Hace un par de meses tuve que pasar por Yomasa, en el sur de Bogotá; viajaba desde Villavicencio, la ciudad donde vivo desde hace siete años. Cuando llegué al semáforo, éste se encontraba en rojo, por tanto, me detuve con toda normalidad. Delante de mi vehículo había muchos otros autos y camiones, ya que era la hora pico del final del día. Estaba esperando un tanto distraído y cansado por el viaje, de repente se acercó a la ventana alguien que me pedía monedas. Como vi que no me las pidió en el mejor tono, (los vidrios estaban arriba, pero se escuchaba la impaciente voz) abrí la ventana y le di unas cuantas monedas.

En seguida alzó su voz con más ahínco y fuerza para pedirme billetes. Parecía ser un atraco de un hombre en desespero. Tenía un billete de cinco mil pesos a la mano, entonces se lo di. Justo en ese momento se enfureció y me pidió que le diera billetes grandes. En ese instante me di cuenta que el carro de adelante avanzaba, pues el semáforo había cambiado a verde, por tanto, arranqué lo más rápido que pude, pero como no estaba cerca del semáforo, no alcancé a pasar. El hombre me alcanzó malhumorado y me dijo con un tono bastante agresivo: “muy vivo el hijueputa. Deme billetes grandes o le llamo a los de la banda”. Imprevistamente, no sé de dónde, vi que se acercaban al vehículo otros hombres, tengo que decir que me llené de miedo. Le di todos los billetes que llevaba conmigo, tal vez eran unos trescientos mil pesos.

El semáforo cambió de nuevo a verde. Logré cruzar, estaba asustado, más que de mal genio. Mi destino sería el norte, así que me quedaba un camino largo por atravesar. Traté de calmarme y pensar en lo que había sucedido. Primero me dispuse a estar tranquilo y en cierta medida, dar gracias porque no me pasó nada, estaba bien, no hubo ningún acto de violencia física. Además, intenté imaginar la historia de aquella persona que me atracó, o que me intimidó para robarme, porque creo que eso es un atraco. Me hice algunas preguntas para tratar de comprender, por ejemplo, ¿dónde creció? (seguro que no tenía más de veinte años), ¿quién lo educó? ¿fue a la escuela? ¿le enseñaron a cuidar y a ser cuidado?, ¿quiénes serían sus padres? ¿en qué momento de su vida decidió convertirse en ladrón?, ¿lo fue desde niño?, ¿fue una decisión que tomó en la adultez?

Ninguna de esas preguntas tendría respuesta porque esta persona, aunque haya sido impactante, es tan solo un recuerdo sin rostro, sin nombre. También pensé en el Estado, en dos vías: ¿qué ha hecho el Estado para que personas como éstas tengan acceso a todas las oportunidades y de tal manera poder desarrollar sus capacidades? Y, por otra parte, ¿qué hace el Estado para proteger a los ciudadanos?¿qué me hubiesen hecho los amigos de la banda del susodicho si no hubiese alcanzado a pasar?

Ahora bien, escribo esto a raíz de lo que sucedió recientemente: un médico mata a tres ladrones. Independientemente de que haya sido en legítima defensa, tal como aseguran algunos, no quisiera entrar a aseverar nada sobre la actuación del médico, pero quisiera decir, que nuestro debate como ciudadanos, sí es demasiado pobre, ya que ni siquiera hemos debatido, sino que tal como lo he visto a través de las redes sociales, se ha encumbrado el acto del médico, y además se cree que es heroico matar.

Supongo que esto que sucedió debería encender las alarmas, pero no para que nos armemos como algunos lo proponen, al contrario, para que le exijamos a la institucionalidad que cumpla su responsabilidad, por una parte, que procure que todos los ciudadanos tengan las oportunidades necesarias para que no terminen en un semáforo robando, y por otra, para que prevengan y de ser necesario sí estén disponibles para actuar. Revestir el acto de matar como heroico es una manifestación de lo enferma que está nuestra sociedad, que no logra encontrar salidas inteligentes a los problemas de todos, sino que quiere una solución sencilla y carente de inteligencia: matar.

Hace unos días vi algo que me llamó la atención y que supongo que nos pueda ayudar a reflexionar para que busquemos soluciones más acertadas sobre todo aquello que nos afecta como sociedad: “cuando la “gente de bien” mata “a los malos”, quienes quedan son los asesinos”.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.