No sabemos cómo recordaremos el año 2020. Resulta difícil saber cómo será la relación que estableceremos en el futuro con este tiempo. Sea cuál sea la memoria que se construya de esta época, no podemos olvidarnos de lo que ha pasado en materia de educación. Durante varios meses muchas actividades cesaron, no obstante, el establecimiento educativo continuó trabajando. El año está a punto de finalizar y puede que además de la salud, éste sea el campo más agotado y el que más anhela un respiro, un descanso, una desconexión total.

Estudiar en pandemia ha enfrentado todo tipo de retos: permanecer horas y horas frente a un computador, –para quienes tienen la fortuna de tenerlo–; la difícil conexión de miles debido a no poder adquirir la tecnología necesaria para hacerlo y la poca experiencia en educación remota mediada por las Tecnologías de Información y Comunicación (TICs), etc. A este párrafo le hace falta algo que seguramente no será tampoco recordado, pero que sí sería necesario pensar: el no saber vivir en armonía consigo mismo, la no valoración de la soledad y la dificultad de disfrutar de actividades solitariamente.

Estudiar en tiempos de pandemia exige saber vivir en soledad, la mayoría de trabajos y de lecturas se hacen de esta manera. Los estudiantes pasan mucho tiempo solos y se supone que en este tiempo se dedican a hacer la mayoría de las labores académicas, sin embargo, no están preparados para ello, dado que la educación no forma para aprender a vivir en soledad, o para el disfrute del tiempo consigo mismo. Desde el planteamiento educativo, ya sea a nivel de primaria, secundaria o universitario, se forma al estudiante para estar siempre haciendo actividades con otros.

Nos sucede algo parecido al universo distópico creado por Aldus Huxley en Un mundo feliz. En el escenario de la novela se hace evidente que, para vivir en ese mundo de la estabilidad, del condicionamiento, y de las restricciones a las emociones, es necesario vetar la soledad y todas las actividades que impliquen estar consigo mismo. Quienes gobiernan este Mundo feliz saben que en la soledad la gente piensa y se cuestiona. Lo anterior les genera miedo, por tanto, la soledad no tiene cabida en su mundo distópico, un tanto similar al nuestro… 

Bien es cierto que la educación tiene una función política muy grande al pretender que los estudiantes socialicen y aprendan a convivir con otros, aun así, no se puede dejar pasar por alto que la educación también implica que los estudiantes aprendan unos saberes, que no solamente tendrán como función formar para el trabajo, –tal como sucede en Colombia–, sino también formar para la ciencia y para la reflexión crítica. Estas últimas necesitan ostensiblemente de la experiencia de la soledad, de disfrutarla y de sacar lo mejor de ella. Es en la experiencia de la soledad en donde se contempla para comunicar lo contemplado, tal como enuncia uno de los mantras de hombres grandes como Tomás de Aquino o Alberto Magno.

Si alguien le pregunta a un escritor, científico, a un artista, o a un intelectual, si su relación con la soledad es grata, muchos dirían que, aunque en ocasiones no lo es, es en la soledad en donde logran construir sus obras. El año pasado en el marco de la Feria del Libro de Bogotá, le escuché decir a la escritura colombiana, Andrea Mejía, lo mucho que valoraba tener un auditorio en frente, dado que la mayor parte de su trabajo se desarrolla en la experiencia de la soledad, de la introspección y del diálogo consigo misma.

Ahora bien, los centros educativos, en especial en las etapas de primaria y bachillerato, han de desarrollar espacios para que los estudiantes aprendan a convivir consigo mismos, a valorar el tiempo a solas, a entender que sin soledad y contemplación no hay interiorización del conocimiento. Por otra parte, el aprender a vivir en soledad no solamente se traducirá en un mejor desempeño académico e intelectual, sino en las relaciones con los otros, pues quien en su soledad se cultiva, no utilizará al otro para huir de sí mismo, sino que le brindará las mejores reflexiones de lo que ha degustado en su experiencia a solas.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.