En el relato del evangelio de Lucas 16, 19-31, en el que se representa a un rico que ofrecía banquetes y que vivía con opulencia, mientras un pobre y hambriento hombre estaba en su puerta a la espera de las migajas que caían de la mesa, es una manifestación de cómo la omisión o la indiferencia rompen la amistad con Dios, dado que el rico terminó en el infierno y el pobre Lázaro en el paraíso. (Hablar de infierno o de paraíso, hoy puede parecer anticuado u oscurantista, sin embargo, este no es el punto central que se quiere tratar en esta columna, lo importante es rescatar la fuerza que tiene el relato). 

Ahora bien, lo que sí nos interesa en este texto es preguntarnos, ¿qué es lo contrario a la indiferencia y a la omisión? Aquello que es contrario a la indiferencia es la comunicación que conduce a la acción, en otras palabras, el contemplar la injusticia y el dolor y enseguida denunciar y actuar. El teólogo José María Castillo, en la explicación que hace de este pasaje, nos hace caer en la cuenta de que el rico no era el culpable de la desgracia que vivía Lázaro, ni siquiera lo echó de su casa, sino que lo dejó permanecer allí. Si pensamos en esto, podríamos darnos cuenta de que el rico no termina en el infierno, porque tenga riquezas y coma banquetes con sus amigos, sino porque no hace absolutamente nada. ¿Qué pudo haber hecho este hombre que vivía con suntuosidades? Pudo levantar su voz, ser una especie de outsider, tal como lo fue Jesús, o sea, atreverse a cuestionar el statu quo y poner en el debate público si el sufriente y todos los excluidos tenían que seguir siendo tratados de tal manera. 

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Hoy, este relato milenario nos puede iluminar la reflexión con una pregunta, ¿cuántas veces hemos visto con indiferencia la desgracia del otro? Puede que nosotros no seamos los causantes de ella, pero nuestro silencio, el no entablar puentes de comunicación con la sociedad para hacernos conscientes de la situación del abandonado, nos hace cómplices del dolor del otro. 

Los atributos de los seres humanos a comparación de los otros animales con quienes compartimos el planeta son escasos, son mínimos y frágiles. Cualquier animal puede ser incluso más hábil que nosotros para esconderse, para mimetizarse, para trasladarse, para buscar el alimento, sin embargo, nosotros tenemos algo que el animal no tiene: el poder de la comunicación, esto es, construir con aquello que decimos y expresamos. La comunicación para la acción también nos abre un camino para lograr consensos y crear sociedades más justas. En definitiva, el recurso de la comunicación es un antídoto contra la indiferencia del sufrimiento del más necesitado. 

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Para el caso colombiano, los que encarnan la piel del leproso y el mendigo y son ignorados por los demás, son los líderes sociales que siguen siendo exterminados de frente a todo el país, son los migrantes que son abusados por patrones que no les pagan lo justo y los esclavizan; aprovechando la situación de necesidad de los desplazados, son las mujeres que siguen siendo abusadas y violentadas por el hecho de vivir en una sociedad que no supo actuar como Jesús, que en palabras de Carolina Sanín, sí era ¨amigo de las mujeres¨.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.