Salí a vacaciones el veinte de diciembre al medio día. Sentí alegría porque tendría la posibilidad de descansar durante tres semanas de los arduos días de trabajo, así como del cansancio mental y espiritual que implica vivir en una sociedad como la colombiana, en donde en menos de un año se retorna a la política del miedo y del odio y, en donde los clamores del pueblo no son escuchados. En fin, este no es el tema de este escrito, aun así, tenía que decirlo. Vuelvo a la alegría del día del que hablo, específicamente del medio día. Fui a almorzar a Nido (Villavicencio) con dos amigos, disfrutamos del encuentro, conversamos sobre la alegría de ese mes, dispuesto para ver a la familia, a los amigos y para retornar a los lugares de origen… Salimos del restaurante y decidimos entrar al Centro Comercial Primavera a tomar un café, seguimos en la misma tónica de regocijo. Después de media hora nos despedimos y yo me dirigí a la calle en donde dejé estacionado mi vehículo, la carrera 41, junto a la calle 15. Hago notar que dejé el carro ahí porque no es un lugar muy transitado y porque el espacio es ancho, también lo ubiqué en el espacio de la cuadra en la que no hay señal que prohíba el estacionamiento. Caí en la falacia argumentativa de creer que “si no está prohibido, está permitido’.

En fin, cuando salí del centro comercial me encontré con lo imaginable: mi vehículo ya no estaba ahí. Los policías de tránsito se lo habían llevado para los patios. Mi susto fue impresionante, pero, un ciudadano que acababa de ver la escena, me aconsejó que me dirigiera prontamente a los patios para que el carro no pasara la noche secuestrado en ese espacio dispuesto para darles una supuesta lección a los ciudadanos. Mientras me dirigía al lugar en cuestión, pensé en lo mucho que me equivoqué, debí dejar el carro en un estacionamiento, aun así, pensé en mi mala suerte, puesto que sabía que no había dejado el carro en un lugar en el que pudiese ocasionar algún trancón. Tengo que decir que, detesto a los conductores que dejan sus vehículos estacionados en una avenida muy transitada, o en una calle muy angosta, o que estacionen en ambos sentidos creando un atascamiento interminable.

Logré pagar la grúa y demás, así que pude sacar el carro de los patios. Al día siguiente estuve en un curso para que se redujera el monto económico de la multa por el supuesto abandono de mi vehículo. Después del curso pagué el comparendo. No podía creer que tuviese tan mala suerte y que lo destinado para mis vacaciones se fuera así.

Durante el mencionado curso pensé en las siguientes cosas y es en realidad de lo que quiero hablar en este escrito: –lo anterior no dice mucho– Las multas de tránsito son inequitativas frente a nuestros salarios. Por otra parte, esas multas son una manera de robar legalmente a los ciudadanos. ¿Quiénes son los dueños de las empresas de las grúas?, ¿qué hacen con todo el dinero que se recauda de los comparendos?

También me atrevo a asegurar que a las entidades encargadas de vigilar que se cumplan las reglas de tránsito, no les interesa la vida de los ciudadanos, lo único que les importa es acrecentar sus recursos, que en realidad no se ven reflejados en mejora de vías, o de señalización, o de campañas para concienciar a los ciudadanos de que la vida es sagrada. Un artículo que El Espectador publicó recientemente lo alertaba así: Cuide la vida: casi 6.000 víctimas fatales en las vías ha dejado el 2019 .

Cuidar vidas debería ser la preocupación principal de quienes trabajan en las vías, pero creo que si hiciera una encuesta, gran parte de los colombianos, no nos sentimos seguros cuando vemos a un policía de tránsito, al contrario, sentimos miedo, temor de que nos roben aquello que con tanto trabajo logramos, pues si algo tenemos la gran mayoría de los colombianos de a pie, –a pesar de nuestros múltiples errores–, es que somos personas trabajadoras, que trabajamos de sol a sol e infatigablemente.

Este texto no es una justificación de mi error, al contrario, tal evento me hizo reflexionar sobre cómo nuestro Estado no nos protege, frente a cómo es posible que nos roben de frente y sobre la necesidad de que se forme a la Policía de tránsito para que protejan vidas, reduzcan los accidentes y generen seguridad y no para que nos quiten lo que ganamos trabajando hasta la esclavización. Así mismo, para evidenciar que las multas no son la solución a la seguridad vial, pues si esta fuera la manera, no habría casi seis mil muertos al año por accidentes de tránsito, lo cual es escandalizante, ya que son más de las muertes que puede producir el conflicto armado en el país anualmente.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.