Si les decimos a las personas

mayores: “He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las

ventanas y palomas en el tejado”, jamás llegarán a imaginarse cómo es esa

casa. Es preciso decirles: “He visto una casa que vale cien mil pesos”.

Entonces exclaman entusiasmados: “¡Oh, qué preciosa es!”

Antoine de Saint-Exupéry

Hace un año, el 12 de marzo de 2020, se declaró la emergencia sanitaria en Colombia debido al Covid-19. La pandemia ha causado la muerte 2.6 millones de personas en el mundo[1].  Para el caso colombiano, han muerto 60.503 personas. No obstante, las muertes relacionadas con la pandemia no son las únicas en el planeta, por ejemplo, en el mundo, “la tuberculosis y otras infecciones respiratorias transmisibles como la bronquitis y la neumonía mataron a 3.8 millones de personas en el 2019” (Jamison, 2021). Por otra parte, de acuerdo con Caparrós en su libro El hambre, en el mundo hay aproximadamente mil millones de seres humanos que viven y mueren en desnutrición crónica.

Bien es cierto, que las cifras no son capaces de transmitirnos la grave situación que se vive en el mundo en materia de salud, ni despertar nuestra sensibilidad por el dolor que sufre el otro, con quien compartimos la casa común, el planeta. Sin embargo, sí nos puede hacer pensar en algunas preguntas: ¿Por qué el Covid-19 ha paralizado el mundo? ¿Por qué el mundo no se une para lograr fuerzas que permitan mitigar las enfermedades mencionadas? ¿Por qué si el planeta tiene la capacidad para alimentar a todos sus habitantes, hay tantísimos seres humanos que mueren de hambre?

(Le puede interesar:La pandemia y la tentación autoritaria)

No pretendo con lo dicho caer en la grave falta de descreer en el impacto de la pandemia, ni tampoco decir que es menos importante que otras enfermedades o circunstancias. Lo que intento plantear es que la respuesta a las preguntas enunciadas puede conducirnos a pensar que en el tiempo en el que nos encontramos, el dinero y el poder adquisitivo son la única garantía que tienen muchas personas para ser protegidas, por tanto, las otras muertes no importan y no duelen, o no nos mueven a la acción porque son las muertes de los empobrecidos, de los más abandonados del mundo.

Para muchas personas el Covid-19, en especial para los privilegiados, desde hace un año, ha sido la representación del infierno, una pesadilla de la que desean despertar. No obstante, para millones de seres humanos, la desgracia los ha acompañado desde hace mucho tiempo, tanto así, que el Covid-19 es un mal menor o tan sólo un agravante a sus innumerables desventuras.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.