Como ya se ha mencionado con antelación, los jóvenes cargan con un imaginario colectivo al ser tildados de naturalmente desinteresados generalmente en política, educación e iniciativas de liderazgo y comunitarias. Sin embargo, a través de los años se ha logrado evidenciar la participación de los jóvenes en escenarios que promueven el cambio en medio de la realidad que vive ‘el colombiano de a pie’, ese que inicia el día sabiendo que si obtiene algún artículo fuera del presupuesto que abarca su salario, podría verse en aprietos a final de mes y este ciclo se repite en las próximas generaciones, esas que por falta de oportunidades y visión académica infundida por el contexto actual, no logran superar el bachillerato y se ven obligadas a conseguir trabajo en ‘lo que salga’.

No obstante, yendo a un contexto no tan lejano temporalmente pero inicialmente ajeno, desde la década de los 60, cuando surge el apogeo de movimientos sociales en Estados Unidos propiciados por los hippies, universitarios, afroamericanos, feministas y minorías sexuales, los jóvenes empiezan a tomar un protagonismo ascendente a nivel mundial. Esta época encierra el surgimiento de varias expresiones derivadas del inconformismo desde diferentes ámbitos: musical, artístico, político, económico y social.

El escritor estadounidense Comarc MacCarthy (1969), señala que los factores que incidieron en la insurgencia democrática de la época inició desde los cambios en las maneras de acumulación de la economía estadounidense y el papel de dicho país en la Guerra Fría, hasta las nuevas tendencias intelectuales y culturales y el descubrimiento de la píldora anticonceptiva.

De esta manera, los jóvenes de la época expresaron su malestar rebelándose contra un sistema donde prevalecía una realidad individualista, materialista y autoritaria y que al día de hoy se mantiene en muchos países, incluso en Colombia. Con vestimenta, música, lenguaje y nuevos hábitos la juventud se contrapone a las conductas tradicionales de las generaciones pasadas dando paso a movimientos juveniles. “La exacerbada conciencia de la identidad de ciertos grupos dio origen al desarrollo de centros de estudios afroamericanos, chícanos y de género en diversas universidades que en muchos casos fueron producto de las luchas estudiantiles de los sesentas”, (De los Ríos, 1998).

La mayor movilización política generada por los jóvenes de la época fue la promovida por el Movimiento estudiantil conocido como Mayo del 68, que consistía en la lucha obrera y sindical contra la sociedad de consumo.

Lo que se etiqueta como ‘mayo del 68’ en París, ni se limita a mayo, ni al año 68, ni a París, sino que forma parte de complejos procesos sociales y geopolíticos que hicieron de los últimos años de la década del sesenta, un periodo decisivo para el orden global. Fue en 1968, cuando los estudiantes se rebelaron desde los Estados Unidos y México en Occidente, hasta Polonia, Checoslovaquia y Yugoslavia en el bloque socialista, estimulados en gran medida por la extraordinaria erupción de mayo en París. Lo que cruzaba esta manifestación global de descontento fue una enorme insatisfacción por el poder en todas sus formas.

(BONILLA, Marco, Mayo del 68: la revolución que jamás tuvo lugar, 2015)

Ahora bien, yendo a un caso cercano ocurrido en Colombia, según el periódico El Heraldo, en 1989 nació un movimiento estudiantil surgido en la Universidad del Rosario de Bogotá que conglomeró a jóvenes de todo el país para impulsar lo que se conoció como la “séptima papeleta”, una iniciativa de votación popular que buscaba otorgar un mandato al presidente para que convocara una Asamblea Constituyente y se promulgara una nueva Constitución.

El periódico El Espectador afirma que el 11 de marzo de ese mismo año los colombianos estaban convocados a votar y en la mesa se debía recibir seis papeletas para Senado, Cámara, asambleas, concejos, alcaldes y consulta liberal. Los impulsores del movimiento sugirieron que la papeleta extra tuviera la leyenda: “Voto por Colombia. Sí a una asamblea constituyente”. No obstante, la Registraduría no efectuó la impresión de esa papeleta y explicó que no se podía adelantar el conteo pues no existía norma legal que la autorizara, aun cuando señaló que su inclusión en las urnas no anulaba el voto. Ante esto, los periódicos publicaron el texto para que el ciudadano la recortara y la introdujera en la urna. A pesar del entusiasmo, la iniciativa fue fracaso “porque los universitarios promotores de la propuesta no tenían la experiencia que le sobra a la clase política. Los votos no se pudieron contabilizar y las cifras más optimistas aseguraron que si acaso se llegó al millón de papeletas”, Alarcón (2015).

