Los errantes, es una novela de Olga Tokarczuk publicada en el año 2007 en su lengua original: polaco. Debido al Premio Nobel que la autora recibió en el 2018, la obra se traduce a la lengua castellana y es publicada para el mundo hispanohablante por la editorial Anagrama en el 2019.

El libro tiene la forma de bitácora de viaje y es narrado por una mujer. Una mujer que solamente puede encontrar su hogar cuando está de camino; cuando se siente extranjera. Alguien que no ha echado raíces lo suficientemente fuertes en un lugar para quedarse, que sabe que la manera más elevada de vivir lo humano se da en el viaje. Alguien que viaja para escribir sobre aquellos que también son errantes y que saben que la verdadera vida no es estática, sino que es movimiento.

El lector encontrará una novela construida a partir de retazos, de historias que en ocasiones continúan con su cauce más adelante, cuando ya se ha pasado por varios puentes, puentes de arquitectura tan bella que hacen olvidar la corriente anterior. Aun así, esos puentes se conectan con relatos que nos hacen sentir que toda la vida humana ha transcurrido en un mismo instante.

En ese mismo instante, aunque sean diferentes épocas y espacios, hay lugar para pensar en los errantes, en aquellos que no solo deambulan por la geografía del planeta, sino a través de un mundo interior.

El navegante de esta novela hallará relatos variopintos, por ejemplo, sobre una mujer que viaja construyendo el libro de la infamia, es decir, denunciando los atropellos a la Madre Tierra. En el mismo relato se podrá escuchar la música de los tambores que sanaron los dolores físicos del mismo personaje.

Por otra parte, el lector también se sumergirá en el género epistolar, pues Olga Tokarczuk recreará las cartas de Joséphine Solimán a Francisco I, emperador de Austria, en ellas le reclama por haber disecado el cuerpo de su padre, Ángelo Solimán, (de origen africano) y exhibirlo para la burla en un salón de curiosidades como si éste fuese un objeto para la entretención. Las palabras de estas misivas las contemplaremos como denuncias de hoy:

“A menudo me pregunto –y la pregunta me quita el sueño noche tras noche– cuál es la verdadera razón de que, al cadáver de mi padre, en paz descanse, le sea dado trato tan cruel. ¿Será tal vez por el color de su piel? ¿Por ser oscuro, negro? Un hombre de piel blanca, de recalar en un país exótico, ¿sería tratado de la misma manera: rellenado con heno y expuesto a la vista de curiosos? ¿Basta con que una persona sea diferente, por fuera o por dentro o de cualquier otra manera, para que no le sean aplicables las leyes y costumbres socialmente aceptadas por todo el mundo? ¿Acaso esas leyes fueron ideadas y creadas tan solo para personas iguales? ¡Pero si la diversidad es consustancial al mundo!»

Quien se acerque a esta obra, no solamente encontrará un placer elevado, sino que tal como la narradora del texto lo propone, hará un viaje interior, a sus propias cavernas, a los templos que ha construido en su cráneo, a los amores que llaman desde la distancia para que les demos el último adiós, a las obsesiones que nos terminan agotando y en últimas, dejándonos completamente solos. Por supuesto, el texto será un recordatorio de los sueños, en especial a los relacionados con emprender un viaje. Sin lugar a duda es posible decir, que todas las personas en algún momento de la vida hemos respondido a la pregunta de Marcel Proust sobre el sueño de la felicidad, con una fuerza que no permite vacilar, que la felicidad consiste en estar de viaje.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.