NUESTRA INDIFERENCIA: EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN COLOMBIANO

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Por: David Sáenz

Cuando me enteré del asesinato de María del Pilar Hurtado en Tierralta, Córdoba, sentí que una tristeza enorme me invadió la vida y me ocupó el lugar en el que antes habitaba un poco de esperanza. Enseguida y en alto estado de confusión me pregunté: ¿Qué habita en el interior de quienes matan a una mujer delante de sus hijos? ¿Qué tipo de país somos? ¿Cómo es posible que nos hayamos acostumbrado a vivir en un lugar en el que la muerte de quienes trabajan por la paz y la justicia valga menos que un partido de fútbol?

Quisiera encontrar respuestas a estos interrogantes, aún así, me da miedo que tan solo descubra justificaciones, pues en este país se busca justificaciones para exterminar al otro, o también se hace para que la muerte de quienes son nuestros hermanos no nos duela, ni nos saque de nuestra falta de fraternidad.

Nuestra situación es tan grave, que estamos encerrados en la prisión del espíritu de la violencia. Vivimos en el campo de concentración que nosotros mismos creamos. Cada alambre de púas y cada cerca no es otra cosa que nuestras limitaciones: la barbarie, la insensibilidad y la incapacidad de amar. Durante mucho tiempo vimos que a los secuestrados los tenían en unas condiciones infrahumanas: sometidos a las cadenas, a la intemperie, al abandono, a la muerte en vida, a la falta de esperanza; esas imágenes partían el corazón, aun así, nosotros hoy vivimos igual: en la cárcel y en la prisión en la que nosotros mismos estamos encerrados, la que nosotros creamos, la que no nos permite vivir como humanos, es decir en la que el dolor del otro no nos conmueve ni nos permite romper las cadenas de la indiferencia.

Tal como se hace evidente, este escrito no busca justificaciones, ni razones históricas o políticas que den respuesta a la desastrosa realidad de la violencia que nos carcome, solamente busca que nos hagamos las preguntas que inicialmente se plantearon, reflexionemos sobre ellas y búsquemos soluciones para salir de nuestra indiferencia y nos unamos para que esto no siga pasando, pues nuestra apatía nos hace cómplices: “Peor que la maldad es la indiferencia. Porque la “maldad” remuerde las conciencias, en tanto que la “indiferencia” deja a la gente tranquila y pensando que el dolor del mundo, sobretodo el dolor de los más desgraciados, no depende de mí ni yo le voy a poner remedio. (Castillo).

Por último, quisiera recordar un poema de la danesa María Wine. Ojalá que este poema nos ayude a salir de nuestro letargo y nos despierte sentimientos humanos que nos permitan actuar para que no se dejen más niños huérfanos y para que la tierra no siga siendo tan sólo el deposito de la sangre de nuestros odios, sino el lugar en donde amamos y nos conectamos con la Vida.

 

En algún lugar

 

En algún lugar

tiene que haber un rayo de luz

que disipe las tinieblas del futuro

una esperanza

que no se deje matar por el desencanto

y una fe

que no pierda inmediatamente la fe en sí misma

 

En algún lugar

tiene que haber un niño inocente

al que los demonios no han conquistado aún

un frescor de vida

que no espire putrefacción

y una felicidad

que no se base en las desgracias de los demás.

 

En algún lugar

tiene que haber un despertador de la sensatez

que avise el peligro de los juegos auto-aniquiladores

una gravedad

que se atreva a tomarse en serio

y una bondad

cuya raíz no sea simplemente maldad frenada.

 

En algún lugar

tiene que haber una belleza

que siga siendo belleza

una conciencia pura

que no oculte un crimen apartado

tiene que haber

un amor a la vida

que no hable con lengua equívoca

y una libertad

que no se base en la opresión de los demás.

 

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