Cumplí 19 años en enero del 2021. Empecé a trabajar en noviembre de 2020. Cuando cumplí los 18 quería empezar a trabajar inmediatamente, pero mi mamá me animó a empezar después, dado que no quería que tuviese saturación con las actividades académicas. Por otra parte, después de unos pocos meses de ser mayor de edad inició la pandemia. Hubo cuarentena estricta y mucho pánico de sólo pensar en salir a trabajar. Sin embargo, para el segundo semestre de 2020 empecé a buscar empleo, eso sí, ¡qué tarea tan difícil! Todo el mundo pide experiencia, así sea obvio que es el primer trabajo que uno busca.  

Salí de un colegio pedagógico, así que tengo experiencia con los niños. He dictado clases a hijos de compañeras de mi mamá. También les ayudé a reforzar algunas materias en las que tenían problemas. Pensé que esta podría ser una posibilidad, ya que quiero tanto a los niños y me va bien con ellos. Aun así, quería algo un poco más formal y más fijo. 

Decidí buscar trabajo en uno de los mejores bares de la ciudad. Pensé, si es tan bueno para el cliente, seguro que también será para el trabajador. Les escribí a través de sus redes sociales. Les pregunté si tenían alguna vacante disponible y les expresé que me gustaría trabajar con ellos. Al día siguiente me respondieron positivamente, tenían una posición libre, iban a abrir un nuevo punto en el sector que está de moda en la ciudad. 

D, la persona que me contactó me pidió que nos viéramos en la sede principal, en el centro, para que le entregara mi hoja de vida. Fui, pero D no se encontraba en el lugar. Quien me recibió me dijo que D es un poco impuntual, así que podía dejar mi hoja de vida. Le escribí a D para que supiera que ya había dejado mi CV. Me dijo que fuera a la sede nueva (la del sitio de moda).

Dos horas después llegué al lugar, en ese momento lo estaban terminando de construir. Conocí a D. Me advirtió secamente que el trabajo era mucho y que la paga era poca. Me dijo que él exigía responsabilidad de las meseras y que fuesen muy respetuosas con los clientes. (En el establecimiento solamente contratan a mujeres). 

Empecé a trabajar en otra sede, hacia el norte. Ahí sería mi tiempo de prueba. De ese lugar a mi casa realmente es lejos, sin embargo, acepté. Deseaba empezar a trabajar. Mi primer día de trabajo fue de 12:30 M a 11PM. Una jornada larga, sentí mucha hambre, pero en esa sede estaba prohibido comerse una empanadita o algo así. Fue un día muy pesado, con hambre y con el cansancio del cuerpo que se resiente ante la nueva actividad. Ese día solamente me pagaron diez mil pesos, mi jefe D fue enfático: “eso es lo que le puedo pagar”. Para mi desgracia, de esos diez mil, nueve mil se fueron en el servicio de taxi de regreso a casa. 

Le conté a mi mamá. Para ella no valía la pena trabajar así. Ni quisiera quedaban los $1000 pesos libres, pues parte de eso se gastó en el transporte de ida al trabajo al medio día. Yo quise perseverar, lo quise tomar como una lección de vida y como el sacrificio que tenía que vivir para poder obtener el empleo. 

Una semana después conocí a R, uno de los dueños de la marca. Él sería mi jefe de ahora en adelante en el punto del norte que estaba trabajando. R me pareció una buena persona, me dijo que no entrara a las 12:30M sino a las 4:00 PM. Él sí sabía que una jornada así aniquilaría a cualquiera. Las cosas mejoraron, de 4:00 a 11:00 PM, ganaba veinte mil pesos. Me sentí contenta porque ya no todo se iría en el pago del transporte. 

Mi mamá quería conocer a mi jefe. Le parecía muy extraño que solamente trabajáramos mujeres. Conoció a R. Se cayeron bien. Mi mamá se tranquilizó, parecía inofensivo y bueno conmigo. 

