Inglaterra
  • Estatua de Robert E. Lee, racista y traficante de esclavos en EU: pintada. Lugar. Virginia, EU
  • Estatua del Rey Baudouin, último rey belga en el Congo: pintada. Lugar: Bruselas, Bélgica
  • Estatua de Indro Montanelli, periodista italiano con pasado fascista: pintada. Lugar: Milán, Italia

Otros símbolos se salvaron de correr idéntica suerte, gracias a la acción de las autoridades, como ocurrió con las estatuas de Winston Churchill y del rey Jacobo II, instaladas en Londres. De hecho, el alcalde de la capital inglesa, Sadiq Khan, se vio obligado a quitar la estatua del esclavista Robert Milligan del exterior del Museo de los Docklands y ordenar una vigilancia de las estatuas y nombres de calles que pudieran tener conexión con los valores motivantes de la colera social. Algo similar ocurrió con una estatua del rey Leopoldo II, responsable para muchos de la muerte de congoleños a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, la cual debió ser retirada de la plaza de Amberes en Bélgica por el gobierno, después de ser blanco de los manifestantes. En Chicago, la alcaldesa Lori Lightfoot ordenó el retiro de dos estatuas de Cristóbal Colón, como efecto de la presión que ejerció la ciudadanía, por considerar que representaban una apología del genocidio y la explotación de los pueblos nativos en América.

Espacio público en disputa

La destrucción de monumentos en países que guardan conexiones con pasados coloniales y racistas, condensan, a la vez, sentimientos diversos y críticas a valores que encarnan ciertos gobiernos o líderes políticos. De ese tipo de acciones colectivas se pueden extraer algunas consideraciones e incluso pensar el tema desde el escenario colombiano:

(…) la acción contra las estatuas conlleva un reclamo implícito por revisar el pasado y la forma como el poder dominante hace uso de aquel para instalar una memoria pasiva y legitimadora de prácticas intolerables”.

– En primer lugar, se destaca la percepción de que los monumentos están mediados por ideologías, discursos e instituciones sociales que los cargan de sentidos y los proyectan al resto de la sociedad. No es ninguna casualidad el hecho de que en Estados Unidos haya más de 1500 monumentos que evocan afirmativamente figuras o situaciones relacionadas con el racismo, y que muchas de estas destaquen, especialmente, al esclavista Robert E. Lee, cuyo nombre se ha instituido en decenas de escuelas, edificios y monumentos. Al respecto, un activista afroamericano manifestó que esa práctica, además de justificar la esclavitud, niega u oculta lo que padeció la población negra en ese país: “En EE.UU. tenemos monumentos y memoriales de la confederación por todos lados. Tenemos muy pocos que hablan sobre la esclavitud, la época del terror”, señala.

– En segundo lugar, la acción contra las estatuas conlleva un reclamo implícito por revisar el pasado y la forma como el poder dominante hace uso de aquel para instalar una memoria pasiva y legitimadora de prácticas intolerables. En otros términos, se cuestiona la predominancia arbitraria de una representación del pasado, a la vez que se desechan otras interpretaciones. Bien puede verse ese reclamo como una aspiración a que se democratice la construcción de la memoria pública de una ciudad o de una nación, es decir, a que se discuta colectivamente qué se debe recordar, por qué y cómo.

De ahí que la democratización de la vida pública también debe contemplar o incluir la disputa ciudadana por los espacios físicos: desde la forma de denominarlos, pasando por la construcción de sentidos, hasta su ocupación y usos

– En tercer lugar, la destrucción de monumentos es también una manifestación de las disputas por los espacios públicos. No se debe olvidar que la memoria tiene siempre un referente espacial y que los espacios físicos están cargados de significados. Aquí se abre una oportunidad para pensar cómo se han marcado simbólicamente los lugares de una ciudad (parques, plazoletas, alamedas, cerros, etc.), dilucidando los mecanismos que permiten la representación en ellos de ciertos personajes o acontecimientos en detrimento de otros. Lo que podríamos llamar el poder oficial dominante suele apropiarse de los escenarios públicos que apuntan a reforzar su hegemonía política por medio de narrativas simbólicas (nombres, diseños estéticos, guiones de lectura, etc.).

De ahí que la democratización de la vida pública también debe contemplar o incluir la disputa ciudadana por los espacios físicos: desde la denominación (¿cómo nombrarlos?), pasando por la construcción de sentidos, hasta las formas de ocupación y usos. Lo anterior demanda, a su vez, que los actores políticos estén compenetrados con los saberes de la ciudad, la región o el país (hitos históricos, por ejemplo), con los pormenores de la política actual (que incide en el origen y constitución de los lugares) y que apuesten por la creatividad para resignificar de manera permanente los espacios públicos.

Abelardo Diaz

Investigador y docente sentipensante, escribe sobre temas de historia y procesos sociales contemporáneos, resaltando el protagonismo de los sectores subalternos. Siguiendo al filósofo de Tréveris, reconoce que “el propio educador necesita ser educado”, y que no basta con interpretar el mundo: hay que transformarlo.