Fui en bicicleta hasta el centro de Villavicencio. Hacía varios meses que no montaba. Las llantas de mi bicicleta estaban un poco desinfladas por la falta de uso, lo cual no me impidió pedalear y encontrarme de nuevo con la ciudad. Esta ciudad con la que he perdido el contacto debido a la pandemia. Encontrarse de nuevo con el lugar montado en esta máquina hecha para la emancipación del ser humano genera una alegría autentica, recuerda la vida y lo felices que nos podemos sentir los seres humanos cuando no dañamos, porque montar en bicicleta es precisamente eso: no lastimar, no herir; es en definitiva un acto moral que implica categóricamente el no destruir.

Cuando salgo a montar bici trato de sentir el aire en mi cara, de hecho, creo que es lo que más me gusta, sin embargo, ahora tengo que cubrir mi rostro con un tapabocas para que el coronavirus no entre en mis pulmones y no me mate, o me convierta en un arma letal para las personas que comparten el mismo aire conmigo. Todo ha cambiado, ya no me puedo enfocar en la sensación del viento sobre mi rostro. Aun así, no quise darme por vencido en el deseo de sentir el aire, el aire que también soy yo, porque sin él no existo. Así que me esforcé por sentirlo con mis piernas y mis brazos.

En el camino hacia el centro había mucha gente. La mayoría de los negocios ya están abiertos. La gente usa tapabocas. No percibí el mismo miedo de las primeras veces que salí. Parece que la gente poco a poco se está acostumbrando a vivir con esto. También, he llegado a pensar que esto del virus no es tan grave para mucha gente, es decir, en este país se han conocido peores desgracias, las personas las viven todo el tiempo: la violencia, la inequidad social, el abandono estatal, el maltrato doméstico, el machismo, el racismo, el olvido y la invisibilización de los cuerpos, que no es otra cosa que el ocultamiento del alma.

También sentí que el tiempo en la ciudad transcurre diferente, que la gente no lleva tanta prisa. Ojalá que este stop nos haga levantar un poco el rostro y ver el cielo, ese cielo que siempre está ahí, que damos por sentado, como damos por sentado respirar, o tantas otras cosas que son el verdadero oro: caminar, sentir, ver, escuchar, correr, pensar y, sobre todo, montar bicicleta para la emancipación de nuestros cuerpos y el cuidado de la naturaleza.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.