Uno de esos días de trabajo llegó D al local con unos amigos. Los atendí, era un grupo grande. Cuando terminó mi jornada de trabajo y después de haber hecho todo el protocolo de cierre me quería ir a descansar. Creo que eso fue en diciembre. D me invitó a tomar una cerveza con sus amigos. Le dije que no tomo licor y que tenía que llegar pronto a casa porque mi mamá me esperaba y tenía que levantarse muy temprano al trabajo. Insistió: “Venga y se toma una cerveza con su jefe. Yo traje el carro, la llevo”. Ante el tono de mando me senté junto a él y sus amigos. También pensé que me podría ahorrar los nueve mil del taxi. 

Un poco más temprano, uno de los amigos de D me pidió el número para reservar uno de los juegos que se ofrecen en el local. No le vi problema alguno, así que le di la información de mi contacto. En la noche, estando sentada con ellos, el amigo de D se levantó al baño y yo me quedé sola con D. 

D se transformó: “Yo no me había fijado que usted era tan bonita. ¿Por qué nunca se ha mostrado así conmigo? Si yo me hubiese dado cuenta de su belleza le hubiese ofrecido más cosas. Le habría pagado mejor. Mejor dicho, si usted accede a todo lo que yo quiera, le doy lo que usted desee. Usted puede tener una buena vida conmigo, le puedo dar un televisor, un apartamento, un celular. Lo que usted quiera. Usted sólo tiene que ir a mi apartamento y la pasamos bien”. 

Mis oídos no podían creer lo que escuchaban. Sólo le dije: “te estás equivocando”. Y siguió: “usted huele muy rico, venga, acérquese”. 

La situación ya era muy incómoda. Me quería ir y lo manifesté. Quería tomar un taxi e irme para la casa. Sin embargo, él se acercó y me haló para que bailáramos. En el bar todavía había música. Yo no quería bailar y se lo dije. Seguía halándome, yo sólo buscaba la forma de irme, pero uno ante esas situaciones se bloquea mucho, se llena de pánico. Me decía: “baile con su jefe, eso no es malo”. No quiero bailar, le expresé con contundencia. 

Una vez más dije, me voy. Me pidió que lo esperara un momento, que ya se estaba terminando la cerveza. 

Tenía mal genio. No sabía cómo actuar, porque a pesar de la incomodidad le sentía el respeto por ser mi jefe y además por tener 20 años más que yo. Decidí esperar. D se fue para el baño. El amigo regresó. Saqué mi teléfono para escribirle a mi mamá y, para mi asombro, me encontré con unos mensajes del amigo de D. Me proponía que me fuese para el apartamento de él, que me haría sentir cosas deliciosas, que no le despreciara. En fin, me dijo una cantidad de cosas que quisiera ya olvidar. A todo le dije que no. ¡Qué extraño comportamiento el mío! Yo quería razonar y al parecer en ese momento los hombres así no entienden razones. 

Rogaba que subiera el celador o que llegara alguien más. Para mi fortuna, Dios me escuchó. El vigilante, muy buena persona de hecho, subió, nos preguntó si ya cerraríamos el bar. D asintió. Yo sentí alivio. 

Cuando íbamos saliendo del local, D me miró fijamente y en un tono entre amable y amenazante habló: “no le vaya a decir nada a R, esto queda entre los dos. Piense en mi propuesta. Si usted quiere, sólo llegue a mi apartamento, yo le doy la dirección”. Qué locura esto, pues sólo expresé: gracias, pero no necesito la dirección de su apartamento. 

Creo que el celador se dio cuenta de mi incomodidad. Seguramente tenía un rostro de espanto. Me ofreció pedir un taxi, afirmé con un movimiento de rostro. Para mi desgracia, D prefirió irse en el taxi conmigo. El amigo de D seguía escribiéndome con insistencia al WhatsApp: “Ven conmigo, sácale una excusa a D”. Yo me preguntaba, ¿Qué les pasa? ¿No se dan cuenta que tengo que llegar a mi casa?. Creo que, en ese momento, a pesar del miedo y la incomodidad, no era consciente de todo lo que estaba sucediendo, porque quería ser cortés, así que le respondía que mi familia aguardaba por mí. 