No obstante, este movimiento no se creó en vano, pues según información de El Espectador, el presidente de esa época compartía con los estudiantes el objetivo de la Constituyente y dictó el decreto de estado de sitio número 927 del 3 de mayo de 1990 que ordenaba a la organización electoral adoptar todas las medidas pertinentes para contabilizar los votos que convocaran la Asamblea Constitucional en los comicios presidenciales del 27 de mayo. Posteriormente, la decisión del constituyente primario se tomó no con una séptima papeleta sino con una segunda ya que en dicha oportunidad se votaba para presidente de la República y para la Constituyente. Por esa convocatoria votaron a favor 5’236.863 mientras que 230.080 lo hicieron en contra. Es así que un sueño estudiantil se convierte en realidad dando origen a la Constitución de 1991.

Este hecho es trascendental para la historia del país pues, según el artículo “Los estudiantes salvaron a Colombia” publicado en un blog llamado La Séptima Papeleta, durante las negociaciones de paz con los diferentes grupos alzados en armas en medio del mandato del en ese entonces presidente Virgilio Barco Vargas, el grupo guerrillero M-19 hizo énfasis insistentemente en que uno de los principales requisitos para dejar las armas era la creación de una Asamblea Nacional Constituyente para modificar la constitución la cual hasta ese momento no garantizaba la creación y desarrollo de otros partidos políticos diferentes a los dos partidos tradicionales, ni daba espacio de representación a las minorías. Es por eso que ante la negativa del Gobierno de hacer una consulta popular que autorizara el cambio constitucional incluyendo una opción en las papeletas de votación para presidente de la República, los estudiantes universitarios decidieron hacer un movimiento a nivel nacional. De esta forma no solo se logró un cambio constitucional si no también que el grupo guerrillero M-19 entregara las armas y se integrara a la vida política nacional, y que a las comunidades indígenas se les garantizara representación en el Congreso de la República.

Los y las estudiantes de ese entonces ejercieron su ciudadanía, asumieron un rol como sujetos de cambio, el periódico El Tiempo relata cómo los jóvenes expresaron su dolor y rabia ante la tragedia del magnicidio de Luis Carlos Galán -siendo esta la causa y el origen del movimiento estudiantil- con acciones políticas y cimentaron las bases de una nueva estructura constitucional, una que reconoce y consagra no sólo los derechos fundamentales, sino los derechos económicos y sociales, propios del Estado Social de Derecho, consagrada en el artículo 1º de la Constitución y los derechos colectivos, dentro de los cuales se destacan la moralidad pública, la libre competencia económica y el derecho a un ambiente sano. Además, crea los mecanismos necesarios para asegurar y proteger esos derechos.

Pasando ahora un ejemplo de la vigencia en los jóvenes siendo agentes de cambio para el desarrollo en su territorio, quizá es atrevido debido a su poco tiempo pero es pertinente, citar al colectivo de comunicaciones creado en el marco de la investigación realizada por pasantes del programa de la Oficina de la Alta Consejeria para el Posconflicto, Manos a la Paz en Becerril, Cesar, llamado El Boom de mi Generación, dentro del cual sus integrantes aún luego de culminar su formación como ciudadanos activos que conocen sus derechos y deberes, la forma de asumirlos a través de los mecanismos de participación y el uso de las herramientas comunicativas para empoderar a sus comunidades; siguieron con su formación y sus anhelos de realizar acciones para generar cambio en las realidades de los más vulnerables.

Estos jóvenes, sin ningún incentivo más que el del deseo de ser agentes transformadores, por iniciativa propia buscaron cajas y las adecuaron con letreros para depositar tapas de envases plásticos con la finalidad de ayudar económicamente a una fundación para niños con cáncer. Quizá esta acción no sea tan trascendental como la de los movimientos antes expuestos que impactaron masivamente logrando grandes cambios en sus países y que incluso sirvieron de inspiración para jóvenes de otros países que también buscaban un cambio en sus territorios, pero para esta sistematización, lo logrado con jóvenes becerrileros entraña a nivel profesional y emocional gracias a una labor realizada y gratamente culminada pero que aún hoy tiene vigencia porque lo sembrado durante cinco meses dio frutos antes de lo esperado y superó todas las expectativas. Estas pequeñas iniciativas impactan desmesuradamente en quienes resultarán beneficiados por el rol de estas personas entendiéndose a sí mismas como ciudadanos en su territorio.

Comunicadora social y periodista en formación, con experiencia en la prensa escrita, la comunicación institucional y el trabajo con comunidades vulnerables desde el enfoque de la participación política, defensa del territorio y la comunicación para el cambio social.