El origen de la violencia contra la mujer es el odio del hombre por sí mismo

Una mujer me ha contado con lágrimas en sus ojos lo difícil y doloroso que resulta ser mujer en una sociedad como la nuestra. Todo el tiempo siente miedo de actuar de una manera que pueda ser malinterpretada por los hombres y sentirse vulnerada. Su dolor consiste en querer tratar bien a todos los seres humanos, no obstante, se lleva decepciones cuando se da cuenta, en especial con los hombres, que confunden la amabilidad con una invitación a la cama, o a tocar, o a besar, o a hacerse dueños de su cuerpo.

De todo lo que me dijo me he quedado con las siguientes palabras:

“En reiteradas ocasiones he dicho: no quiero, es suficiente, no tengo ganas. He elaborado rápidamente un montón de expresiones que dan cuenta de mi negativa por acceder a las peticiones de machos que creen poder decidir sobre los cuerpos de las mujeres.

Anoche se repitió esta situación dolorosa, me culpé por no tener el carácter suficiente para frenar con más fuerza lo que estaba pasando. Me sentí amenazada por un hombre con quien tuve una relación en el pasado y ahora no acepta un no a su deseo de querer tener sexo conmigo.

Aún no entiendo porqué los NO de las mujeres parecen inválidos, los machos insisten de muchas formas. No quiero que mi condición femenina siga siendo sinónimo de riesgo y tampoco quiero tener que estar a la defensiva todo el tiempo, insegura en todo momento.”

Las palabras de esta mujer, que no son solamente las palabras de una sola en el mundo, han de motivarnos a formular la siguiente pregunta: ¿Cuál es el origen de este comportamiento masculino que hace tanto daño?

Indudablemente hay muchas respuestas para responder a la pregunta enunciada, sin embargo, creo que una alternativa a esta cuestión es que el machismo y el patriarcado hacen del hombre un ser carente de sensibilidad y de un genuino amor propio, dado que lo convierten en un ser incapaz de cuidar de sí y de otro ser humano.

El origen del acoso a las mujeres está en el odio que los hombres sienten por sí mismos. En el poco deseo que tienen de encontrarse consigo mismos. Los hombres no tienen amor propio, por eso lo mendigan en todas partes. Buscan desesperadamente a las mujeres porque no tienen un minuto de sosiego en su soledad. Son locamente dependientes del reconocimiento de la mujer, pero son torpes, no saben cuidar, por eso violentan, no entienden un no, no encuentran en el otro un ser humano, –un fin en sí mismo–, sino un medio para calmar su infinito odio por sí mismos.

Hay quienes dicen que el hombre se cree dueño del cuerpo femenino, puede que en muchos casos sea así, no obstante, el hombre no es dueño siquiera de sus propios músculos, ni de sus órganos. Si así fuera, no se dejaría dominar por el deseo irracional de sentirse amado, deseado a través de la fuerza y de la vulneración de la voluntad de la mujer.

Por consiguiente, se hace necesaria toda una vida, desde el nacimiento hasta la tumba,  centrada en el amor, un amor que sea capaz de cuidar de sí y del otro. En el amor propio, en la reflexión asidua, se encuentra la fuerza para que los hombres no mendiguen afecto, ni tampoco lo exijan a través de la violencia.

David Saenz

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.