En el trayecto a casa, D seguía presionando. No dejaba de decirme lo linda que le parecía. Yo ignoraba sus comentarios. El taxista notó la situación, pero tampoco decía nada. Pensé que D se quedaría en el camino. Su casa es antes de la mía. Sin embargo, decidió seguir para saber dónde vivía. 

Cuando llegué a casa le conté a mi madre. Me sentía horrible. Mi mamá me aconsejó que le contara a mi jefe inmediato, R. Mi mamá me dijo que, si no me brindaban solución, era mejor renunciar, ya que uno no puede estar en un trabajo en donde lo traten de tal modo. 

Al día siguiente llamé a R, le expresé mi vergüenza al contarle algo así, sin embargo, le narré lo sucedido la noche anterior y lo mal que me sentía al respecto. Mi jefe se molestó. No era la primera vez que esto sucedía. Ya algunas chicas se habían quejado de lo mismo. R me dijo que iba a hablar con D y me pidió tranquilidad. 

Seguido a esto, D me escribió muy molesto y me reclamó “mi falta de inmadurez”. Yo sólo le dije que lo acontecido había sido muy incómodo para mí. 

D cambió conmigo. La relación se volvió muy tensa. Dejó de ir al local cuando yo estaba trabajando y cuando iba, me hacía mala cara y sus actitudes eran displicentes. Eso me hacía sentir mal, entonces le conté a la chica que me había hecho la inducción. Me dijo que a ella no le había pasado eso, sin embargo, sabía que a otras mujeres sí les había pasado. A ella le pareció bien que yo haya hablado, era mejor sentar el precedente. 

Hubo un tiempo corto que me pidieron trabajar en otra sede. Allá las cosas fueron diferentes porque la administradora era una mujer. Por ejemplo, no había acoso. También había más justicia, podía comer si tenía hambre. Me pagaban el día a 20 o 30 mil pesos, dependiendo de las ventas. Así mismo, me reconocían lo del transporte. En ese momento sí sentí que valía la pena trabajar. Sin embargo, un día, de un momento a otro me cambiaron de sede. No entendí la razón. Yo hacía un buen trabajo. Después me enteré que D pidió que me cambiaran, porque la administradora, la buena gente, era su novia desde hacía cinco años. Fue muy extraño porque la situación con D, yo la había dejado en el pasado. 

Me enviaron de nuevo para la sede del lugar de moda. Uno de esos días llegó D con un grupo muy grande de amigos. Debido a la pandemia, máximo puede haber seis personas por mesa, no obstante, él y sus amigos excedían el número. Las otras chicas y yo le dijimos, se molestó. Ya sabíamos que siempre que él llegaba era un complique porque no le gustaba nada de lo que nosotras hacíamos. Su forma de reclamar siempre fue grosera e irrespetuosa. Al punto que cuando él llegaba todo el ambiente se tornaba pesado. 

Esa noche, lo escuché diciéndole a su hermano que me despidiera, porque no sabía hacer nada. En ese momento yo lavaba los platos. Sentí la humillación e impotencia. Las lágrimas salieron. No podía creer que por el hecho de ser mujer y de no acceder a las peticiones de uno de mis jefes, mi trabajo fuese menospreciado y mi condición de persona se redujera a nada. Al día siguiente decidí escribirle a R y decirle que no quería trabajar en un lugar en donde fuese maltratada. 

Ahora, tengo 19, me queda una pregunta, ¿Será que de ahora en adelante en todos los lugares donde trabaje, me sentiré ultrajada por vivir en una sociedad en donde la mujer tiene que estar a disposición del hombre que tiene poder?

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.