Me dispongo a escribir la columna de esta semana y de repente aparece mi sobrino de dos años, Nicolás. Me pregunta, “¿qué haces?” Yo me quedo viéndolo y le digo que voy a escribir sobre algo que me hace sentir miedo. Se queda viéndome fijamente y me dice, “padrino, no tengas miedo, yo te acompaño”. 

Su cariño me da alegría, pero siento pesar por él; pesar por nacer en un país en donde el miedo y la barbarie nos dominan. 

Escribo un poco y me dice con sus frases que ya se han hecho más claras para mí, “¿en qué trabajas?” Lo observo con afecto y le respondo “escribo, mira”. Las palabras se muestran en la pantalla del computador. Lo invito a ver cómo letra por letra aparece, comenta: “qué bonito”. Lo miro con desconcierto y por primera vez en la vida pienso en que hay algo bueno en no saber leer. 

Me daría tristeza que leyera sobre las desgracias que suceden en este país. Un país enamorado de la sangre inocente: de los campesinos, de los líderes sociales, de los que no tienen armas, de los sin tierra, de los trabajadores humildes, de los defensores de los Derechos Humanos, de los que trabajan por la paz y la justicia. Pienso en el dolor que le causaría saber que su tío –con el que juega con una ballena de peluche– escribe con tristeza y miedo que, en Colombia, en lo que va corrido de este año ha habido más de 50 masacres y más de doscientas personas asesinadas vilmente… 

 

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.