Jean Paul Sartre decía, “estamos condenados a la libertad”. La razón por la que estamos condenados a la libertad radica en el hecho de que nosotros, los seres humanos, decidimos. Además de decidir, nos hacemos responsables de las decisiones que tomamos. Todas nuestras decisiones tienen efectos en nuestras vidas, por más mínimas que sean. Puede que al leer esto pensemos que esa libertad es una tragedia, puesto que no escapamos de ella, sin embargo, es la facultad de elegir aquello que le da sentido a nuestra dignidad.

Recientemente un gran número de ciudadanos ha manifestado su dolor y su indignación por el asesinato de Javier Ordóñez, cometido por agentes de la Policía Nacional. Las protestas han generado más enfrentamientos y como tristemente se ha vuelto habitual en el país, se ha convertido en un nuevo motivo de odio y de polarización entre los ciudadanos. Hay quienes afirman que la policía tiene la responsabilidad de usar la fuerza para hacerse respetar y hay quienes claman por una reforma a la Institución. Aunque la primera tiene un tinte cero crítico e incluso fascista, la segunda puede parecer una forma superficial de no leer profundamente la realidad de nuestro país.

Ahora bien, se hace fundamental que nos preguntemos, ¿por qué quienes hoy son policías eligieron serlo?

Hay un caso particular que me hace pensar en esta pregunta. Cuando estaba en los últimos dos grados de bachillerato, estudié en un colegio privado de monjas. La mayoría eran niñas que conversaban mucho sobre la situación socioeconómica de su familia, a eso se reducían las charlas entre ellas. Por otra parte, había un compañero que se caracterizaba por su nobleza. Tenía unas condiciones socioeconómicas distintas a las estudiantes de las que ya hablé. Recibía ayuda de las monjas del colegio para poder pagar la matricula. Este compañero era especialmente callado, pero cuando uno se acercaba a hablar con él, notaba su gran disposición a dialogar y a la reflexión.

Entre las chicas mencionadas anteriormente, había una que era hija de un alto funcionario público y con grandes posibilidades económicas. Para mí fue una pesadilla estudiar con ella, hacía comentarios clasistas y ridiculizaba a las personas humildes. Se burlaba inmisericordemente de otros; en una oportunidad hizo llorar a una chica por su maquillaje. Como si no fuera poco, era muy cercana con el director de grupo, quien veía con agrado todo lo ella hacía y decía. Tampoco recuerdo que esta persona haya sido una estudiante ejemplar.

¿Adónde quiero llegar con todo esto? Quisiera pensar en las decisiones que ellos tomaron y el porqué de ellas al finalizar la secundaria: la compañera se mudó a Bogotá y se matriculó en una de las universidades más costosas del país; el compañero tenía que responder económicamente por su abuela y la Universidad parecía ser un sueño tan lejano, como viajar a la luna, por tanto, con ayudas de unos y de otros, decidió tomar la instrucción de convertirse patrullero de la policía.

Como se hace evidente en el texto, la decisión que enmarca nuestra dignidad, en este país está viciada por el acceso a las oportunidades. Por tanto, me atrevo a decir que la decisión por la que muchos se hacen policías no es una decisión discernida ni pensada a profundidad, sino fruto de la carencia de oportunidades que tienen los ciudadanos.

Entonces, la verdadera reforma a la policía se daría cuando todos los ciudadanos tengamos la posibilidad de decidir cómo deseamos servirle a la sociedad, pues tal como en algún momento lo dijo Carlos Gaviria, no sólo estamos condenados a la libertad, también estamos condenados a vivir con los otros.

Una columna no tiene la palabra definitiva, por tanto, se invita a los lectores a que conversen con algunos policías, en especial patrulleros, y les pregunten por su historia, ¿por qué se hicieron policías?, ¿en realidad deseaban servirle a la sociedad de esta manera?, ¿hubiesen elegido esta opción entre muchas otras?

 Cuando se hayan escuchado las respuestas podrán sacar sus propias conclusiones y decidir si están de acuerdo con esta columna o no.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.