La gran mayoría de los seres humanos nos planteamos el deseo de hacer el bien. Indudablemente, nadie dice vociferante que su intención es hacer el mal, sin embargo, día a día vemos que el bien no es precisamente lo que reina en nuestras sociedades ni en la cotidianidad. Puede que una de las causas de esta situación consista en que no sabemos qué es el bien, y tampoco sabemos cómo practicarlo. 

Por consiguiente, se hace necesario que nos fijemos una idea del bien, tal vez una idea imprecisa, puesto que decir exactamente qué es el bien, puede convertirse en un mal en sí mismo. Desde este artículo se plantea la siguiente tesis: hacer el bien consiste en que, aunque se conozca la debilidad más grande del otro, no se tomará ventaja de ello para beneficio propio ni se vulnerará la confianza.  

Un ejemplo podría servirnos para pensar mejor la situación de la que estamos hablando: 

Una persona ha ahorrado durante toda su vida porque desea tener una casa en el campo, el día que tiene el dinero necesario para tal fin decide buscar una empresa de arquitectura para que le brinde toda la asesoría correspondiente y para que, en efecto haga la casa. La razón por la cual, el personaje que sueña con la casa busca ayuda en otros, es debido a su ignorancia en temas de construcción, en otras palabras, a sus pocas luces en todo lo relacionado con construir una casa. Así pues, esta vendría siendo su debilidad, su fragilidad. En cambio, quienes trabajan para la constructora son fuertes ante la debilidad del soñador. Ahora bien, actuar bien para la constructora, o sea, para quienes trabajan en ella, sería no aprovecharse de la fragilidad y de la ignorancia de quien los busca con un objetivo preciso: edificar su morada. La manera precisa de actuar bien sería no tomar ninguna ventaja sobre este hombre. Son diversas las formas en que se podría hacer un uso indebido de su ignorancia, “verbi gracia”, comprando materiales de poca calidad y hacerlos pasar por los mejores, demorar el periodo de la construcción para que el comprador tenga que pagar durante más tiempo, inflar los precios para quedarse con el excedente, etc. En este punto todos podríamos imaginarnos un sinnúmero de situaciones en los que sería posible aprovecharse de la debilidad de alguien, para este caso, de quien anhela una cabaña. 

El ejemplo anterior es un caso que se puede trasladar a diversas situaciones: el profesor con un estudiante; el periodista con el lector, el investigador con el buscador, el vendedor con el comprador; el abogado con su defendido; el gobierno con el ciudadano, los militares con los niños indefensos, etc. Podríamos seguir enunciando ejemplos, no obstante, para hacer del lector un actor activo en esta reflexión, se hace necesario que él mismo se plantee en qué otros escenarios se hace posible caer en aprovecharse de la oscuridad del otro frente a un tema o una necesidad. 

Ahora bien, como es tan sencillo hablar de otros, también se hace necesario que pensemos en nuestro actuar, es decir, en los momentos en los que tenemos seguridad de la fragilidad del otro, de su ignorancia, de su ingenuidad, y evaluar si nos aprovechamos de eso, o si, por el contrario, practicamos el bien, esto es, conocer la fragilidad ajena y nunca utilizarla para hacer daño, dando como resultado, no sólo un perjuicio sino también la violación de la confianza que se ha puesto en nosotros. Cuando se pierde la confianza se rompen los vínculos humanos y entonces todos quedamos a expensas del individualismo visceral y del egoísmo que destruye cualquier proyecto comunitario. 

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.