El conflicto es inherente al ser humano; siempre que nos encontramos con otro se abre la posibilidad de vivirlo. Ni siquiera con la persona más amada nos escapamos de esta realidad. Es paradójico que, aunque no podemos evadir este destino, solo lo vivamos a partir de dos caminos: el de la agresividad y el de la omisión.

Las dos formas más comunes de afrontar el conflicto nos hacen daño. La primera, porque la agresividad conduce a la violencia y ésta se vuelve cíclica, nos obliga a entrar en un laberinto en el que no hay ninguna salida: violencia eterna. La segunda, porque la omisión; el quedarnos callados, el aguantar en silencio el maltrato, tiene como consecuencia la perpetuación del mismo. Por otra parte, genera en la persona ofendida y violentada, sufrimientos que sólo la muerte o el tiempo podrán mitigar, o peor aun, un deseo de venganza que envuelve la vida en un remolino de odio.

Ahora bien, necesitamos pensar una tercera vía para la resolución de nuestros conflictos, que como ya se dijo anteriormente,  siempre están presentes cuando nos encontramos con los otros. Esta tercera vía no es nada nuevo, pues también se encuentra ligada a una cuestión antropológica: el diálogo y la comunicación.

Los seres humanos nos comunicamos, somos políticos, es decir, impactamos la realidad que nos rodea y, en esa realidad también se encuentran los otros. Por consiguiente, podemos comunicarnos, expresar de una manera pacífica nuestros sentires y darle un rasgo diferente al conflicto.

A continuación, se presentan algunas ideas que nos pueden ayudar a enfrentar aquello de lo que no escapamos: el conflicto:

  1. Siempre decir las cosas con intención de construir, no de herir. Si se expresa un malestar con el deseo de lastimar, el otro sólo intentará protegerse y se pondrá en una actitud defensiva e incluso agresiva, lo cual no permitirá que haya diálogo reflexivo.
  2. Tener claro que el otro no es un demonio, ni un ser sobrenatural, sino un ser humano que también sufre por sus errores.
  3. Ser siempre amable con el otro, no caer en la agresividad. En dado caso que el otro sí se torne ofensivo, el cariño y el afecto pueden desarticular la violencia.
  4. Invitar al otro a usar las palabras, a expresar el porqué actuó como lo hizo. Cuando las personas construyen el relato se dan cuenta por sí mismas de que han lastimado.
  5. Escuchar sin juzgar. No se escucha para tener herramientas de venganza contra el otro, se escucha para comprender.
  6. Llegar a pactos de no agresión, de reparación y de no repetición.
  7. Hablar cuantas veces sea necesario. Si es posible, invitar a otra persona como mediadora.
  8. Tener la humildad para pedir perdón.
  9. Confiar en que esta tercera vía nos posibilitará el sentirnos tranquilos con nosotros mismos y con el otro.
  10. Saber que, si usamos la tercera vía, el otro tendrá la oportunidad de enmendarse y de cambiar.

Las anteriores son solamente algunas ideas que pueden ser trabajadas en espacios de la vida cotidiana, por ejemplo: la escuela, la familia, el trabajo, la universidad, las relaciones amorosas, la amistad, o sea, gran parte de la vida.

En Colombia vivimos en una noche energúmena que no se acaba, en una historia de actores armados que no tiene fin. Sin embargo, en el país en general, hemos naturalizado la violencia. Cuando aprendamos a comunicarnos con el otro en búsqueda de la paz, y la resolución de los conflictos, entenderemos las palabras de Jesús Abad Colorado: “La paz no es solamente el silenciamiento de los fúsiles”.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.