En Ella, película colombiana dirigida por Libia Stella Gómez Díaz, se muestran muchas caras de la pobreza en Colombia. Una de ellas, lo difícil que es morir en un contexto de pobreza. Alguien podría creer que con la muerte termina el sufrimiento, y tiene razón en cierto sentido, culmina el dolor para el muerto, pero no para quien sigue vivo. La anterior afirmación es una obviedad, aun así, podemos pensar un poco en qué consiste la muerte para quienes siguen en este valle de lágrimas y tienen una responsabilidad de enterrar a sus muertos cuando todo lo que está alrededor es pobreza, miseria y abandono. 

La película narra la trágica peregrinación de Alcides, –un anciano dedicado al humilde oficio de reciclador en la periferia bogotana–, quien se ve obligado a ir de un lado a otro con el cuerpo de su esposa, Georgina, que hace poco murió debido a una enfermedad que no se trató a tiempo, ni con los cuidados que le pudieron dar la mejoría. Alcides, al primer lugar que acude para pedir ayuda en todo lo referente al funeral de su difunta pareja es a la Estación de Policía, no obstante, cuando llega a dicho lugar ve dos escenas desgarradoras: la primera, una madre les suplica a los agentes que le ayuden a buscar a su desparecido hijo, que salió unos días antes debido a una oferta de empleo. Esto hace pensar en las ejecuciones extrajudiciales que se han cometido en el país, llamados falsos positivos. La segunda escena que aterra a Alcides es ser testigo de cómo los policías apilan jóvenes muertos, que se han exterminado mutuamente por pertenecer a pandillas diferentes. En otras palabras, Alcides se espanta al ver tanto muerto, uno sobre otro, y decide marcharse con su esposa muerta, a quien carga en la carreta que utiliza en su trabajo cotidiano.

Posiblemente muchos se preguntarán por qué decidió retirarse y no pedirle ayuda a la policía con el certificado de defunción que le presentó tantos problemas después. Debido a la inexistencia de dicho papel no logró que las entidades a las que recurrió le brindaran ayuda para el funeral de su esposa, situación que tuvo como consecuencia, verse obligado a construir el ataúd de su esposa con tablas recicladas, cavar una fosa por su cuenta y proceder a enterrarla y, como si no fuera poco, cuando fue descubierto, ser tratado como un criminal, pues pensaron que él posiblemente mató a su mujer.

Seguramente Alcides se retiró de la estación por miedo, miedo de que su esposa, –que como él lo dijo en algún momento del film–, no fuese tratada con dignidad en el momento de su muerte y fuese asistida como si nunca hubiese pertenecido al reino de los vivos. 

La lucha de Alcides por darle sepultura a su esposa se ve troncada por varios factores, por ejemplo, no entender los procedimientos burocráticos; ni siquiera tenía idea a qué se referían cuando le pedían el certificado de defunción. Eso se manifiesta en uno de los tantos momentos en que pide ayuda para obtenerlo, pues aduce inocentemente que el documento es para él. Por otra parte, en su condición de pobreza, no tenía dinero para velarla, ni para el ataúd, ni para la bóveda, ni para el servicio litúrgico; el cual como también denuncia la película, no es tratado como sacramento para el puedo de Dios, sino que es literalmente un servicio, en el que el fin es el dinero, que parece que en realidad es el dios todopoderoso del sacerdote con quien habla Alcides. 

En el inicio del texto se dijo que quien sufre por la muerte es el que queda vivo, aun así, no se ha profundizado en ello, de modo que, ha llegado el momento de hacerlo: se sufre porque se es humano, así de simple y sencillo, dado que es el ser humano el único que es consciente de su finitud, situación que lo conduce a domesticar la muerte a través de un funeral. El animal no hace funerales. En palabras de André Comte-Sponville, el funeral sirve para humanizar el terror que nos produce la muerte, es una forma de enfrentarse a la falta de comprensión que produce este fenómeno ineludible. Este hecho se manifiesta en el final de la película, momento en el que Alcides logra darle sepultura a su amada: Alcides sonríe y la imagen de la película deja de ser sombría para adquirir tonalidades vívidas. 

Ahora bien, si los funerales y dar sepultura a los muertos es uno de los rasgos de nuestra humanidad, entonces lo que estaba haciendo Alcides, no era una simple lucha por cumplir con un ritual, sino por mantenerse humano, lo cual nos permite recordar las palabras de Orwell: lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano. 

Dadas las circunstancias, el film no es únicamente una denuncia de la situación que viven los más empobrecidos en el país, sino también una apuesta por mostrar sus luchas, por mantenerse humanos en medio de contextos de abandono y de miseria.

 

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.