Es cierto, quienes trabajamos en universidades y en el sector educativo en general, tenemos suerte, ya que “gracias” a la tecnología hemos podido seguir laborando desde casa. Aun así, en el afán de la “productividad” estamos cometiendo graves errores que no están permitiendo vivir esta situación de manera diferente, pues estamos intentando trasladar todo lo que hacíamos en la presencialidad a la virtualidad, lo cual es imposible. Las dinámicas de la virtualidad y de la presencialidad son diferentes. Estamos cayendo en la saturación de contenidos y de herramientas digitales con el fin de hacer creer que todo sigue igual, cuando la verdad es que no es así.

Por otra parte, el afán de productividad en la educación está develando algo a lo que no le hemos prestado la suficiente atención: considerar la educación como una actividad económica parecida a cualquier otra y creer que las instituciones educativas han de funcionar de manera similar a una ensambladora de vehículos o una empresa de zapatos. ¿Acaso olvidamos que la finalidad de la educación no es atiborrar a los estudiantes de conocimientos para ponerlos al servicio de las empresas y a la consecución de empleos? Si alguien cree que esta es la finalidad de la educación, solamente percibe al ser humano como un sujeto unidimensional, una pieza diminuta de un sistema económico.

Creer que la educación solamente tiene que ver con formar para las empresas y que las instituciones educativas tienen que funcionar como tal, también permite que perdamos de vista algunas preguntas pedagógicas básicas: ¿Por qué aprender? ¿Para qué aprender? ¿Cómo aprender? ¿Quién aprende?

Pensar en estos cuestionamientos sencillos durante un tiempo nos ayuda a darnos cuenta que estas preguntas actualmente están brillando por su ausencia, pues tal como muchos lo hemos visto en este momento de crisis por la pandemia: los estudiantes y los profesores se están viendo saturados de excesivo trabajo, sin ni siquiera estar garantizando el aprendizaje. El exceso de actividades en las plataformas virtuales reduce al profesor a ser un gestor de herramientas digitales y al estudiante a cumplidor de criterios.

La educación y el proceso de enseñanza y aprendizaje requiere de la contemplación, del silencio, de la quietud, y tal como se están dando las cosas, todo pasa de una manera muy rápida, fugaz, tanto así que en muchos casos ni siquiera quedamos con imágenes en la memoria para la contemplación personal. Además, las herramientas digitales en ocasiones sólo son un distractor de lo que realmente importa: contenidos que sean liberadores para la vida del ser humano, todos ellos enmarcados en las preguntas pedagógicas que nos acabamos de hacer.

No obstante, todavía podemos asumir esta situación de otra manera, por ejemplo, dejar de creer que vamos a hacer lo mismo que hacemos en las clases presenciales. En la virtualidad el estudiante es el protagonista, es autónomo, gestor de su conocimiento, es decir, es quien es capaz de garantizarse la disciplina para aprender, teniendo como ideal fundamental que el estudiante es quien se esfuerza. El profesor le guiará en el proceso, por ejemplo, con las lecturas y los recursos necesarios para que se apropie de los contenidos y los saberes.

Por otra parte, el educador se hace presente en algunos momentos para responder dudas, para debatir, y en cierta manera para ayudarle al educando que tiene deseo de aprender más. En otras palabras, el estudiante no es el alumno, el sujeto sin luz, sino al contrario: es quien agencia su propio conocimiento, es el sujeto pensante.

Para que esto se logre, el estudiante ha de hacerse consciente de que en su casa nadie lo está vigilando, ha de actuar por convicción, ha de dedicarle un mínimo de horas al estudio personal, para que cuando llegue la hora de los encuentros sincrónicos, tenga qué preguntarle al profesor, e incluso sea capaz de interpelar lo aprendido.

Seguramente muchos se preguntarán, y mientras tanto, ¿qué ha de hacer el profesor, el docente? Tiene una responsabilidad con los estudiantes y consigo mismo, ha de estar en proceso de formación, leyendo todo el tiempo, nutriéndose, cultivándose, para así poder guiar al estudiante en su propio proceso. Si el alumno se esfuerza, retará al profesor, no será un sujeto vacío que hace trabajos para cumplir requisitos y aprobar o desaprobar un curso, será quien dialoga, será quien comparte el fruto de lo contemplado.

Lo más probable es que muchos crean que esto sólo funciona con algunos contenidos, saberes y profesiones. Sin embargo, algo que en todas las disciplinas hay, es lectura, escritura y diálogo, pues entonces buscar que estas sean las habilidades que se potencien durante este tiempo, para que cuando termine esta etapa del covid-19, podamos decir que aprendimos, que contemplamos, que escribimos, que mejoramos, que tendremos de qué discutir y, además, que en el aislamiento hemos comprendido que necesitamos darle a la educación su verdadero sentido.

 

*Opinión y responsabilidad del autor de la columna, mas no de El Cuarto Mosquetero, medio de comunicación alternativo y popular que se propone servir a las comunidades y movimientos sociales en el Meta y Colombia.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.