Una estrategia de los prisioneros judíos en los campos de exterminio nazi era no llamar la atención de los guardias de las SS, dado que convertirse en objeto de atención de uno de estos hombres podía ser la manera de apresurar la muerte que parecía inevitable. Así lo hace notar Viktor Frankl en su libro El hombre en búsqueda de sentido.

George Orwell en su novela distópica 1984 también plantea que el personaje principal, quien comete el crimen que contiene a todos los demás, el “doblepensar”, sabe que cualquier gesto o cualquier descuido que no lo haga pasar desapercibido, será la excusa perfecta para ser delatado por uno de los fanáticos del Partido. Además, esto podría llevarlo a ser evaporado, o sea, borrado de la faz de la tierra sin ni siquiera una pequeña certeza de que algún día hubiera existido.

En las dos situaciones que se exponen en los párrafos anteriores existe un paralelo: en ambos casos se hace evidente que saltar a la vista de los que tienen un poder desmesurado puede ser la causa de la muerte y el exterminio. Hay que decir que en el texto de Viktor Frankl rememora su experiencia como psiquiatra y como humano en los campos de concentración, mientras que, Orwell construye una novela en la que denuncia la traición a la Revolución Rusa por manos de Stalin, y las perversiones del totalitarismo.

Ahora bien, pareciera que estos dos casos ya hubiesen pasado y que podrían reducirse a sucesos históricos del convulso siglo XX. No obstante, hay que abrir más la mente y pensar en quienes hoy, al llamar un poco la atención de los que ostentan el poder pueden terminar en el gran frío de las tumbas. Pues bien, me refiero a las mujeres que diariamente se sienten atemorizadas al salir a las calles por el hecho de ser mujeres, o por el miedo a ser atacadas por una sociedad misógina y patriarcal, por los machos.

Si un hombre sale a la calle a altas horas de la noche y tiene que caminar durante muchas horas por territorios inhóspitos, seguramente sentirá miedo de que le roben, pero nunca sentirá miedo de que esto le suceda por el hecho de ser hombre. Por el contrario, si una mujer se encuentra en las mismas circunstancias, sentirá un miedo visceral, no solamente porque la puedan despojar de sus pertenencias –tal vez eso es lo que menos le importe y en lo último que piense–, sino porque puede ser abusada y maltratada por los machos que se pueda encontrar. Por consiguiente, querrá hacerse invisible para no llamar la atención y terminar siendo abusada, ni para que tampoco acaben culpándola por la ropa o el maquillaje que lleva puesto. En otras palabras, hoy sufren algo similar al flagelo de los campos de concentración y en ambientes parecidos a los totalitarios, donde cualquier gesto puede ser la excusa para la violencia y el exterminio.

Ante semejante realidad se abre una pregunta, ¿qué hacer ante esta situación? Creo que lo más sensato es centrarse en la educación. Se hace fundamental un tipo de educación desde la cuna hasta la muerte. Por un lado, se necesita una educación que nos enseñe a tratarnos como seres humanos sagrados, en la que desde muy pequeños se les hable a los niños acerca los vejámenes e infinitos abusos que se han cometido contra las mujeres por el hecho de ser mujeres. Creo que, si desde niños los seres humanos se hacen conscientes de una historia de misoginia, se puede generar una aversión a desear algo que sí depende de nosotros, es decir, escoger ser otro tipo de ser humano, uno que no sea un abusador, uno que sea capaz de contemplar a los otros seres humanos, como seres dignos y sagrados.

También se haría necesario que desde la infancia los estudiantes recibieran una educación que les permita reconocer las afrentas a los que históricamente se han visto expuestas las mujeres. Lo anterior podría traer como resultado su empoderamiento, es decir, hacerse conocedores de que no se puede, por ejemplo, callar un abuso, o que no se puede vivir con el verdugo durante veinte años o más, o que nunca se puede normalizar el abuso.

Evidentemente la educación no será lo único en lo que haya que prestar atención. También hay que pensar en la cultura, entendiéndola como la fuente de los contenidos morales que nos ayudan a tomar decisiones sobre la forma en que nos relacionamos con otros. Sé que esto puede sonar peligroso, porque por pretender cierta pureza en las cosas se ha censurado a muchos autores y artistas. Sin embargo, no se propone una censura, sino que se haga mucha fuerza, por ejemplo, en la literatura, la música, el periodismo y todo el contenido humanístico que posibilite estar en un permanente estado de reflexión. Son precisamente las humanidades las que pueden ayudarnos a imaginar que la realidad la construimos los seres humanos, por tanto, podemos elegir otras formas de vivir y de relacionarnos.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.